Querido mío:
Existen tantas preguntas que no tienen un claro por qué y que yo tampoco busqué, tantas incógnitas que vuelan como las golondrinas por mi cabeza sin rumbo, sin dirección, sin destino... todas se resumen a vos, porque todas mis ideas conducen a vos.
Me estoy enamorando tanto de vos y tan rápido. ¿Qué es esto que siento? No puedo dejarlo ir. Se sienten como mariposas en el estómago, o mejor, como un ejército de mariposas danzantes que recorren cada centímetro de mí, cada fibra, cada pedacito de piel, en busca de vos, en busca de tu voz, de tu cuerpo, de tus labios susurrando mi nombre y lo mucho que nos queremos... en busca de tu ser íntegro y entero.
Pero el tiempo a veces pasa y corrompe con lo que sentimos; muchas veces intentamos sumar y sólo restamos, adelantamos la cuenta regresiva, nos lastimamos. El tiempo a veces pasa y nos golpea contra nosotros mismos, contra nuestras ideas, contra nuestros propios sueños, nos golpea y nos grita que sólo eso son, sólo simples sueños que nunca van a concretarse. Y duele, eso sí que duele. La realidad a veces duele tanto como un puño, como un golpe seco, como un insulto y un hasta luego. A veces el tiempo pasa y nos avasalla.
Y eso es lo que nos pasó a nosotros, mi querido. Quise mantenerte cerca de mí, mantenerte aquí, conmigo, por siempre. Pero no pude, logré todo lo contrario, logré que te escaparas y que lloraras como un niño en peligro que no puede sentir el calor de su mamá, logré que no quieras nada conmigo más que una despedida, una con sabor amargo y sin ni siquiera un cortado con dos de manteca. Cuando intento olvidarte, caigo en el recuerdo, en el recuerdo que lo nuestro fue tan verdadero, tan verosímil, tan palpable, tan transparente, hasta que, de alguna forma, lo perdimos todo. Y, mientras tanto, yo lloro, yo sufro y yo pienso, porque en realidad todo lo que quise fue creer. Creer en vos, creer en tus palabras, en tus tequieros, en tus abrazos, tus consejos y tus besos entre la lujuria y las sábanas mojadas.
Siempre dije que te amé porque siempre fuiste vos, tan solo vos mismo. Y hoy me doy cuenta que quizás me equivoqué y nunca fuimos, ni vos ni yo, nosotros mismos. Nunca nos terminamos de mostrar, nunca terminamos de entendernos y de respetarnos. Te amé por ser quien yo quería que seas, por quien yo vi que eras, por esa máscara falsa que vi desde el primer momento y que tanto necesitaba encontrar, aunque sea en una propia fantasía.
No quise enamorarme, mi querido, ni tampoco quise lastimarte. Sé que significamos demasiado el uno para el otro, y por eso creo que lo mejor es cerrar esta carta con un adiós sincero. Decime adiós y viví tu vida.
Que seas muy feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario