Mientras ella se probaba camisas nuevas y un par de calzas, yo, tranquila, fumaba sobre el sillón. Miraba sus hombros rectos, perfectos... su cuello, lleno de cadenas doradas que caían perfectamente sobre él... su espalda, pequeña y con la columna sobresaliente... miraba sus piernas, finas como escarbadientes, libres, danzantes, únicas. Miraba su pelo rubio caer por sus hombros, por sus tetas, hasta su ombligo. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.
Miraba cómo se ataba los cordones de los borcegos, cómo se acomodaba las pulseras, cómo se acomodaba la camisa y el corpiño para simular que tenía más tetas (y más redondas)... miraba cómo se peinaba y bailaba al ritmo de Elvis en el baño, creyendo que yo no la veía, sin nada de vergüenza, sin reprimirse, sin esconderse. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.
Comimos un poco de pollo que había quedado en el fondo de la heladera con pocas ganas. Salimos a caminar y ella bailaba cuando caminaba. Se daba vuelta, me veía a mí, caminando sola y con pasos cortos, riéndome con ella de sus pasos bailarines, y me sonreía de forma genuina, real, increíble. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.
-Apurate que llegamos tarde.
-Seguí caminando, que vamos a llegar tarde si parás de caminar.
Se rió y siguió caminando, o casi volando. Le agarré la mano y le dije:
-Rubia, me hacés sentir eterna.
Porque sí, me hacía sentir eterna simplemente mirándola.
Me dio un beso y seguimos caminando.
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