Los tulipanes, los molinos, los zuecos... las calles, los bares, los hombres, las mujeres, los niños, los ancianos, los ricos, los pobres. Todo me despejaba, todo me atraía, todo debía ser un recuerdo, y eso significaba que mi vieja Cannon no paraba de trabajar.
Contraté un tour por Holanda; éramos un grupo de 12 personas, la mayoría sola o en pareja, y nos unía algo: a todos nos encantaba este país.
Los días pasaron y yo tuve que volverme.
Vaarwel, mooie Holland!
(Adiós, bella Holanda!)
(Adiós, bella Holanda!)
El viaje de vuelta fue triste. Nostálgico. Veía los tulipanes cada vez más y más y más pequeños y mi corazón se quedaba con ellos. No quería volverme, Holanda era mi lugar en el mundo.
Llegamos a Ezeiza, y nuestra puerta estaba llena de gente con carteles que decían "¡Bienvenidos!", "Al fin volviste", "Te extrañamos!"... todos naranjas, con tulipanes, hasta gente con zuecos. Y por un momento, creí que alguien tenía un mísero cartel o un mísero globito anaranjado esperando mi llegada. Pero... no. Todos saltaban de alegría, lloraban, se abrazaban, se acariciaban, se contaban anécdotas, y yo ahí, esperando que llegara un taxi. Solitario, con la compañía de mi valija y mi vieja Cannon. Me hacía mal ver eso. Me hacía mal no tener a nadie y que, encima, todos me muestren que era el pobre idiota sin nadie en el aeropuerto. Nadie me esperó y nadie me espera. Y tampoco nadie me esperará algún día; ni en un aeropuerto, ni en un partido, ni en un concierto, ni en mi propia casa. En ningún lugar.
Volviendo en taxi a casa, las lágrimas me caían por las mejillas, tímidas pero cargadas de odio y de una inconmensurable tristeza. Era consciente que estaba solo. Nadie se había acordado de mí. Nunca. Y eso dolía.
-Qué te pasa, pibe? -me dijo el taxista.
-Volví de un viaje a Holanda y en el aeropuerto fui el único que no tuvo a nadie que le de un abrazo. Y siempre es así y estoy cansado.
-A mí me pasó algo parecido, sabías, pibe? El día que me egresé del secundario, no fueron ni mis viejos ni mis hermanos. Todos subían al escenario con sus familias... -decía, con los ojos vidriosos y la voz algo tomada-... y yo subí solo. Casi nadie me aplaudió. Al principio los mandé a la puta madre, viste?, pero después aprendí a perdonarlos y a entender que estaban ocupados y que igual me quieren. Tenés que hacer eso, pibe; no te preocupes, mientras vos te quieras todo va a estar bien. A este mundo venimos solos y nos vamos solos, la gente es puro adorno.
Y, terminando esas palabras, el taxi llegó a mi casa. Le agradecí mucho su charla y le pagué el doble de lo que salía el viaje. Sonrió como pocos y me deseó buena suerte.
Bajé, llegué a la puerta y busqué las llaves. Abrí la puerta, prendí las luces y encontré a mi familia, a mis amigos y a amigos de mis amigos con globos naranjas y dibujos de tulipanes y coronas de la Reina Máxima. Automáticamente lloré desconsoladamente, no sé si por alegría, por sorpresa, por angustia o por todo junto y mi madre, quien había organizado todo ya que le había dado mis llaves para que cuide mis plantas, al ver eso me acariciaba el pelo y me decía:
-Muchacho, querido mío, por fin llegaste... te extrañé tanto... nunca más te vayas tanto tiempo, a menos que sea conmigo en la valija o en el asiento de acompañante.
Reí junto a ella y la abracé como nunca había abrazado a alguien en mi vida.
Fue una tarde maravillosa. Cuando todos se fueron, guardé todos los carteles.
Y el cartel más grande, todavía hoy colgado en la pared de mi living, decía:
-Qué te pasa, pibe? -me dijo el taxista.
-Volví de un viaje a Holanda y en el aeropuerto fui el único que no tuvo a nadie que le de un abrazo. Y siempre es así y estoy cansado.
-A mí me pasó algo parecido, sabías, pibe? El día que me egresé del secundario, no fueron ni mis viejos ni mis hermanos. Todos subían al escenario con sus familias... -decía, con los ojos vidriosos y la voz algo tomada-... y yo subí solo. Casi nadie me aplaudió. Al principio los mandé a la puta madre, viste?, pero después aprendí a perdonarlos y a entender que estaban ocupados y que igual me quieren. Tenés que hacer eso, pibe; no te preocupes, mientras vos te quieras todo va a estar bien. A este mundo venimos solos y nos vamos solos, la gente es puro adorno.
Y, terminando esas palabras, el taxi llegó a mi casa. Le agradecí mucho su charla y le pagué el doble de lo que salía el viaje. Sonrió como pocos y me deseó buena suerte.
Bajé, llegué a la puerta y busqué las llaves. Abrí la puerta, prendí las luces y encontré a mi familia, a mis amigos y a amigos de mis amigos con globos naranjas y dibujos de tulipanes y coronas de la Reina Máxima. Automáticamente lloré desconsoladamente, no sé si por alegría, por sorpresa, por angustia o por todo junto y mi madre, quien había organizado todo ya que le había dado mis llaves para que cuide mis plantas, al ver eso me acariciaba el pelo y me decía:
-Muchacho, querido mío, por fin llegaste... te extrañé tanto... nunca más te vayas tanto tiempo, a menos que sea conmigo en la valija o en el asiento de acompañante.
Reí junto a ella y la abracé como nunca había abrazado a alguien en mi vida.
Fue una tarde maravillosa. Cuando todos se fueron, guardé todos los carteles.
Y el cartel más grande, todavía hoy colgado en la pared de mi living, decía:
"Welkom, Boy! Uw vrienden en familie hou heel veel van."
(Bienvenido, muchacho. Tus amigos y familia te queremos mucho).
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