Acá también estoy:

26 mayo, 2014

Pobre chico.

El despertador se moría de risa del pobre chico que se despertaba media hora antes. Y no fue así porque tuvo ganas, sino porque los oyó otra vez. Otra madrugada más donde se repetía la misma historia: gritos, golpe seco, silencio, llanto, griterío. Y era imposible volver a dormirse. Todas las mañanas igual, cuándo terminaría este calvario.
Se lavaba los dientes y las lagañas caían solas, junto con las lágrimas. También caían sus sueños, pero de eso no se daba cuenta. Ni el pobre chico ni nadie, porque lo único que importaba era callarse y tragar los enojos.
Salía para ir al colegio, ya vestido, impoluto. Su madre le sonreía con los ojos hinchados y él se hacía el desentendido. Era la única forma de que él no llorara, porque lo único que importaba era callarse y tragar las tristezas.
El pobre chico iba caminando al colegio para que el viento matutino le pegase en la cara y así no se notaba tanto el sueño y tampoco las ganas de llorar. Llegaba y se sentaba atrás. Todos en secreto decían que era un pobre chico, un ermitaño, un chico solitario rodeado de corazas irrompibles. Lo único irrompible en él era su corazón, que por tantos golpes se hizo de hierro. Pero a él nadie lo entendía. Nadie lo quería entender, porque es más fácil dejarlo de lado que preguntarle qué le pasa.
La mañana pasaba y el pobre chico vivía disperso. Pensaba en qué pasaría si por un día no se despertara gracias a un grito de su madre, si por un día no tendría que escuchar Pink Floyd con el volumen máximo para tapar los gritos de su padre. Pensaba en cómo sería, al menos por un día, una vida normal. Una vida sana. El pobre chico pensaba eso y quería llorar. Qué lejos estaba de eso.
Llegaba a casa y no había nadie. Ni siquiera una estela lo esperaba. Ni la comida hecha, ni un cómo estás. Sólo lo esperaban su cama, sus discos viejos, sus pastillas y su tristeza. Su resignación. El pobre chico sufría mucho, sufría de verdad. Pero a nadie le importaba, porque lo único que importaba era callarse y tragar la angustia.
Caía la noche y el pobre chico se sentaba a escribir en su escritorio viejo. Un foco casi quemado lo alumbraba apenas. Escribía tonteras, frases sueltas, posibles canciones. Mientras escribía, las lágrimas caían otra vez por sus pómulos y las manos y las piernas le temblaban. Le temblaban tanto como el corazón. Abría la cama y se acostaba. El pobre chico mordía la almohada y gritaba. Lloraba desconsoladamente. Se lamentaba. Sufría. Pero a nadie le importaba, porque lo único que importaba era callarse y tragar las tristezas.
Lloraba hasta que, por arte de magia, se dormía. Se dormía y soñaba con ese mundo de maravillas que lo mantenía tan disperso durante el día. Aprovechaba cada segundo porque sabía que esos sueños eran efímeros. Tan efímeros que tan solo un grito, luego un golpe seco, luego silencio, luego llanto y por fín un griterío, como cada mañana, los hacía, simplemente, recuerdos.

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