Acá también estoy:

19 diciembre, 2014

Hijo prófugo.

Agarré el auto y empecé el viaje. Los viejos edificios de mi barrio, las calles con adoquines y las viejas que espían a la vida desde su ventana a medio cerrar habían quedado atrás. Sólo veía el amanecer adelante de mis ojos, como si me desafiara a una carrera para alcanzarlo. Tan protagonista, tan único, tan ahí, frente a mí.

No sabía a dónde carajo estaba yendo, y eso no me importaba, porque aquí, allí, o donde sea, iba a ser lo mismo. No tengo familia ni amigos, estoy solo, y me gusta ser así. No tengo que dar explicaciones de qué hago o qué no hago, no tengo que preocuparme por avisar si comí, si me abrigué, si llegué, si me fui, si me morí...

Después de horas de viaje en la ruta, llegué a un pueblo muy pequeño. Tenía casas de material en las afueras y calles de tierra, si mirabas hacia adentro, y una parrilla donde se juntaban todos a festejar que un nuevo día de trabajo se estaba cerrando. Cocinaban un hermoso lechón a la cruz para compartir entre todos, junto con unos cuantos vinos que iban bárbaro para la ocasión.

-Pasá, pibe, vení con nosotros a comer! -me gritaba un viejo robusto que parecía ser el dueño desde la parrilla. Tenía una cara que me sonaba de algún lado. Yo lo miraba tranquilo desde el auto.

-Dale, nene, o te tengo que buscar yo a las piñas? Bajate y vení a comer que el lechón se está por hacer, ahí mi mujer te prepara la mesa. Ahí es cuando decidí bajar y sentarme en una mesa que la esposa de este buen hombre me había preparado con dedicación. En realidad no era una mesa, sino un lugar más en una mesa larga, en la que todas las sillas tenían o un saco, o una cartera, o un poncho, o una mochila. Todos tenían su lugar, incluso yo, que siempre fui un desconocido para el mundo. Qué lindo es sentirse parte a veces, como si estuvieras dentro de una familia.

-Cómo te llamás? Yo me llamo Graciela... -me decía la mujer mientras acomodaba mi campera en el respaldo de la silla.

-Agustín, señora, Agustín. Un gusto, Graciela... así se llamaba mi madre... Le cuento, yo soy de Capital, agarré la ruta en una especie de escapada de esa selva ruidosa hoy a la tarde y llegué acá casi por una corazonada. De alguna forma u otra sabía que este lugar me esperaba, y acá estoy. Gracias por el recibimiento... -y mientras decía esto, miraba para todos lados, admirando todo: la humedad del techo y las paredes, los cuadros de fútbol viejos, las camisetas firmadas, el olor a carne mezclado con olor a cigarrillo y olor a lavandina, las televisiones viejas, los manteles cosidos a mano. Todo me sonaba de algún lado.

Cuando me quise dar cuenta, la parrilla se llenó de gente que se sentó en la misma mesa donde yo tenía un lugar guardado. Todos charlaban entre ellos, y yo simplemente miraba mi celular, que estaba sin señal ni internet. Era como un mensaje profundo de que no debía leer nada que me conectase con Capital. Me miré contra el reflejo de la pantalla, ahora oscura y me peiné un poco.

-Hoy tenemos un nuevo invitado, Agustín. Viene de Capital, y llegó acá viniendo de la ruta. -dijo la mujer, y todos me miraron sonriendo y haciendo gestos que se supone que significaban algo como "Hola", o tal vez "Estás re bueno, garchamos?", o quizás  "Dejá de mirar a mi vieja, hijo de puta"... cómo saberlo.

El lechón estaba servido y con solo olerlo me transportaba a mi infancia, a cuando mi viejo hacía lechón a la cruz en el patio de la casa que teníamos en San Fernando mientras mi vieja hacía las mejores ensaladas que comí jamás. Comí mi porción y, con mucha vergüenza y hasta quizás con lágrimas en los ojos, pregunté si podía repetir. Graciela me acarició el pecho y me trajo otro pedazo de lechón.

Fue una noche maravillosa.

-Dígame, jefe, cuánto le debo por esto? -y empecé a sacar mi billetera.

-Guardá eso, pibe, que esto fue un regalo. No me hagas enojar. -y me cerro la billetera con su mano. 

Y en el instante que vi su mano, vi una marca. Una marca en el dedo anular de su mano derecha en forma de rayo. Era una marca que me sonaba de algún lado. Me asusté y dije que debía irme.

En el auto, ya arrancando, se acercó Graciela y me dijo:

-No pensás despedirte de tu gente?

Asustado, quise arrancar el auto. Graciela prosiguió:

-Estamos todos muy contentos de que hayas vuelto... pero muy tristes, por no habernos reconocido.

Volví a apagar el motor y contesté:

-Mi papá tenía una marca. La misma que tiene su esposo en el dedo anular derecho. Una marca en forma de rayo. El lechón tenía un gusto muy particular, es como si le...

-...como si el asador le hubiera puesto barbacoa antes y después de la cocción para que tome un gusto más ahumado? Sí. Hizo eso, es su secreto. -dijo Graciela, sonriendo cómplice.

Fui corriendo a la parrilla. La puta madre.

-¡PAPÁ! ¡PAPÁ! PERDÓN. PERDÓN. ¡PAPÁ! -y lloré muy pero muy fuerte.

Todos comenzaron a festejar mientras el gordo me abrazaba y decía:

-Creí que nunca volverías, hijo, creí que nunca volverías.


Graciela puso unos discos viejos y la música sonó toda la noche.

El hijo prófugo había regresado.

02 diciembre, 2014

Adiós, mi querido.

Querido mío:
Existen tantas preguntas que no tienen un claro por qué y que yo tampoco busqué, tantas incógnitas que vuelan como las golondrinas por mi cabeza sin rumbo, sin dirección, sin destino... todas se resumen a vos, porque todas mis ideas conducen a vos.

Me estoy enamorando tanto de vos y tan rápido. ¿Qué es esto que siento? No puedo dejarlo ir. Se sienten como mariposas en el estómago, o mejor, como un ejército de mariposas danzantes que recorren cada centímetro de mí, cada fibra, cada pedacito de piel, en busca de vos, en busca de tu voz, de tu cuerpo, de tus labios susurrando mi nombre y lo mucho que nos queremos... en busca de tu ser íntegro y entero.

Pero el tiempo a veces pasa y corrompe con lo que sentimos; muchas veces intentamos sumar y sólo restamos, adelantamos la cuenta regresiva, nos lastimamos. El tiempo a veces pasa y nos golpea contra nosotros mismos, contra nuestras ideas, contra nuestros propios sueños, nos golpea y nos grita que sólo eso son, sólo simples sueños que nunca van a concretarse. Y duele, eso sí que duele. La realidad a veces duele tanto como un puño, como un golpe seco, como un insulto y un hasta luego. A veces el tiempo pasa y nos avasalla.

Y eso es lo que nos pasó a nosotros, mi querido. Quise mantenerte cerca de mí, mantenerte aquí, conmigo, por siempre. Pero no pude, logré todo lo contrario, logré que te escaparas y que lloraras como un niño en peligro que no puede sentir el calor de su mamá, logré que no quieras nada conmigo más que una despedida, una con sabor amargo y sin ni siquiera un cortado con dos de manteca. Cuando intento olvidarte, caigo en el recuerdo, en el recuerdo que lo nuestro fue tan verdadero, tan verosímil, tan palpable, tan transparente, hasta que, de alguna forma, lo perdimos todo. Y, mientras tanto, yo lloro, yo sufro y yo pienso, porque en realidad todo lo que quise fue creer. Creer en vos, creer en tus palabras, en tus tequieros, en tus abrazos, tus consejos y tus besos entre la lujuria y las sábanas mojadas.

Siempre dije que te amé porque siempre fuiste vos, tan solo vos mismo. Y hoy me doy cuenta que quizás me equivoqué y nunca fuimos, ni vos ni yo, nosotros mismos. Nunca nos terminamos de mostrar, nunca terminamos de entendernos y de respetarnos. Te amé por ser quien yo quería que seas, por quien yo vi que eras, por esa máscara falsa que vi desde el primer momento y que tanto necesitaba encontrar, aunque sea en una propia fantasía.

No quise enamorarme, mi querido, ni tampoco quise lastimarte. Sé que significamos demasiado el uno para el otro, y por eso creo que lo mejor es cerrar esta carta con un adiós sincero. Decime adiós y viví tu vida.

Que seas muy feliz.

23 octubre, 2014

L'Hymne a l'amour...

Escucho esos discos viejos de música francesa que te gustaban tanto y la cantante, joven, canta "...si un día la vida te arranca de mí... si mueres estando lejos de mí, poco me importa si tú me amas, porque moriría yo también..." y el corazón se me hace añicos.

Reviso tu placard y huelo el olor de tus camisas, reviso los bolsillos de tus pantalones, hago esa estupidez de llamarte para escuchar aunque sea una vez más el sonido de tu voz, aunque solo digas "dejame tu mensaje". Es una estupidez, pero me recuerda lo sola que estoy... y el corazón se me hace añicos.

Me siento contra la ventana y veo pasar a la gente desde ese tercer piso en el que vivíamos, me prendo un pucho y te recuerdo. Tengo esa puta ilusión de que quizás algún día pasás por la vereda, y yo puedo verte desde la ventana, para después, apurada, ir y me ponerme linda, ponerme el más rico perfume, el floral, ese que te volvía loco y esperarte con los brazos abiertos y el corazón disponible. Pero la gente pasa y vos no aparecés, vos no llegás, no me pongo linda ni gasto una gota de perfume... y el corazón se me hace añicos.

Los días pasan y yo no salgo de casa. Escucho tus discos, te llamo, te escribo, te pienso, te lloro, te deseo. Me prendo otro cigarrillo y se me corre el rimmel. Pero eso ya no importa porque no me volveré a maquillar. Te extraño. Te amo. Te pienso. Te lloro y te deseo. Te maldigo, te perdono, te vuelvo a extrañar... y el corazón se me hace añicos.


Cada noche, a la hora de acostarme y cerrar los ojos, me quedo viendo ese lado de la cama que todavía tiene tus marcas, lo miro fijamente, mientras las lágrimas caen por mis ojos, extrañándote. Hasta que de repente te veo, me mirás, me decís "qué linda que estás" y yo lloro aún más fuerte. ¡Te veo! ¡Te veo, amor mío! ¡Te veo! ¡No te fuiste! No te vayas, no te vayas... mi amor, no te vayas...


 "...si un día la vida te arranca de mí... si mueres estando lejos de mí, poco me importa si tú me amas, porque moriría yo también..."

05 agosto, 2014

Miro las estrellas.

Tengo siete años y miro las estrellas. Me gustan mucho porque son brillantes, y son muchas y son divertidas.

Tengo doce años y miro las estrellas. Me gustan porque, como aprendí en el colegio, son esferas de gas brillantes que se producen por la fusión nuclear. Suena re raro, por eso me gusta. Son lindas las estrellas, hacen que el cielo se vea más lindo.

Tengo quince años y miro las estrellas. Y me hacen acordar a ese chico que me gusta tanto, sueño despierta con él, y lo peor es que no sé, porque tipo él me habla re bien, pero también tiene onda con otra y eso me pone re histérica mal, te juro, y tipo no sé que hacer y todo eso me pone re mal, pero viendo las estrellas pienso solo en él, que obvio es un bombón, y se me pasa todo.

Tengo dieciocho años y miro las estrellas. Las miro y me llenan de paz. El pucho se va gastando, pero eso ya no me importa porque la luz de las estrellas me encandila los ojos. Me hace sentir pleno. Saber que no estoy solo, que tengo su compañía, me hace bien.

Tengo veinticinco años y miro las estrellas. Me encantan porque salgo del laburo re cansado, llego al departamento y están ahí, como esperándome a que las salude. Las miro con el termo y el mate, con los puchos y las botellas vacías de otras noches. Las miro y me recuerdan a las fiestas, a las cosas lindas. No importa si el día se nubló, si la salida se canceló o si el día no fue el mejor, las estrellas siempre están ahí y eso me pone feliz, muy feliz.

Tengo cuarenta años y miro las estrellas. Las miro de la mano de mis hijas, los tres tirados en el pasto del patio. El día puede ser agobiante, puede pasarte que los papeles del laburo lleguen hasta el techo, que discutas con todos, que el tráfico sea un desastre... pero no hay nada que no pueda curarse mirando un poco las estrellas. Me dan paz y me hacen inmensamente feliz, porque hacen felices a mis hijas.

Tengo sesenta años y miro las estrellas. La vista me empieza a engañar un poco, ya no las veo como antes, pero siguen ahí, protagonistas del cuadro. Y yo sigo aquí acostado, mirándolas. Me hacen tan bien, me dan tanta serenidad. Las miro cuando extraño a alguien, cuando necesito estar solo. Las miro mientras río, mientras lloro, mientras recuerdo y mientras deseo. Las estrellas son parte de mi vida.

Tengo ochenta y cinco años y miro las estrellas. Ya casi no las veo en realidad, porque apenas veo al mundo. Pero siento la necesidad de mirar a ese cielo lleno de pequeñas bailarinas brillantes que bailotean por el cosmos sin miedo a nada. Las miro y pienso en los que ya no están y son parte de ellas, que nos miran y nos cuidan desde donde estén. Las miro y pienso en que quizás yo pronto esté allí, y ya no sea un simple viejo con problemas de vista que mira las estrellas. Las miro y me dan paz, porque las estrellas tienen ese nosequé que te enamora y te obligan a mirarlas.
Gracias, estrellas, gracias por todo.

23 julio, 2014

Purpurina y otras drogas.

Veía los posters de modelos como Valeria Mazza y Araceli González, que eran un boom, unas diosas totales; cualquier chica quería ser como ellas. Yo, con trenzas, brackets y polleras largas de esa lana que pica mucho (pero que debía usar porque mi mamá me obligaba) me veía tan lejana a ellas. El sueño de ser modelo era tan solo eso, un sueño.

-Esa mierda no es para vos, Caasandra, no. Vos tenés cerebro, no tenés por qué abrir las piernas para hacerte valer como esas imbéciles. Son todas rubias huecas, nenas tontas que lo único que hacen es sonreír para una puta cámara y contar billetes. Vos no tenés ese futuro para nada, tenés que trabajar en serio, esforzarte y ser alguien, mi amor, entendés? -dijo mi papá, cuando, harta de trabajar pesando milanesas y cortando roast beef, le dije que quería renunciar y empezar la carrera de modelaje.

-Si vos sos feliz, yo también. Cumplí mi sueño, Cas. No le hagas caso a tu papá, yo hablo con él. -decía mi mamá.

¿A quién le hice caso? Obviamente, a quien piensan. Salí de la carnicería y llegué a casa con unos nervios que me carcomían de a poco. ¿Y si soy demasiado baja? ¿Si me notan mis cuatro kilos de más? Ir y que me rechacen sería peor que no haber ido nunca. Aún así, tenía la aprobación de alguien y eso me daba ganas de averiguar.
Primero me planché el pelo y dejé que las puntas queden con ondas, como para causar un look casual y a la vez muy diosa. Me puse un vestido negro ajustado hasta la cintura y con una pollera volada que me hacía unas piernas estilizadas que hasta a mí misma me volvían loca. Me maquillé, por segunda vez en mi vida (la primera y única vez que me maquillé fue para el casamiento de mis viejos, porque era un evento que, según los demás, para mí era hiper especial -en realidad era una fiesta entre tantas, la gente me decía qué carajo tenía que sentir, era terrible!-). Empecé por la base, primero líquida y luego en polvo para retocar detalles. Rimmel, sombra, lápiz labial y brillo. Me miraba al espejo y no me reconocía, pero me gustaba lo que veía. Lo único que me hacía ruido eran mis brackets, pero me faltaban 2 semanas para sacármelos. "Los soportaste dos putos años, enteros, Caasandra, no seas pelotuda y fumátelos dos semanas más. Los tipos de las agencias te van a entender".

La escuela de modelos estaba en un primer piso. Entré y una rubia con ojos enormes me miró de arriba a abajo.

-Buenos días, vengo a inscribirme para la carrera de modelaje. No entiendo mucho y no sé qué hacer, pero realmente estoy entusiasmada con la idea de empe...
-Tenés con qué, diosa. Pasá por acá.

¡Empezamos bien! Me hicieron llenar unos formularios. Me explicaron que el curso dura un año y medio y que tengo materias cuatrimestrales como Pasarela I y II, Asesoramiento de Imagen, Historia de la moda y Nutrición. "Nunca te vamos a obligar a que no comas! Sabemos que la nutrición adecuada es esencial para una buena modelo" (no pensaba dejar de hacerlo, rubia vacía).

Las clases empezaban en Marzo y yo no podía dejar de pensar en cómo sería, en qué tendría que hacer, qué me esperaba, cuándo sería mi primer desfile. Empecé a trabajar más días y más horas en la carnicería en el verano para juntar plata y poder pagarme puramente con mi trabajo mi curso de modelaje. Mi papá me miraba enojado desde que me anoté en el curso, obviamente no estaba de acuerdo con que empezara "ese cursito de morondanga, el cursito de prostitución encubierta". Mamá siempre lo callaba. Yo trabajaba y mucho, y eso a mi papá lo calmaba un poco. Había días que hasta hacía triple turno sólo para ganar más plata y también el cariño y el respeto de mis papás.


Se hizo Marzo y yo estaba más flaca, sin brackets, con ropa lindísima y con ganas de empezar una vida nueva. Una vida nueva, rodeada de gente nueva. Con proyectos nuevos y lugares desconocidos. Había logrado juntar la plata de todo el curso durante el verano y pagué todo por adelantado.
Listo, ya era estudiante y modelo en potencia. Pero no de las vacías, las que sólo abren las piernas para hacerse valer, las que no saben nada más que sonreír y caminar con tacos. Yo quiero ser una modelo que vaya más allá, que haga historia. Que tenga, de grande y con trayectoria, su propia academia de modelos. "Y sólo voy a tomar modelos inteligentes en mi escuela, ¿prometido Cas?".


Purpurina, pasarelas, flashes, desfiles, tacos bien altos. Ropa apretada, brillos, maquillajes, electrónica bien fuerte. Ese era mi mundo. El que tanto deseaba desde chica, desde que trabajaba en la carnicería de mis viejos y veía esos posters viejos pegados en la pared. Ya eso es mi pasado.

Se prenden las luces, la música suena fuerte y es mi hora de brillar. Allí voy. Voilá!

07 junio, 2014

Atte, Julia.

Querido Gonzalo:

Te miro, dormido, viajando entre sueños. Te miro y me lleno de esas cosquillas que me daban miedo sentir antes de conocerte. Esas cosquillas que salen de mi estómago y salen por el brillo de mis ojos, por mi respiración entrecortada, por mis manos temblorosas, por mis reacciones.
Te miro y me recuerdo a mí, tan sola, tan desesperada, llena de incertidumbre, de miedos, de traumas, de fantasmas. Llegaste y tus brazos espantaron todos mis monstruos. Tus brazos me abrazaron y unieron mi cuerpo, en pedazos. Tu voz me calmó, tus manos me hicieron delirar, tu boca me transformó en quien hoy soy. Te miro y me recuerdo que tu llegada me salvó, tanto o más de lo que pensás.
Te miro y pienso en el futuro. En el mío, el tuyo, el nuestro. Quiénes seremos, qué haremos, dónde iremos, cuándo cumpliremos nuestros proyectos, cómo haremos para seguir amándonos como el primer día. Me pregunto sobre mí, si me seguirás soportando, si seguirás aceptando mis caprichos, mis delirios y mis problemas. Me pregunto sobre vos, si podré redescubrirte cada vez que salga el sol, si seré la indicada, si te haré feliz. Te miro y el futuro me parece un cuento de hadas.

Te miro, e instantáneamente agarro lápiz y papel para escribirte. Me levanto de la cama, me siento contra el ventanal que me regala la vista de una avenida inmensa, llena de autos, flores y de edificios altos, y escribo. Cada tanto te miro, y tu espalda se me ríe en la cara, tus palabras sonámbulas me cantan a los gritos que tardarás en despertar. Escribo y las palabras no me salen, o me salen pero no me gustan. Empiezo a garabatear la hoja, con corazoncitos y estrellitas fugaces, y empiezo a recordar quién sos y por qué me gustás tanto. Y las palabras salen solas.

Hace días me preguntaste por qué te amo. Y no supe qué contestarte y te enojaste mucho. Te amo por tus caras graciosas, por tus imitaciones, por tus "te quiero, boluda", por tus fideos con tuco, por tus botines llenos de barro después de haber pasado cera, por tu perfume, por tus enojos repentinos, por tus noches en vela cuando tengo que estudiar, por tus abrazos que curan cualquier bochazo, por alentar mis proyectos, por aceptarme, por tus cosas pequeñas. 
Existen tantos hombres en este planeta, tantos que ni puedo contarlos, pero a ninguno puedo amarlo tanto como te amo a vos. Suena tan cliché que hasta me da un poco de asco, pero: sos el mejor hombre que conocí. Estoy feliz que seas el hombre con quien despierto cada día, ese hombre que, a pesar de que todos digan que no me conviene, elijo con los ojos cerrados.
Todo lo que quiero es a vos.

Te despertás y me preguntás qué pasa, qué hora es, por qué estoy en el ventanal, por qué te miro así, con esa sonrisita. Y, justo ahí, entendí todo. Entendí de qué se trata vivir.

Te amo hasta el infinito. Te amo.
Atte, Julia.

26 mayo, 2014

Pobre chico.

El despertador se moría de risa del pobre chico que se despertaba media hora antes. Y no fue así porque tuvo ganas, sino porque los oyó otra vez. Otra madrugada más donde se repetía la misma historia: gritos, golpe seco, silencio, llanto, griterío. Y era imposible volver a dormirse. Todas las mañanas igual, cuándo terminaría este calvario.
Se lavaba los dientes y las lagañas caían solas, junto con las lágrimas. También caían sus sueños, pero de eso no se daba cuenta. Ni el pobre chico ni nadie, porque lo único que importaba era callarse y tragar los enojos.
Salía para ir al colegio, ya vestido, impoluto. Su madre le sonreía con los ojos hinchados y él se hacía el desentendido. Era la única forma de que él no llorara, porque lo único que importaba era callarse y tragar las tristezas.
El pobre chico iba caminando al colegio para que el viento matutino le pegase en la cara y así no se notaba tanto el sueño y tampoco las ganas de llorar. Llegaba y se sentaba atrás. Todos en secreto decían que era un pobre chico, un ermitaño, un chico solitario rodeado de corazas irrompibles. Lo único irrompible en él era su corazón, que por tantos golpes se hizo de hierro. Pero a él nadie lo entendía. Nadie lo quería entender, porque es más fácil dejarlo de lado que preguntarle qué le pasa.
La mañana pasaba y el pobre chico vivía disperso. Pensaba en qué pasaría si por un día no se despertara gracias a un grito de su madre, si por un día no tendría que escuchar Pink Floyd con el volumen máximo para tapar los gritos de su padre. Pensaba en cómo sería, al menos por un día, una vida normal. Una vida sana. El pobre chico pensaba eso y quería llorar. Qué lejos estaba de eso.
Llegaba a casa y no había nadie. Ni siquiera una estela lo esperaba. Ni la comida hecha, ni un cómo estás. Sólo lo esperaban su cama, sus discos viejos, sus pastillas y su tristeza. Su resignación. El pobre chico sufría mucho, sufría de verdad. Pero a nadie le importaba, porque lo único que importaba era callarse y tragar la angustia.
Caía la noche y el pobre chico se sentaba a escribir en su escritorio viejo. Un foco casi quemado lo alumbraba apenas. Escribía tonteras, frases sueltas, posibles canciones. Mientras escribía, las lágrimas caían otra vez por sus pómulos y las manos y las piernas le temblaban. Le temblaban tanto como el corazón. Abría la cama y se acostaba. El pobre chico mordía la almohada y gritaba. Lloraba desconsoladamente. Se lamentaba. Sufría. Pero a nadie le importaba, porque lo único que importaba era callarse y tragar las tristezas.
Lloraba hasta que, por arte de magia, se dormía. Se dormía y soñaba con ese mundo de maravillas que lo mantenía tan disperso durante el día. Aprovechaba cada segundo porque sabía que esos sueños eran efímeros. Tan efímeros que tan solo un grito, luego un golpe seco, luego silencio, luego llanto y por fín un griterío, como cada mañana, los hacía, simplemente, recuerdos.

09 mayo, 2014

Separación.

-No te soporto más, Alejandra. ¿Qué nos pasó este último tiempo? Vivimos discutiendo porque vivís irritada, no sos la mujer que conocí hace 5 años. Estás histérica, vueltera, sos insoportable.

-¿Ahora yo soy la insoportable? ¿Y vos? Todo el tiempo llegando de trabajar enojado, a los gritos, revoleando las cosas porque sí, puteando hasta al taxista que te trajo a casa, y todo el día tratando mal a la única que te banca, la única que te quiere aunque tengas los dientes amarillos de tanto fumar. Yo te quiero, pero vos estás cambiando. ¿Qué nos pasó? ¿Qué nos pasó, Esteban?

-Creo que lo mejor va a ser que nos separemos. No podemos seguir así, Alejandra. No podemos. Necesitamos un tiempo. No podemos seguir así... no, no podemos.

-Me parece que lo mejor será que nos separemos, sí. Es una buena idea. Lo nuestro no será estable por mucho más. No nos merecemos más. No somos los de antes. Nuestra llama se apagó, la magia se extinguió. Mejor será que nos separemos, sí, va a ser lo mejor.

-Esperá que me llaman al teléfono.

Mientras tanto, ella cocinaba algo rico para los dos.

-Esta noche no me voy a poder quedar, Alejandra, era ella otra vez. No me creyó lo del trabajo.
-Que sea la última vez. La próxima voy a tu casa y le cuento todo.
-Te prometo que es la última. Te prometo que me voy a separar. Te lo prometo. Te amo.

Se dieron un beso fugaz y él se fue, corriendo.

"perdón y gracias"

El espejo tenía manchas pequeñas si lo mirabas con atención. No estaba completamente limpio, pero aún así podías verte a través de él. Se veía mi cabello alborotado, mis ojos ojerosos, mi nariz repingada, mi boca seca. Se veía perfectamente mi cuello pálido, mis clavículas pronunciadas. Mi panza apenas se lucía y mis piernas eran finas, peludas y temblorosas.

Me vestí. Lento, sintiendo la tela de la remera primero y la del pantalón después. Sentía como la suavidad del algodón bailaba sobre mis poros. Sentía como el pantalón caía lento, imparable, interminable sobre mis piernas delgadas. Me puse los zapatos de cuero, esos que se usaban sólo para las fiestas y no podían tocar el barro. Siempre me gustó cómo me quedaban.

El espejo tenía manchas pequeñas si lo mirabas con atención. Pero eso ya no importaba, ya era hora de salir. Ya se hacía tarde. Me tendría que haber vestido más rápido, o quizás haberme despertado antes, o no haber dormido. Me senté en el piso mirándome al espejo. Lucía mis manos venosas y pequeñas a contraluz, jugaba a dejar entrar a la luz por los espacios entre mis dedos y luego no dejaba que pasara. De repente me acosté en el piso y sentí la textura de la alfombra. A veces tan suave y a veces tan áspera. Tan impredecible. Me hacía acordar a alguien.

Era hora de salir afuera. No podía esperar más. Ya era la hora. Había que ir afuera.
Tomé un papel, escribí "perdón y gracias" y lo dejé caer en la alfombra.

Me vi al espejo por última vez. Ya no me preocuparían las manchas pequeñas del espejo ni cómo me apretaban los zapatos. Ya era la hora de salir afuera.
Abrí la puerta y grité. Grité muy fuerte, grité de emoción, de rabia, de alegría, de miedo. Grité.
Caminé al borde de la cornisa, esa cornisa donde de niño jugaba a que era doctor, donde lloré por mi primer amor, donde festejaba mis cumpleaños y siempre me sentaba a sacarme fotos con la torta de vainilla. Y ahora era muy tarde, esa cornisa sería testigo del final.

Perdón, y gracias.
Cerré los ojos.

25 abril, 2014

En vos.

Entrás en mí como la luz del sol entra cada mañana por mi ventana; de a poco, lleno de calor, lleno de luz. Tenés el poder en cada sonrisa, en cada respuesta creativa, en cada reacción.

¿Y sabés qué? Me dan ganas de muchas cosas. Me dan ganas de enredarte en mis palabras, en mi confusión, en mi locura. Me dan ganas de ingresarte a mi mundo tendiéndote la mano, dejándote caer conmigo hacia ningún lugar. O quizás cayendo hacia un lugar desconocido. Me dan ganas de sentir la suavidad de tu pelo entre los espacios de mis dedos, sentir tus labios jugar con los míos, sentir las curvas de tu espalda. Me dan ganas de que tus ojos se conecten con los míos. Me dan ganas de ser yo, en vos.

Soy como un cristal a punto de caer.
Soy un cristal cayendo.
Soy el cristal roto.

Soy como un cristal a punto de caer en tus brazos.
Soy un cristal cayendo en vos.
Soy el cristal roto. Roto por vos, en vos.

16 abril, 2014

"Welkom, Boy".

El viaje había sido la experiencia más grande de mi vida. Había logrado alejarme, por fin, de mis monstruos. De esos que se escondían abajo de mi cama y abajo de mi piel.

Los tulipanes, los molinos, los zuecos... las calles, los bares, los hombres, las mujeres, los niños, los ancianos, los ricos, los pobres. Todo me despejaba, todo me atraía, todo debía ser un recuerdo, y eso significaba que mi vieja Cannon no paraba de trabajar.

Contraté un tour por Holanda; éramos un grupo de 12 personas, la mayoría sola o en pareja, y nos unía algo: a todos nos encantaba este país.

Los días pasaron y yo tuve que volverme.

Vaarwel, mooie Holland!
(Adiós, bella Holanda!)



El viaje de vuelta fue triste. Nostálgico. Veía los tulipanes cada vez más y más y más pequeños y mi corazón se quedaba con ellos. No quería volverme, Holanda era mi lugar en el mundo.
Llegamos a Ezeiza, y nuestra puerta estaba llena de gente con carteles que decían "¡Bienvenidos!", "Al fin volviste", "Te extrañamos!"... todos naranjas, con tulipanes, hasta gente con zuecos. Y por un momento, creí que alguien tenía un mísero cartel o un mísero globito anaranjado esperando mi llegada. Pero... no. Todos saltaban de alegría, lloraban, se abrazaban, se acariciaban, se contaban anécdotas, y yo ahí, esperando que llegara un taxi. Solitario, con la compañía de mi valija y mi vieja Cannon. Me hacía mal ver eso. Me hacía mal no tener a nadie y que, encima, todos me muestren que era el pobre idiota sin nadie en el aeropuerto. Nadie me esperó y nadie me espera. Y tampoco nadie me esperará algún día; ni en un aeropuerto, ni en un partido, ni en un concierto, ni en mi propia casa. En ningún lugar.


Volviendo en taxi a casa, las lágrimas me caían por las mejillas, tímidas pero cargadas de odio y de una inconmensurable tristeza. Era consciente que estaba solo. Nadie se había acordado de mí. Nunca. Y eso dolía.
-Qué te pasa, pibe? -me dijo el taxista.
-Volví de un viaje a Holanda y en el aeropuerto fui el único que no tuvo a nadie que le de un abrazo. Y siempre es así y estoy cansado.
-A mí me pasó algo parecido, sabías, pibe? El día que me egresé del secundario, no fueron ni mis viejos ni mis hermanos. Todos subían al escenario con sus familias... -decía, con los ojos vidriosos y la voz algo tomada-... y yo subí solo. Casi nadie me aplaudió. Al principio los mandé a la puta madre, viste?, pero después aprendí a perdonarlos y a entender que estaban ocupados y que igual me quieren. Tenés que hacer eso, pibe; no te preocupes, mientras vos te quieras todo va a estar bien. A este mundo venimos solos y nos vamos solos, la gente es puro adorno.

Y, terminando esas palabras, el taxi llegó a mi casa. Le agradecí mucho su charla y le pagué el doble de lo que salía el viaje. Sonrió como pocos y me deseó buena suerte.
Bajé, llegué a la puerta y busqué las llaves. Abrí la puerta, prendí las luces y encontré a mi familia, a mis amigos y a amigos de mis amigos con globos naranjas y dibujos de tulipanes y coronas de la Reina Máxima. Automáticamente lloré desconsoladamente, no sé si por alegría, por sorpresa, por angustia o por todo junto y mi madre, quien había organizado todo ya que le había dado mis llaves para que cuide mis plantas, al ver eso me acariciaba el pelo y me decía:
-Muchacho, querido mío, por fin llegaste... te extrañé tanto... nunca más te vayas tanto tiempo, a menos que sea conmigo en la valija o en el asiento de acompañante.
Reí junto a ella y la abracé como nunca había abrazado a alguien en mi vida.

Fue una tarde maravillosa. Cuando todos se fueron, guardé todos los carteles.
Y el cartel más grande, todavía hoy colgado en la pared de mi living, decía:

"Welkom, Boy! Uw vrienden en familie hou heel veel van."
(Bienvenido, muchacho. Tus amigos y familia te queremos mucho).

12 abril, 2014

Miradas.

Mientras ella se probaba camisas nuevas y un par de calzas, yo, tranquila, fumaba sobre el sillón. Miraba sus hombros rectos, perfectos... su cuello, lleno de cadenas doradas que caían perfectamente sobre él... su espalda, pequeña y con la columna sobresaliente... miraba sus piernas, finas como escarbadientes, libres, danzantes, únicas. Miraba su pelo rubio caer por sus hombros, por sus tetas, hasta su ombligo. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.

Miraba cómo se ataba los cordones de los borcegos, cómo se acomodaba las pulseras, cómo se acomodaba la camisa y el corpiño para simular que tenía más tetas (y más redondas)... miraba cómo se peinaba y bailaba al ritmo de Elvis en el baño, creyendo que yo no la veía, sin nada de vergüenza, sin reprimirse, sin esconderse. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.

Comimos un poco de pollo que había quedado en el fondo de la heladera con pocas ganas. Salimos a caminar y ella bailaba cuando caminaba. Se daba vuelta, me veía a mí, caminando sola y con pasos cortos, riéndome con ella de sus pasos bailarines, y me sonreía de forma genuina, real, increíble. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.

-Apurate que llegamos tarde.
-Seguí caminando, que vamos a llegar tarde si parás de caminar.

Se rió y siguió caminando, o casi volando. Le agarré la mano y le dije:

-Rubia, me hacés sentir eterna.

Porque sí, me hacía sentir eterna simplemente mirándola.
Me dio un beso y seguimos caminando.

06 abril, 2014

Mi hermano con autismo.

Tener un hermano con autismo no es una tarea fácil. Ver llorar a tu mamá cada noche, buscando con ojeras inocultables sobre su enfermedad, cómo tratarla, qué es mejor y qué peor... verla llorar en los brazos de tu papá, buscando una palabra de quien ya sabe un poco más, buscando un consuelo, un simple "todo irá bien"...
El autismo para un hermano también duele. Duele cuando estás una hora tratando de descifrar qué le pasa y te das cuenta que solo tenía un poco de sed. Duele cuando tiene fiebre o dolor en alguna parte que no sabe decirte dónde es. Duele cuando no entiende que no podés jugar porque estás estudiando o estás con tus amigos y se enoja porque cree que no le importás. Duele cuando viene Papá Noel y los Reyes y me veo a mí jugando con mis juguetes nuevos y a él con las cajas. Duele cuando está triste y no hay manera que sepas por qué y que, queriendo descubrirlo, recibas gritos, golpes y rabietas. Duele cuando llega furioso de la escuela, quizás porque alguien lo lastimó o nadie lo entendió, y no puede explicártelo y te genera una sensación de ir y querer matar a cualquiera que lo haya tocado. Duele cuando juegan juntos en la plaza y ves que los papás de otros nenes alejan a sus niños de él. Duele cuando vas al súper y le agarra una rabieta y todos lo miran como si fuera un monstruo. ¡¿QUÉ MIRÁS, IMBÉCIL?!, suena en la mente. Duelen las miradas perdidas, las veces que le hablás y no responde porque está en su mundo, quizás más entendido que en el mío. Duele el rechazo de tus amigos o de otros familiares que no logran entender que tiene autismo y que es por eso que quizás a veces reacciona mal. Duele que en sus cumpleaños los únicos invitados son sus primos y nosotros, sus hermanos. Duele en el alma no saber si él sabe que lo amás infinitamente. Duele escuchar a otros hermanos hablar de los progresos del suyo, mientras que el tuyo está luchando para poder hablar o dejar de hacerse pis y caca encima. Duele saber que quizás nunca le salga de su boca un "Hermano, te amo".

Que nadie venga a decirme que, porque sea hermano, no entiendo nada sobre el autismo o que es una discapacidad que no duele, porque sí, duele, y mucho más de lo que piensan. Ese maldito dolor... Hay días que es muy muy muy fuerte, tanto que a veces sentimos que nos sobrepasa y queremos tirar todo al fondo del mar, intentando olvidar todo y pidiéndole a Dios o a quien sea un respiro, un poco de normalidad... y hay otros días que quizás duele menos y son más tranquilos; pero siempre duele. Y, hasta hoy, no existe una receta para olvidarte de ese dolor. Con este dolor caminamos todos los días, con este dolor sonreímos, con este dolor seguimos nuestro camino, de la mano de nuestros hermanos, y nunca paramos, porque detenernos significa que mi hermano empeore y eso, ufffff... eso sí que duele.

30 marzo, 2014

No vida.

Un par de trajes grises, la vida aburrida y muchos cuadros con marcos extravagantes colgados en la pared. Así era la vida de Martín. Gris, aburrida y llena de conocimiento. Doctor en Economía, recibido de Harvard, dedicó toda su vida a leer. Primero a Bécquer y luego a Hegel y a Marx... nunca salía con otros niños, nunca jugaba a la pelota, nunca jugaba ni con el tocadiscos de su padre ni con las viejas revistas de arte de su madre. Sólo leía y tocaba el piano.

-Es un muchacho especial, no es anormal que le guste leer. -decía su padre. 
-No es como los demás niños, así se crió. En un futuro nos lo agradecerá. -decía su madre.

Los años pasaron, Martín estudió Economía y se convirtió en un prestigioso Doctor. Aburrido, insípido, sin ningún riesgo. Sólo tenía un par de trajes grises, la vida aburrida y muchos cuadros con marcos extravagantes colgados en la pared. Una vida resuelta, una vida planeada... una no vida.

24 marzo, 2014

Alguien.

Deseo alguien con quien pueda enredarme en las sábanas. Alguien con quien pueda reír, llorar y escapar. Alguien que me haga volar y que me hunda. Alguien que me rescate y que me perjudique. Alguien que me haga sentir la acción, el miedo, el peligro... pero también la salvación, la calma, el resguardo, la paz. Quiero alguien que me entienda y me desentienda. Que me explique sus problemas y entienda los míos. Que esté dispuesto a luchar, a perder o ganar, a pensar, a entender, a resignar, a aceptar... por mí. Alguien que me de un beso por cada seguridad, un abrazo por cada sueño y una flor por cada ilusión. Quiero a alguien. Alguien dispuesto a todo y a nada. Alguien con quien pueda compartir la bella luz del sol y la pacífica y reflexiva luz nocturna. Alguien que tenga los abrazos disponibles, el alma envuelta en suspiros y el corazón, aunque en pedazos, completo.

08 marzo, 2014

Hija.

Cuando escuché tus sollozos por primera vez, yo, mágicamente, también comencé a llorar. Por fin, una pequeña semilla cargada de amor había dado su fruto. Te miré, tan pequeña e indefensa, tan inocente, tan mía, tan perfecta, y no pude hacer otra cosa más que llorar. Llorar de alegría, de miedo, de incertidumbre, de nervios. Llorar. Llorar por haber logrado, al fin, verte. Llorar porque estás conmigo y ya nunca nadie nos va a separar. Ya somos uno. Nuestros cuerpos se juntaron desde el día que supe que existías y hoy, por fin, terminamos de juntarnos.

Tus ojos, cristalinos y puros como el agua, me miraban con calma mientras mis dedos, frágiles y temblorosos, acariciaban tu pequeña mejilla pensando "qué bella, qué obra de arte tan hermosa". Tus mejillas sonrojadas y tu cuerpo tan pequeño me enamoraron desde el primer momento que los vi. Desde ese día, supe que aquel trono de la mujer más importante de mi vida, antes ocupado por mi madre, hoy tiene una nueva ocupante.

Aquí estás, durmiendo frente a mis ojos, viendo cómo descansás. ¿Qué puedo decir? Me siento infinito. Pleno. Radiante. No puedo resistirme; quiero abrazarte, besarte, mimarte, llenarte de amor... agradecerte que hayas venido al fin y que me hayas elegido. Quiero demostrarte que, a pesar de mis errores y mi inexperiencia, voy a hacer mi trabajo de la mejor manera que pueda. Porque tu belleza lo merece. Tu sublime delicadeza y fragilidad te convierten en un jarrón de cristal... tan hermoso y tan frágil. Pero esto es mejor; porque sos tan hermosa, tan frágil... y tan mía, para toda la vida.

Te amo y lo haré hasta que logre contar cuántas estrellas bailan risueñas en el cielo. Y si, algún día, logro contarlas, volveré a comenzar. Te amo y te beso hasta que digas basta. Y en ese momento, seguramente, te amaré más.

Siempre tuyo,
Papá.


04 marzo, 2014

Poder.

Levanté la cortina de mi habitación cuando me desperté y la luz entró tan fuerte que me hizo cerrar los ojos. Me volví a acostar en la cama y prendí un cigarrillo. Sentía el humo bajando por mi garganta y, para divertirme, lo sacaba despacio, haciendo que se forme una nube gris, tóxica, frente a mí para que yo, como un Zeus cualquiera, pueda hacerla historia con un simple soplido. Me gustaba jugar a sentirme poderoso. Porque, lamentablemente, sólo jugaba. Nunca fui ni me consideré una persona poderosa. Quizás pensante, divergente, inestable, pero nunca poderosa. Y por eso simplemente jugaba. Pero hoy no.
Con mi último cigarrillo en la mano, decidí subir. Al piso 12. Y luego a la terraza. Me senté, empecé a fumar y miraba cómo los autos pasaban. Eran pequeños. Minúsculos.

Terminé el pucho y tiré la colilla.

Y atrás, caí yo.
La puta madre, cómo me gustaba sentirme poderoso... al menos por un segundo.

23 febrero, 2014

Eternos.

El tren de repente se puso en marcha y allí estaba él, despidiéndose nostálgico con un portafolio en la mano y un sobre en la otra. Tenía ese sombrero que le gustaba tanto y esos guantes color nude que le había tejido su madre en las épocas duras. Y allí iba ella, con su falda de lanilla y su saco verde inglés, deseando que no tuviesen que despedirse sino que pudiesen viajar juntos. Él se quedó parado en la estación hasta que sólo quedó la sombra de ese ferrocarril viejo. Se quedó parado, suspirando, extrañando. Ya la empezaba a extrañar.

Ella no creía en los fantasmas, ni en la magia, ni en el amor. Sólo se limitaba a cumplir obligaciones y obedecer órdenes. Él creía en los milagros, en las causalidades y, por supuesto, en el amor. Y de eso estaba seguro desde que la conoció a ella.

No eran dos personas de revista; no tenían cuerpos esbeltos, no tenían ojos deslumbrantes, no tenían peinados de peluquería ni ropa cara. Pero se querían, y eso sí valía. Se querían mucho y nunca se lo dijeron. Sólo lo sospechaban, jugaban a decírselo entre suspiros, miradas y abrazos. Pero él prometió decírselo cuando sus pies tocaran nuevamente la estación de tren. Lo que no sabía él era que ella planeaba lo mismo...

...Mientras el tren llegaba a la estación (y él la esperaba allí parado, con el mismo sombrero, los mismos guantes y un bello ramo de flores en vez de cartas y portafolios), éste perdió los frenos y los vagones se juntaron. El aire se llenó de polvo, el ruido del choque fue ensordecedor. Todos corrían hacia afuera de la estación, pero él corrió hacia el tren, tirando las flores con desesperación.

-¡Emilia! ¡Emilia! Por favor, que esté bien. ¡Emilia! ¿Dónde estás?

La gente salía de los vagones, llena de sangre, con dolores en todo el cuerpo... algunos no salían... y ver que había gente que salía del tren le dio una pequeña esperanza a Francisco. Sentía que Emilia podría ser una de esas personas.

-¡Emilia! ¿Estás acá? ¡Emilia!

Hasta que entró a un vagón y allí estaba, con un vestido rosa y una carta en su mano izquierda. Su cabeza había perdido demasiada sangre y no había forma de reanimarla.

-Emilia, mi amor. Por favor, no. Un último respiro, por favor. Emilia, no te vayas. Emilia, te amo.
Y sólo pudo abrazar a ese cuerpo frágil, impactado por el choque. Con lágrimas en los ojos, agarró el sobre, lo abrió y leyó:

"No creo en la magia ni en los fantasmas. Y tampoco creía en el amor... hasta que te miré a los ojos por primera vez. Te quiero, Francisco. Te quiero y siempre te querré".

Y, sin dejar de abrazarla, le susurró en el oído:
-Yo también Emilia, yo también.

21 febrero, 2014

Cincuenta.

Él era un muchacho nacido en 1936. Alto, robusto y sensible. Era parte de la marina, desde que era un niño, igual que su padre y su abuelo. Él quería ser músico, pero en esos tiempos no había tiempo para esas cosas. No había tiempo para cumplir deseos.
Ella era una damisela que también había nacido en el '36, flacucha y con rizos rubios, que caían como bailarinas del Colón por sus hombros desnudos. Amante de las flores y del olor a cera Suiza. Ayudaba a su madre en su florería y a su abuela, que era costurera.

Se conocieron por casualidad una mañana calurosa de Febrero de 1954. Ella estaba arreglando flores en un hermoso jarrón de porcelana y, por la puerta, pasó él. Se miraron por dos segundos pero nunca más lograron olvidar lo que sintieron. Fue un flechazo. Los cachetes de ella se pusieron levemente colorados. Las piernas de él se entorpecían con cada paso. Sólo atinaron a sonreírse y nada más. Pero ambos sabían que habían encontrado a alguien especial. Pero, en esos tiempos, no había tiempo para esas cosas. Enamorarse era sólo para los cuentos de hadas. Y ellos, a escondidas y en secreto, se desafiaron a escribirlo.
Él prometió a sí mismo volver a la florería a buscarla. Y ella se prometió a sí misma ponerse linda cada tarde desde entonces, con el profundo secreto de encontrarlo otra vez. 
Pasaron varios días y ninguno supo nada del otro. Pero hubo un día en el que él volvió. Se sentó frente a la florería, junto a un árbol de raíces sólidas, casi tan sólidas como sus ganas de volverla a ver. Se estaba decepcionando porque no lograba verla hasta que, por fin, la vio salir. Llevaba el pelo suelto, un vestido blanco y unos zapatos de charol. Él se levantó y, con sigilo, se dirigió hasta la florería.

-Hola. -pudo soltarle, con la lengua trabada y el corazón latiendo despacio.
-Hola. -sus ojos brillaron. Su sonrisa la delató. 
Perdiste, muchacha. Perdiste.

Así empezó una historia, las páginas en blanco ya tenían algo de color. 
Primero se sentaban a hablar en la puerta de la florería, luego empezaron a pasear de esquina a esquina... hasta que, una tarde, él la llevó al puerto a mostrarle cómo era la vida para alguien de la marina. Le mostró el río, los barcos, el viento. Ese viento libre que pegaba en la cara de ambos y que tanto los hacía reir. Y, como el viento, ella se empezó a sentir libre en sus brazos. Se sentía feliz. Sabía que se estaba transformando. Y no solo que le gustaba, sino que sentía que era lo correcto, a pesar de que todos dijeran que enamorarse era un cuento de hadas falso y que no había tiempo para esas cosas. 

Los años pasaron, exactamente diez. En esos diez años pasaron cosas maravillosas: ambos crecieron, juntos. Se dieron su primer beso, su primer caricia. Su primer te quiero sincero. Sus familias conocieron al nuevo integrante y, en ese tiempo, lograron aceptarse.
Los años pasaron, exactamente diez. Y él se acojonó y, entre caricias en el zaguán, le soltó un:
-¿Querés casarte conmigo?




Hoy cumplieron cincuenta veranos juntos. Cincuenta te quieros, cincuenta te extraños, cincuenta no me olvides, cincuenta logros, cincuenta caídas. 
Cumplieron cincuenta años de casados, pero todavía se ríen y sienten ese flechazo que sintieron esa vez que se conocieron, cada vez que sus ojos se cruzan.

Eso, esa magia indescriptible que une a dos personas y no las deja ir jamás, es lo que yo llamo amor.

18 febrero, 2014

La piba.

La piba estaba ahí, tirada en la cama, semidesnuda y enredada en el acolchado, fumando cigarrillos mal encendidos. Lloraba pero nadie la veía. Sólo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo. Vino un tipo, después otro, y otro. Hacían lo suyo y se iban. Nunca más aparecían. Ella cumplía con el pacto y, entre el espeso humo, escondía sus pesares en lágrimas. Lágrimas pesadas de dolor, de angustia, de bronca. "¿Cuánto falta?" suspiraba entre dientes.

La piba era rubia, alta, con piernas interminables y una cola impresionante. Tenía un tatuaje en la espalda y muchos anillos en los dedos. Tenía una nariz recta, puntiaguda, envidiable. Tenía maquillaje barato en la cara; generalmente el rimmel y el delineador, negros como la noche, estaban corridos por cómo lloraba, y el labial rojo estaba gastado, casi olvidado. Tenía cortes en sus muñecas y algunos en sus piernas, ya cicatrizados. "Recuerdos de mi infancia" suele decir cuando alguien los encuentra. Pocas veces recordaba que los tenía. Cuando los veía, lloraba, pero nadie la veía. Sólo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo.

La piba era buena para bailar y para fingir estar enamorada. Lograba enredarte con sus cabellos con tan solo un par de miradas. Daba besos fugaces y se escapaba de ella. Le daba miedo ser ella. Deseaba estar inconsciente cada vez que debía mirarse al espejo. Odiaba su vida. La piba se odiaba. Odiaba que la toquen más de lo debido, odiaba que un viejo morboso se le acercara pero tener que satisfacerlo por unos míseros pesos, odiaba no tener su familia, su casa, su auto, su título. Ser como algunas de sus amigas. La piba recordaba eso y lloraba, pero nadie la veía. Solo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo.

Cada mañana, leía su cuaderno. Tenía frases sueltas, pedazos de canciones, fotos, recuerdos tontos... y cada día le agregaba algo nuevo. Cada mañana, después de tomar sus pastillas y una taza de café, escribía, dibujaba o pegaba algo en su viejo cuaderno. Lo guardaba en un cajón lleno de polvo, se vestía y salía a caminar. Se sentaba en un banco de plaza lejano y escondido y se ponía a mirar cómo la vida pasaba, cómo los demás cumplían metas y ella seguía acorralada en su callejón sin salida. Nunca supo que sólo bastaba con darse vuelta y ver que la salida estaba del lado equivocado. Que regalar su cuerpo (y a veces su amor) a hombres desconocidos en busca de una aventura no iba a hacerla feliz nunca. Por eso, ese día las cosas fueron distintas.

Volvió a su departamento, se puso su mejor vestido, se maquilló, se peinó, se perfumó y salió en busca de un trabajo. Comentándole su necesidad de trabajo a una señora vieja, doña María, mientras le compraba unos cigarrillos, ella le dijo que necesitaba ayuda para atender su kiosco y que sería un buen trabajo para ella. La piba aceptó y empezó a trabajar al día siguiente. Siempre soñó con ser DJ y nunca pudo cumplirlo; siempre lo dejó para último momento porque primero estaba el trabajo. El infierno. Pero ese día, al caer la tarde, se anotó para hacer un curso de DJ. A la noche, volvió al infierno. Inventó que se iba a vivir al sur y todos dijeron que la extrañarían. Sonrió y se fue. Sabía que mañana alguien ocuparía su lugar.

Y un día, la piba se despertó con un propósito, con ganas de vivir, con ganas de más. Se despertó con ganas de ir al kiosco de Doña María, ir al curso de DJ, vestirse con ropa nueva, tener perfumes nuevos, conocer gente que la quiera y que no la use.

Se despertó con ganas de ser feliz. Y, un día, por fin, lo logró. Y lo logró para siempre.

14 febrero, 2014

El mundo de la escritura.

Los dedos caen encima de las letras del teclado como las gotas caen y golpean contra mi ventana. Con la misma fuerza, la misma intensidad, el mismo sentimiento. Las gotas caen, se golpean pero aún así siguen cayendo y transmitiendo cosas cuando uno las miran. No se resisten al golpe, a la caída, a la indiferencia. Y así es como a veces actúa la escritura; transmite cosas cuando uno se introduce en su mundo.
El mundo de la escritura. Un mundo diverso, profundo, luminoso, oscuro, aterrador, salvador... tantas calificaciones distintas y hasta contraproducentes que concuerdan y concluyen en lo mismo: placer. Placer por escribir una buena historia, un buen trabajo, un consejo, una respuesta a preguntas que se creían inconclusas, a preguntas que nunca te habías hecho... eso pasa porque el mundo de la escritura es inmenso, desconocido, excitante y revelador. Hace que te descubras, que encuentres tu propio yo, que entiendas cosas hasta el momento inexplicables, incluso para uno mismo. Escribir ayuda a encontrar. Escribir a alguien. Porque es así, todo escribimos a alguien. A alguien que es, a alguien que no es, a alguien que será, que jamás será, que ha sido o que nunca lo fue, pero a alguien en fin. Escribir te despierta del sueño eterno, de ese que nadie desea despertar. Escribir te salva. Aunque también trae misterio. ¿Qué esconden esas palabras, aparentemente inocentes? ¿Cuáles son las ideas que estas palabras quieren transmitir? ¿Son transparentes y puras, como las gotas que caen en las ventanas? ¿Acaso tienen algo escondido? O no tan escondido. Algo que desea ser encontrado desde hace tiempo. Cosas escondidas, no asumidas, no aceptadas. Cosas que uno no logra superar y las vuelca en el mundo de la escritura. Porque todos hacemos eso; escribiendo dejamos nuestras almas a la luz. Se ven íntegras. No podemos mentir cuando escribimos con el corazón. Ni podemos mentirnos a nosotros mismos escribiéndonos. Escribir te saca las caretas. Te deja desnudo frente a la vida y frente a tu propia persona. Mucha gente encuentra viejos escritos y se alegra, llora, se preocupa, añora, desea, anhela, aterriza, vuela, comprende, entiende, analiza... un escrito viejo, escondido en un lugar recóndito e impenetrable del mundo de la escritura, logra reiniciarte. Como una computadora que, cargada de obligaciones, no quiere responder. Los seres humanos somos como computadoras: Podemos hacer cosas, hasta hacerlas a la vez, hasta un límite. Si ese límite se sobrepasase, debemos reiniciarnos. ¿Cómo? Escribiendo. Y no sólo se escribe con palabras volcadas en una hoja en blanco. Uno logra escribir con miradas, con silencios, con actitudes, con ignorancia, con altivez, con abrazos, con besos, con el corazón, con las manos, con la mente. Escribir es universal, hay mil formas de hacerlo. Encontrá la tuya.

El mundo de la escritura es diverso, profundo, luminoso, oscuro, aterrador, salvador...
Yo me metí.
Y hoy... no puedo (ni quiero) salir.

12 febrero, 2014

Mientras tanto.

Las nubes pasan, el sol se esconde. Los hielos se derriten, la piel se va arrugando. La vida pasa. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto vivimos en la vorágine, confundiendo el ocio con lo equivocado, confundiendo el descanso con la inacción. Mientras tanto, nos enfermamos, nos degradamos, no vivimos. Aunque a veces sí, a veces nos detenemos en los detalles. En mirarnos al espejo, comprarnos ese accesorio que combina con tus ojos, ponerte tu remera favorita aunque no salgas a ningún lado. Vivimos el mientras tanto. Porque de eso se trata la vida; no tanto de cumplir objetivos, no tanto de cumplir con listas ni con desafíos o metas finales, sino vivir el paso a paso, sentir cada momento, cada lugar, cada aroma, cada pensamiento. Vivir el mientras tanto como si fuera nuestro objetivo.

Mientras tanto, vivimos.

02 febrero, 2014

Quiero ser:

Quiero ser quien te acaricie la espalda cuando alguna vez llores con angustia.
Quiero ser el primero a quien llames cuando necesites que alguien te escuche.
Quiero ser el último a quien decidieras lastimar.
Quiero ser quien vos soñás que soy.
Quiero ser lo que merecés.
Quiero ser más de lo que quisiera.
Quiero ser quien te cocine cuando tengas hambre.
Quiero ser quien salga a comprar ropa de tu mano.
Quiero ser el "qué buen chico" de tu familia.
Quiero ser tu compañero.
Quiero ser yo mismo estando con vos.
Quiero ser lo que más desees.
Quiero ser tuyo.
Quiero ser feliz. Con vos al lado.

Quiero todo eso, porque lo que más quiero en realidad es a vos. Quiero ser feliz con vos al lado. Sí, quiero.

29 enero, 2014

Poderosas decisiones.

Muchas de las cosas que hoy nos afectan están fuera de tu control. Aún así, no importan las circunstancias en las que te encuentres, porque tenés varias cosas en las que sí podés adueñarte y tomar el control. Uno es el que decide cómo tomar ese control. Uno es dueño de su actitud y de sus consecuencias.

En vez de resistir, aceptar: Aceptá todo lo que sea un hecho. Tu estrés aumenta cuando te resistís a cambiar o a aceptar los cambios. Al aceptar, aumentás tu poder. ¿Qué vas a aceptar hoy?

En vez de resignarse, aprovechar: Sé la causa de tus decisiones, de tus cambios. Decidí aprovechar lo que está en vos para poder lograr esas decisiones. Movete. ¿Qué oportunidad vas a aprovechar hoy?

En vez de evadirse, asumir: Es fácil mirar hacia afuera y encontrar la culpa en el otro... en lo que tiene, lo que no tiene, lo que logró, lo que no le pasa. El reto es asumir qué culpa tenés vos en las cosas. Cómo contribuyeron tus decisiones en lo que hoy te pasa. Si evadís tu responsabilidad, también evadís tu poder. Cuando logres asumir lo que te corresponde, lograrás adueñarte de tu poder y vas a poder tomar conciencia de qué aprender o mejorar. ¿Qué es hora de asumir?

En vez de desear, comprometerse: La única forma de obtener resultados diferentes es haciendo cosas distintas. Desear algo mejor es necesario, lógico y hasta aceptable, pero no es suficiente. El deseo debe ser acompañado por el compromiso. No te olvides que cambios simples hacen una gran diferencia. Para iniciar un gran viaje, se debe comenzar con un pequeño paso. ¿A qué te comprometés para sentirte mejor?

En vez de preocuparse, ocuparse: Movete hacia tu objetivo y allí va a estar, esperándote con los brazos abiertos. Hacete cargo de lo que puedas aprovechar, de lo contrario aceptá que eso se escapó de tu influencia y tenés que dejarlo ir. ¿Qué vas a incorporar en tu vida para empezar a ocuparte?

En vez de olvidar, agradecer: Cuando estás en el caos y la vorágine, es normal que pierdas el rumbo y quieras desconectar. El agradecer te reconecta. Siendo grato, los miedos se desvanecen y el poder de tus decisiones aumenta. ¿De cuántas cosas podés estar agradecido hoy? ¿Experiencias, amigos, amores, conocimientos, oportunidades, fortalezas, talentos?

En vez de desconfiar, confiar: Es decisión tuya. ¿Tus problemas son más grandes que vos o vos sos más grande que tus problemas?

En vez de ver lo negativo, apostar al éxito: Henry Ford decía que "si crees o no crees que puedes, estás en lo cierto". En vos está elegir apostar a tu éxito y tener esperanzas de que todo lo que decidís va a prosperar. Por eso, enfocate en lo que buscás: tu éxito. Ya aceptaste la realidad, identificaste lo que podés aprovechar de las circunstancias, asumiste responsabilidades. Estás comprometido a la acción y estás ocupándote y no preocupándote tanto. Decidís confiar en vos y en tus potencialidades. Confiás en tus decisiones. Lo que te queda, simplemente, es apostar a ganar y llevar tus poderosas decisiones a la acción.

20 enero, 2014

"Necesito ayuda".

El filo baila sobre mi piel mientras las lágrimas caen cansadas por mis mejillas. Otra vez volví a caer. Necesito ayuda. Necesito que me abracen. Necesito besos que reparen cada una de mis heridas. Las que se ven y las que todavía no.
El filo cae sobre el piso del baño. Lo miro, lleno de sangre y también caigo, desconsolado, pidiendo ayuda a mis adentros, porque nadie me escucha. Las lágrimas y la angustia recorren mis entrañas. Tengo frío. Tengo miedo. Necesito ayuda.
El metal frío deja marcas sobre mis brazos, sobre mis piernas, mi pecho, mi cintura, mis dedos, mis hombros... el filo del metal me recuerda lo infeliz que soy. Una marca por cada frustración. Una gota de sangre por cada desilusión. Por cada desagrado. Cada sabor amargo que no logré tragar. O quizás al revés... tantos sabores amargos juntos tuvieron que salir.
Y salieron. Salieron de mi boca los miedos, las amarguras, las injusticias, las tristezas. Las que no pudieron salir con la sangre.
Necesito ayuda. Estoy solo. Nadie me entiende. Nadie me quiere. Nadie me comprende.
Siento que las entrañas me duelen tanto como el alma. Tengo hambre. Tengo sueño. Tengo frío. Tengo mucho miedo.
Necesito sentirme vivo. Devolverme los colores. Esos que perdí hace tiempo y nunca pude recuperar. Necesito desprenderme del frío filo del metal para poder descargarme. Necesito estar feliz. 
Pero no puedo hacerlo. No puedo. No me sale.
Estoy atrapado en mis propias trampas.
Estoy encerrado en mis miedos.
Tengo miedo. Mucho miedo. Y creo que necesito ayuda.

Y luego de eso, agarró el filo, aún manchado de sangre, lo clavó lo más profundamente que pudo en uno de sus brazos y se acostó. Cerró los ojos, llorosos de dolor. Dolor interno. De sentirse solo, sin amigos, sin nadie que lo abrace. Sin cariño.

19 enero, 2014

juegos.

Era una pobre niña tonta jugando a ser la intelectual, la rebelde, mientras fumaba cigarrillos mal encendidos, mientras se movía como una falsa leona con una copa de gin tonic en la mano. Ella se las rebuscaba para encadenarlo con sus cabellos, pero era muy inexperta como para hacerlo de manera sutil, así que se las ingenió para atrapar a su hombre por medio de besos telenovelezcos, risas mal actuadas y labial barato. A él nada le importaba de su virgen comportamiento, sólo veía una linda niña jugando a ser mujer, y eso lo sacudía… estremecía su cuerpo con la pureza de su mirada, y le regalaba gotas de sudor envueltas en besos.

01 enero, 2014

Noche estrellada.

Y en esa noche estrellada, me dí cuenta. Se sentía tan extraño. Como bailarines que danzaban como nunca dentro de mi estómago. Era un flechazo.
Fue un amor entre tucas, botellas de cerveza, puchos sin prender y besos correspondidos. Era un amor que me sentaba bien, un amor que me gustaba y que no iba a dejar ir tan fácilmente.
Por primera vez creo que me sentía radiante. Mis manos quedaban perfectas cuando las juntaba con las suyas y eso también pasaba con nuestros cuerpos. Su cuerpo me quedaba de maravilla.
Pero esa noche estrellada su cuerpo me quedaba mejor. Nos amábamos más que otras veces.
Dejé caer mi ropa en su pecho y, junto con ella, las ganas de él, de su cuerpo, de sus manos, de su espalda, de sus labios, de su puta toxicidad. En esa noche estrellada éramos los protagonistas. Mis manos, su pelo, mi pecho, su espalda, mis miedos, su deseo. Todo se mezclaba y se integraba perfectamente.

Esa noche estrellada fue inolvidable.

Entre caricias, besos, mimos y melancolía solté un "qué lindas son las estrellas". Porque lo eran. Lo eran... eran casi tan lindas como él.