Tengo siete años y miro las estrellas. Me gustan mucho porque son brillantes, y son muchas y son divertidas.
Tengo doce años y miro las estrellas. Me gustan porque, como aprendí en el colegio, son esferas de gas brillantes que se producen por la fusión nuclear. Suena re raro, por eso me gusta. Son lindas las estrellas, hacen que el cielo se vea más lindo.
Tengo quince años y miro las estrellas. Y me hacen acordar a ese chico que me gusta tanto, sueño despierta con él, y lo peor es que no sé, porque tipo él me habla re bien, pero también tiene onda con otra y eso me pone re histérica mal, te juro, y tipo no sé que hacer y todo eso me pone re mal, pero viendo las estrellas pienso solo en él, que obvio es un bombón, y se me pasa todo.
Tengo dieciocho años y miro las estrellas. Las miro y me llenan de paz. El pucho se va gastando, pero eso ya no me importa porque la luz de las estrellas me encandila los ojos. Me hace sentir pleno. Saber que no estoy solo, que tengo su compañía, me hace bien.
Tengo veinticinco años y miro las estrellas. Me encantan porque salgo del laburo re cansado, llego al departamento y están ahí, como esperándome a que las salude. Las miro con el termo y el mate, con los puchos y las botellas vacías de otras noches. Las miro y me recuerdan a las fiestas, a las cosas lindas. No importa si el día se nubló, si la salida se canceló o si el día no fue el mejor, las estrellas siempre están ahí y eso me pone feliz, muy feliz.
Tengo cuarenta años y miro las estrellas. Las miro de la mano de mis hijas, los tres tirados en el pasto del patio. El día puede ser agobiante, puede pasarte que los papeles del laburo lleguen hasta el techo, que discutas con todos, que el tráfico sea un desastre... pero no hay nada que no pueda curarse mirando un poco las estrellas. Me dan paz y me hacen inmensamente feliz, porque hacen felices a mis hijas.
Tengo sesenta años y miro las estrellas. La vista me empieza a engañar un poco, ya no las veo como antes, pero siguen ahí, protagonistas del cuadro. Y yo sigo aquí acostado, mirándolas. Me hacen tan bien, me dan tanta serenidad. Las miro cuando extraño a alguien, cuando necesito estar solo. Las miro mientras río, mientras lloro, mientras recuerdo y mientras deseo. Las estrellas son parte de mi vida.
Tengo ochenta y cinco años y miro las estrellas. Ya casi no las veo en realidad, porque apenas veo al mundo. Pero siento la necesidad de mirar a ese cielo lleno de pequeñas bailarinas brillantes que bailotean por el cosmos sin miedo a nada. Las miro y pienso en los que ya no están y son parte de ellas, que nos miran y nos cuidan desde donde estén. Las miro y pienso en que quizás yo pronto esté allí, y ya no sea un simple viejo con problemas de vista que mira las estrellas. Las miro y me dan paz, porque las estrellas tienen ese nosequé que te enamora y te obligan a mirarlas.
Gracias, estrellas, gracias por todo.
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