Acá también estoy:

21 febrero, 2014

Cincuenta.

Él era un muchacho nacido en 1936. Alto, robusto y sensible. Era parte de la marina, desde que era un niño, igual que su padre y su abuelo. Él quería ser músico, pero en esos tiempos no había tiempo para esas cosas. No había tiempo para cumplir deseos.
Ella era una damisela que también había nacido en el '36, flacucha y con rizos rubios, que caían como bailarinas del Colón por sus hombros desnudos. Amante de las flores y del olor a cera Suiza. Ayudaba a su madre en su florería y a su abuela, que era costurera.

Se conocieron por casualidad una mañana calurosa de Febrero de 1954. Ella estaba arreglando flores en un hermoso jarrón de porcelana y, por la puerta, pasó él. Se miraron por dos segundos pero nunca más lograron olvidar lo que sintieron. Fue un flechazo. Los cachetes de ella se pusieron levemente colorados. Las piernas de él se entorpecían con cada paso. Sólo atinaron a sonreírse y nada más. Pero ambos sabían que habían encontrado a alguien especial. Pero, en esos tiempos, no había tiempo para esas cosas. Enamorarse era sólo para los cuentos de hadas. Y ellos, a escondidas y en secreto, se desafiaron a escribirlo.
Él prometió a sí mismo volver a la florería a buscarla. Y ella se prometió a sí misma ponerse linda cada tarde desde entonces, con el profundo secreto de encontrarlo otra vez. 
Pasaron varios días y ninguno supo nada del otro. Pero hubo un día en el que él volvió. Se sentó frente a la florería, junto a un árbol de raíces sólidas, casi tan sólidas como sus ganas de volverla a ver. Se estaba decepcionando porque no lograba verla hasta que, por fin, la vio salir. Llevaba el pelo suelto, un vestido blanco y unos zapatos de charol. Él se levantó y, con sigilo, se dirigió hasta la florería.

-Hola. -pudo soltarle, con la lengua trabada y el corazón latiendo despacio.
-Hola. -sus ojos brillaron. Su sonrisa la delató. 
Perdiste, muchacha. Perdiste.

Así empezó una historia, las páginas en blanco ya tenían algo de color. 
Primero se sentaban a hablar en la puerta de la florería, luego empezaron a pasear de esquina a esquina... hasta que, una tarde, él la llevó al puerto a mostrarle cómo era la vida para alguien de la marina. Le mostró el río, los barcos, el viento. Ese viento libre que pegaba en la cara de ambos y que tanto los hacía reir. Y, como el viento, ella se empezó a sentir libre en sus brazos. Se sentía feliz. Sabía que se estaba transformando. Y no solo que le gustaba, sino que sentía que era lo correcto, a pesar de que todos dijeran que enamorarse era un cuento de hadas falso y que no había tiempo para esas cosas. 

Los años pasaron, exactamente diez. En esos diez años pasaron cosas maravillosas: ambos crecieron, juntos. Se dieron su primer beso, su primer caricia. Su primer te quiero sincero. Sus familias conocieron al nuevo integrante y, en ese tiempo, lograron aceptarse.
Los años pasaron, exactamente diez. Y él se acojonó y, entre caricias en el zaguán, le soltó un:
-¿Querés casarte conmigo?




Hoy cumplieron cincuenta veranos juntos. Cincuenta te quieros, cincuenta te extraños, cincuenta no me olvides, cincuenta logros, cincuenta caídas. 
Cumplieron cincuenta años de casados, pero todavía se ríen y sienten ese flechazo que sintieron esa vez que se conocieron, cada vez que sus ojos se cruzan.

Eso, esa magia indescriptible que une a dos personas y no las deja ir jamás, es lo que yo llamo amor.

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