Levanté la cortina de mi habitación cuando me desperté y la luz entró tan fuerte que me hizo cerrar los ojos. Me volví a acostar en la cama y prendí un cigarrillo. Sentía el humo bajando por mi garganta y, para divertirme, lo sacaba despacio, haciendo que se forme una nube gris, tóxica, frente a mí para que yo, como un Zeus cualquiera, pueda hacerla historia con un simple soplido. Me gustaba jugar a sentirme poderoso. Porque, lamentablemente, sólo jugaba. Nunca fui ni me consideré una persona poderosa. Quizás pensante, divergente, inestable, pero nunca poderosa. Y por eso simplemente jugaba. Pero hoy no.
Con mi último cigarrillo en la mano, decidí subir. Al piso 12. Y luego a la terraza. Me senté, empecé a fumar y miraba cómo los autos pasaban. Eran pequeños. Minúsculos.
Terminé el pucho y tiré la colilla.
Y atrás, caí yo.
La puta madre, cómo me gustaba sentirme poderoso... al menos por un segundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario