Acá también estoy:

14 febrero, 2014

El mundo de la escritura.

Los dedos caen encima de las letras del teclado como las gotas caen y golpean contra mi ventana. Con la misma fuerza, la misma intensidad, el mismo sentimiento. Las gotas caen, se golpean pero aún así siguen cayendo y transmitiendo cosas cuando uno las miran. No se resisten al golpe, a la caída, a la indiferencia. Y así es como a veces actúa la escritura; transmite cosas cuando uno se introduce en su mundo.
El mundo de la escritura. Un mundo diverso, profundo, luminoso, oscuro, aterrador, salvador... tantas calificaciones distintas y hasta contraproducentes que concuerdan y concluyen en lo mismo: placer. Placer por escribir una buena historia, un buen trabajo, un consejo, una respuesta a preguntas que se creían inconclusas, a preguntas que nunca te habías hecho... eso pasa porque el mundo de la escritura es inmenso, desconocido, excitante y revelador. Hace que te descubras, que encuentres tu propio yo, que entiendas cosas hasta el momento inexplicables, incluso para uno mismo. Escribir ayuda a encontrar. Escribir a alguien. Porque es así, todo escribimos a alguien. A alguien que es, a alguien que no es, a alguien que será, que jamás será, que ha sido o que nunca lo fue, pero a alguien en fin. Escribir te despierta del sueño eterno, de ese que nadie desea despertar. Escribir te salva. Aunque también trae misterio. ¿Qué esconden esas palabras, aparentemente inocentes? ¿Cuáles son las ideas que estas palabras quieren transmitir? ¿Son transparentes y puras, como las gotas que caen en las ventanas? ¿Acaso tienen algo escondido? O no tan escondido. Algo que desea ser encontrado desde hace tiempo. Cosas escondidas, no asumidas, no aceptadas. Cosas que uno no logra superar y las vuelca en el mundo de la escritura. Porque todos hacemos eso; escribiendo dejamos nuestras almas a la luz. Se ven íntegras. No podemos mentir cuando escribimos con el corazón. Ni podemos mentirnos a nosotros mismos escribiéndonos. Escribir te saca las caretas. Te deja desnudo frente a la vida y frente a tu propia persona. Mucha gente encuentra viejos escritos y se alegra, llora, se preocupa, añora, desea, anhela, aterriza, vuela, comprende, entiende, analiza... un escrito viejo, escondido en un lugar recóndito e impenetrable del mundo de la escritura, logra reiniciarte. Como una computadora que, cargada de obligaciones, no quiere responder. Los seres humanos somos como computadoras: Podemos hacer cosas, hasta hacerlas a la vez, hasta un límite. Si ese límite se sobrepasase, debemos reiniciarnos. ¿Cómo? Escribiendo. Y no sólo se escribe con palabras volcadas en una hoja en blanco. Uno logra escribir con miradas, con silencios, con actitudes, con ignorancia, con altivez, con abrazos, con besos, con el corazón, con las manos, con la mente. Escribir es universal, hay mil formas de hacerlo. Encontrá la tuya.

El mundo de la escritura es diverso, profundo, luminoso, oscuro, aterrador, salvador...
Yo me metí.
Y hoy... no puedo (ni quiero) salir.

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