Acá también estoy:

18 febrero, 2014

La piba.

La piba estaba ahí, tirada en la cama, semidesnuda y enredada en el acolchado, fumando cigarrillos mal encendidos. Lloraba pero nadie la veía. Sólo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo. Vino un tipo, después otro, y otro. Hacían lo suyo y se iban. Nunca más aparecían. Ella cumplía con el pacto y, entre el espeso humo, escondía sus pesares en lágrimas. Lágrimas pesadas de dolor, de angustia, de bronca. "¿Cuánto falta?" suspiraba entre dientes.

La piba era rubia, alta, con piernas interminables y una cola impresionante. Tenía un tatuaje en la espalda y muchos anillos en los dedos. Tenía una nariz recta, puntiaguda, envidiable. Tenía maquillaje barato en la cara; generalmente el rimmel y el delineador, negros como la noche, estaban corridos por cómo lloraba, y el labial rojo estaba gastado, casi olvidado. Tenía cortes en sus muñecas y algunos en sus piernas, ya cicatrizados. "Recuerdos de mi infancia" suele decir cuando alguien los encuentra. Pocas veces recordaba que los tenía. Cuando los veía, lloraba, pero nadie la veía. Sólo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo.

La piba era buena para bailar y para fingir estar enamorada. Lograba enredarte con sus cabellos con tan solo un par de miradas. Daba besos fugaces y se escapaba de ella. Le daba miedo ser ella. Deseaba estar inconsciente cada vez que debía mirarse al espejo. Odiaba su vida. La piba se odiaba. Odiaba que la toquen más de lo debido, odiaba que un viejo morboso se le acercara pero tener que satisfacerlo por unos míseros pesos, odiaba no tener su familia, su casa, su auto, su título. Ser como algunas de sus amigas. La piba recordaba eso y lloraba, pero nadie la veía. Solo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo.

Cada mañana, leía su cuaderno. Tenía frases sueltas, pedazos de canciones, fotos, recuerdos tontos... y cada día le agregaba algo nuevo. Cada mañana, después de tomar sus pastillas y una taza de café, escribía, dibujaba o pegaba algo en su viejo cuaderno. Lo guardaba en un cajón lleno de polvo, se vestía y salía a caminar. Se sentaba en un banco de plaza lejano y escondido y se ponía a mirar cómo la vida pasaba, cómo los demás cumplían metas y ella seguía acorralada en su callejón sin salida. Nunca supo que sólo bastaba con darse vuelta y ver que la salida estaba del lado equivocado. Que regalar su cuerpo (y a veces su amor) a hombres desconocidos en busca de una aventura no iba a hacerla feliz nunca. Por eso, ese día las cosas fueron distintas.

Volvió a su departamento, se puso su mejor vestido, se maquilló, se peinó, se perfumó y salió en busca de un trabajo. Comentándole su necesidad de trabajo a una señora vieja, doña María, mientras le compraba unos cigarrillos, ella le dijo que necesitaba ayuda para atender su kiosco y que sería un buen trabajo para ella. La piba aceptó y empezó a trabajar al día siguiente. Siempre soñó con ser DJ y nunca pudo cumplirlo; siempre lo dejó para último momento porque primero estaba el trabajo. El infierno. Pero ese día, al caer la tarde, se anotó para hacer un curso de DJ. A la noche, volvió al infierno. Inventó que se iba a vivir al sur y todos dijeron que la extrañarían. Sonrió y se fue. Sabía que mañana alguien ocuparía su lugar.

Y un día, la piba se despertó con un propósito, con ganas de vivir, con ganas de más. Se despertó con ganas de ir al kiosco de Doña María, ir al curso de DJ, vestirse con ropa nueva, tener perfumes nuevos, conocer gente que la quiera y que no la use.

Se despertó con ganas de ser feliz. Y, un día, por fin, lo logró. Y lo logró para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario