epojé. suspensión, parentetización de las doxas y de la realidad misma. ¡eureka! bienvenidx a mi mundo. ojalá no te pierdas tanto como yo.
17 noviembre, 2015
amores fallidos
Eres lo más bello que me ha pasado en mi vida hasta ahora, mi pasadizo secreto hasta mi verdadero yo. No espero ser tu amor, pero estoy orgulloso que tú seas el mío.
06 noviembre, 2015
De historias de enamoramientos
Me enamoré de vos y de lo roto que tenés el corazón. Me enamoré de tus miedos, de tus locuras, tus rituales y tus compulsiones. Me enamoré de cómo mirás al perro, al pibe de las monedas, a la pareja de la parada del bondi, con esos ojos profundos, impenetrables, imposibles... con esos ojos tristes como diciendo "adiós, hasta aquí he llegado". Me enamoré de vos y de lo bueno que tenés. Me enamoré perdidamente, sin pensarlo, sin quererlo pero sí deseándolo desde lo más profundo de mis entrañas. Me enamoré de tus colores, de tu "hasta luego" tan sencillo por la mañana, de la forma en que comés las tostadas antes que el cortado. Me enamoré de tu caminar, de tus fotos, de tus silencios y tu respiración, especialmente esa que siento en la nuca cada vez que nos amamos. Me enamoré de tus historias, de tus bailes, de tu erotismo y tu seducción. Me enamoré de tu lado perverso, oscuro, macabro y cruel. Me enamoré de tus manos, del espacio entre tus dedos y los míos. Me enamoré de las cuadras caminadas, las esquinas teñidas de historias y con sabor a nostalgia, los momentos compartidos, los miedos vividos y por vivir, las frustraciones superadas, las lágrimas derramadas sobre las sábanas blancas, la bronca canalizada en arte, los problemas sublimados en mejores obras, el humor salvador, la vida atravesada, la muerte próxima y la vida por venir. Me enamoré de tu metafísica, tu proeza, tu lectura y tu cantar.
Miro para atrás y observo lo que fuimos. Miro a mis costados y observo lo que somos. Miro para adelante y observo lo que seremos. Observo con incertidumbre, con dolor, pero también con éxito, placer y con un hedonismo plagado de euforia y satisfacción.
Te miro y me miro. Nos miramos sin pensar en nada y pensando en todo. Te miro y pienso que sí, me enamoré.
Me enamoré de vos y de lo roto que tenés el corazón.
Miro para atrás y observo lo que fuimos. Miro a mis costados y observo lo que somos. Miro para adelante y observo lo que seremos. Observo con incertidumbre, con dolor, pero también con éxito, placer y con un hedonismo plagado de euforia y satisfacción.
Te miro y me miro. Nos miramos sin pensar en nada y pensando en todo. Te miro y pienso que sí, me enamoré.
Me enamoré de vos y de lo roto que tenés el corazón.
09 octubre, 2015
De vientos y rías
Cada vez que sopla el viento en la ventana logro recordar sensaciones que creí olvidadas. Siempre supe que el viento tiene un poder invisible: un poder que te apuñala de frente y por la espalda, un poder que te destruye sin siquiera empezar a luchar. El viento me recuerda a mi infancia, a ese sur crudo, frío, déspota y árido en el cual llegué por primera vez un jueves nublado del 96. Ese sur tiene historia, tiene canción, tiene proyectos y sonrisas. Lástima que no son los míos.
Mi infancia fue difícil, y el sur era mi enemigo declarado. Nadie me quiso, nadie entendía mis problemas, mi sentir diferente, mi diversidad incipiente, mis elecciones. Nadie nunca me quiso ni quiso sentarse a escucharme. Sólo tenía una amiga: la ría. Ese espacio tan privado, tan mío, lleno de sus piedras de diversas formas y tamaños, conviviendo en paz (quizás por eso me gustaba tanto ir ahí, porque ser diverso era la regla). Siempre iba y tiraba piedritas al agua, quizás deseando que, con esa piedra, se vaya toda la mierda que tenía adentro y que me rodeaba afuera. Sé muy bien que tenía -y aún tengo- muchas cosas para decir, muchas cosas para recriminar y muchas otras para pensar. Todos tuvieron la oportunidad del descargo, de la oreja amiga, de la palmada que alivia los hombros. Lástima que no son los míos.
Mi homosexualidad, en ese momento latente, salía de a poco, como el vapor de una Essen. Era esporádico, necesario y relajante. Pero también era cruel, salvaje y seco. Seco como ese clima que caracteriza a la Patagonia. Y como también caracteriza a esa etapa de mi vida que, con años encima, ya casi no recuerdo. Y no porque algo falle, sino porque algunos recuerdos duelen. Algunas miradas, algunos insultos de la primaria, algunos silencios... Preferí el camino fácil, el de olvidar, el de hacer como si nada hubiese pasado y empezar de cero. Estúpido que fui, para el cerebro no hay un botón de reset. Los recuerdos, las huellas, los miedos, los actos reflejos, el tartamudeo, la ansiedad, la depresión, las ganas de matarme, tantas cosas quedan y quedarán en el universo de la mente (por suerte nunca pasarán al acto porque soy más fuerte que todo eso, hubo un día que lo entendí...) por siempre. A los demás no les importa, a los demás no los lastimaron, o al menos no lo aparentan. A los demás no los llevaban al psicólogo por usar la ropa de mamá o robarle sus maquillajes, como si eso no fuera un simple juego de niños. Es que a los demás les basta con un soplido de viento para devastarse. A mí me derribó una tormenta y sigo de pie. Siempre llegaron brazos para los miedos y oídos para los problemas. Lástima que no son para los míos.
El viento me retrotrae a esa historia gris, a ese pasado que no vendrá y al cual no le abro la puerta. Esta historia de vientos y rías me hace pensar en mí, en ese pasado, en lo difícil que fue vivir, atravesar y romper. Me hace pensar en lo bueno que es verlo ya desde la lejana distancia, desde mi amada Buenos Aires, donde ya no existe ese fantasma perverso que sigue mi sombra, que me toca el hombro cuando camino por un pasillo oscuro o que susurra mi nombre antes de dormir.
No, ya no. Ya no más.
Mi infancia fue difícil, y el sur era mi enemigo declarado. Nadie me quiso, nadie entendía mis problemas, mi sentir diferente, mi diversidad incipiente, mis elecciones. Nadie nunca me quiso ni quiso sentarse a escucharme. Sólo tenía una amiga: la ría. Ese espacio tan privado, tan mío, lleno de sus piedras de diversas formas y tamaños, conviviendo en paz (quizás por eso me gustaba tanto ir ahí, porque ser diverso era la regla). Siempre iba y tiraba piedritas al agua, quizás deseando que, con esa piedra, se vaya toda la mierda que tenía adentro y que me rodeaba afuera. Sé muy bien que tenía -y aún tengo- muchas cosas para decir, muchas cosas para recriminar y muchas otras para pensar. Todos tuvieron la oportunidad del descargo, de la oreja amiga, de la palmada que alivia los hombros. Lástima que no son los míos.
Mi homosexualidad, en ese momento latente, salía de a poco, como el vapor de una Essen. Era esporádico, necesario y relajante. Pero también era cruel, salvaje y seco. Seco como ese clima que caracteriza a la Patagonia. Y como también caracteriza a esa etapa de mi vida que, con años encima, ya casi no recuerdo. Y no porque algo falle, sino porque algunos recuerdos duelen. Algunas miradas, algunos insultos de la primaria, algunos silencios... Preferí el camino fácil, el de olvidar, el de hacer como si nada hubiese pasado y empezar de cero. Estúpido que fui, para el cerebro no hay un botón de reset. Los recuerdos, las huellas, los miedos, los actos reflejos, el tartamudeo, la ansiedad, la depresión, las ganas de matarme, tantas cosas quedan y quedarán en el universo de la mente (por suerte nunca pasarán al acto porque soy más fuerte que todo eso, hubo un día que lo entendí...) por siempre. A los demás no les importa, a los demás no los lastimaron, o al menos no lo aparentan. A los demás no los llevaban al psicólogo por usar la ropa de mamá o robarle sus maquillajes, como si eso no fuera un simple juego de niños. Es que a los demás les basta con un soplido de viento para devastarse. A mí me derribó una tormenta y sigo de pie. Siempre llegaron brazos para los miedos y oídos para los problemas. Lástima que no son para los míos.
El viento me retrotrae a esa historia gris, a ese pasado que no vendrá y al cual no le abro la puerta. Esta historia de vientos y rías me hace pensar en mí, en ese pasado, en lo difícil que fue vivir, atravesar y romper. Me hace pensar en lo bueno que es verlo ya desde la lejana distancia, desde mi amada Buenos Aires, donde ya no existe ese fantasma perverso que sigue mi sombra, que me toca el hombro cuando camino por un pasillo oscuro o que susurra mi nombre antes de dormir.
No, ya no. Ya no más.
06 septiembre, 2015
Siria queda más lejos que la villa veinte
"La imagen del niño sirio ahogado que atormenta al mundo" se lee en todos los malditos diarios y todos lloran, gritan, putean y se lamentan por el hecho sucedido. Mi vieja me llama por teléfono diciéndome si vi las fotos, si puede ser que el mundo sea tan hijo de puta, que cuándo mierda va a parar la guerra. Todos se lamentan por el hecho sucedido, hasta yo, pensando mientras me termino el café que el mundo es demasiado hijo de puta, que estamos colmados de intereses creados y que los niños siempre pagan los platos rotos. Pero también pienso en que el mundo está colmado de hipocresía.
Hoy tengo veinticinco años y estoy a poco de recibirme de médico. Mi vida es lo bastante feliz como para estar con una sonrisa todos los días, no me quejo demasiado. No tengo la mejor casa ni el mejor auto, pero tengo gente que me quiere y me siento casi realizado profesionalmente aún desde antes de recibirme.
Pero todos tuvimos una infancia. Y la mía sí que dolió. Y aún me sigue doliendo. Mi mamá se llamaba Andrea y era mamá de cinco hijos varones. Vivíamos en una casilla en la Villa 20, esa que está pegada a Lugano, esa que todos temen "porque es complicada y está llena de negros".
Ese lugar está llena de amigos míos, de niños y niñas que laburaban de sol a sol encerrados en un sótano para tener lista antes de que llegue el jefe una remera que vos probablemente ahora o alguna vez tuviste en el pecho. Mi vieja nos trataba tan mal que a veces no dormíamos en mi casa para no verla. Tuve que aprender a los cuatro años a escaparme de la policía, de los narcos, de los gordos hijos de puta que eran pedófilos y de todo aquel que pudiese ponerme en peligro. No tuve tiempo de aprender a escribir y a ver los dibujitos porque, en ese lugar, había que sobrevivir. Había que laburar y sobrevivir. Recién cuando cumplí ocho logré salir de ese contexto tan horrible y empecé a vivir con mi tía, a quien hoy puedo llamar mamá y mi vida empezó a mejorar, muy de a poco, sin olvidarme de ese lugar.
Ese lugar está lleno de gente olvidada, escondida, tapada por la sociedad que llora por un niño de Siria.
Siria queda más lejos que la Villa 20 pero todos la sienten más cerca. Porque ahí no hay que esquivar la vista cuando un pibe que no come hace dos días te pide una moneda. Ahí nadie te molesta para limpiarte los vidrios ni para venderte un par de medias. Ahí todo es perfecto salvo por una guerra teñida de intereses que, por lástima, hace que todos, especialmente niños y niñas, paguen las consecuencias, tal y como las pagó el pequeño sirio.
Yo no salí en ningún diario, ni yo, ni mi amiga que, de grande, se hizo prostituta para comer, ni a mi otro amigo que se murió a los doce porque no lo dejaban ni comer ni mear para que termine de coser en un taller clandestino en Retiro, ni mi otra amiga que murió consumida por el paco porque la abusó un hijo de puta, ni mi vieja, ni la mina del almacén que se le murió su hijo porque lo mató la policía... solo vemos el niño sirio que se murió ahogado por la misma negligencia de los adultos.
Qué lástima que pidamos justicia por los de afuera cuando se nos están muriendo los de adentro. ¿Los sirios lloran al niño qom que se murió de tanto esperar un plato de comida? ¿Los europeos lloran y piden justicia por María Rosa Gomez, la nena tucumana de seis años que murió pesando nueve kilos? No. Nadie, ni los europeos, ni los propios argentinos, ni nadie ni siquiera los conocen.
El mundo está colmado de intereses creados pero también está colmado de hipocresía. Veamos cuánto dura el circo del niño sirio en los medios argentinos. Quizás hasta que un niño alemán o una niña húngara se mueran por alguna negligencia de turno.
Que los de acá, los negritos, sigan esperando.
Hoy tengo veinticinco años y estoy a poco de recibirme de médico. Mi vida es lo bastante feliz como para estar con una sonrisa todos los días, no me quejo demasiado. No tengo la mejor casa ni el mejor auto, pero tengo gente que me quiere y me siento casi realizado profesionalmente aún desde antes de recibirme.
Pero todos tuvimos una infancia. Y la mía sí que dolió. Y aún me sigue doliendo. Mi mamá se llamaba Andrea y era mamá de cinco hijos varones. Vivíamos en una casilla en la Villa 20, esa que está pegada a Lugano, esa que todos temen "porque es complicada y está llena de negros".
Ese lugar está llena de amigos míos, de niños y niñas que laburaban de sol a sol encerrados en un sótano para tener lista antes de que llegue el jefe una remera que vos probablemente ahora o alguna vez tuviste en el pecho. Mi vieja nos trataba tan mal que a veces no dormíamos en mi casa para no verla. Tuve que aprender a los cuatro años a escaparme de la policía, de los narcos, de los gordos hijos de puta que eran pedófilos y de todo aquel que pudiese ponerme en peligro. No tuve tiempo de aprender a escribir y a ver los dibujitos porque, en ese lugar, había que sobrevivir. Había que laburar y sobrevivir. Recién cuando cumplí ocho logré salir de ese contexto tan horrible y empecé a vivir con mi tía, a quien hoy puedo llamar mamá y mi vida empezó a mejorar, muy de a poco, sin olvidarme de ese lugar.
Ese lugar está lleno de gente olvidada, escondida, tapada por la sociedad que llora por un niño de Siria.
Siria queda más lejos que la Villa 20 pero todos la sienten más cerca. Porque ahí no hay que esquivar la vista cuando un pibe que no come hace dos días te pide una moneda. Ahí nadie te molesta para limpiarte los vidrios ni para venderte un par de medias. Ahí todo es perfecto salvo por una guerra teñida de intereses que, por lástima, hace que todos, especialmente niños y niñas, paguen las consecuencias, tal y como las pagó el pequeño sirio.
Yo no salí en ningún diario, ni yo, ni mi amiga que, de grande, se hizo prostituta para comer, ni a mi otro amigo que se murió a los doce porque no lo dejaban ni comer ni mear para que termine de coser en un taller clandestino en Retiro, ni mi otra amiga que murió consumida por el paco porque la abusó un hijo de puta, ni mi vieja, ni la mina del almacén que se le murió su hijo porque lo mató la policía... solo vemos el niño sirio que se murió ahogado por la misma negligencia de los adultos.
Qué lástima que pidamos justicia por los de afuera cuando se nos están muriendo los de adentro. ¿Los sirios lloran al niño qom que se murió de tanto esperar un plato de comida? ¿Los europeos lloran y piden justicia por María Rosa Gomez, la nena tucumana de seis años que murió pesando nueve kilos? No. Nadie, ni los europeos, ni los propios argentinos, ni nadie ni siquiera los conocen.
El mundo está colmado de intereses creados pero también está colmado de hipocresía. Veamos cuánto dura el circo del niño sirio en los medios argentinos. Quizás hasta que un niño alemán o una niña húngara se mueran por alguna negligencia de turno.
Que los de acá, los negritos, sigan esperando.
03 septiembre, 2015
Las puertas del cielo.
Del otro lado del espejo, en ese donde no estoy más, me encontré pero no me encontraron. Ya por suerte casi nadie lloraba, y a mí ya no me dolía la pérdida. Sentí el perfume de mi papá, el bizcochuelo de mamá, sentí otra vez las manos de quienes ya no están conmigo y encontré abrazos que la vida me robó hace tiempo. Encontré mi pasado perverso, mi parte escondida, mi basura bajo la alfombra y, desde este lado, ahora lo entiendo todo. Entendí que todo fue y es necesario, que nadie verdaderamente feliz no es un poco hija de puta y que todos tenemos secretos oscuros que nos llevamos a la tumba.
Del otro lado del espejo me encontré. No quise volver a donde estoy, quería quedarme un ratito más, pero tuve que hacerlo. Cada vez que me miro en el espejo, en ese otro lado donde ya no estoy, siento las ganas de volver a encontrarme, de volver a ver la sonrisa de quienes me quieren cuando llego, de decir cantando y bailando "aquí estoy y no me iré jamás"... pero para eso sé que falta, me contaron donde estoy ahora que no era el momento de ninguno, sólo de mí.
Abracé con mi calor y mi presencia toda mi casa, esa casa que me vio crecer y que me vio partir.
Dije en silencio: "Mamá y papá, los amo, no me extrañen porque no me fui. Los amo, esto es un hasta pronto" y me fui.
Volví a mi lado del espejo; toqué las puertas del cielo.
01 septiembre, 2015
22 agosto, 2015
18 agosto, 2015
23 julio, 2015
Bublé
"And I can't believe that I'm your man, and I get to kiss you baby just because I can.
You're every line.
You're every word.
...
And in this crazy life and through these crazy times, it's you, it's you... you make me sing.You're every line.
You're every word.
You're everything."
18 julio, 2015
Escondido en mí
Lo que me da más terror de las cosas que no te dije quizás es encontrar el momento
de decírtelas. Terror de que te asustes, que corras lejos como la liebre sabia que escucha al cazador, que te escapes y que no mires atrás. Que dejes de mirarme.
Por eso, sigo escondido. Escondido en mí, en mis miedos, en mis gritos y silencios. En mis juicios, prejuicios y mis orgullos. Me escondo por miedo a perder(te). Me escondo para que sigas mirándome y para que sigamos bailando este candombe juntos. Porque es nuestro.
Me da terror encontrar un momento para las cosas que no necesitan momentos. Por eso, seguirán allí, escondidas hasta que mires, las veas, las toques y las hagas tuyas.
Por eso, sigo escondido. Escondido en mí, en mis miedos, en mis gritos y silencios. En mis juicios, prejuicios y mis orgullos. Me escondo por miedo a perder(te). Me escondo para que sigas mirándome y para que sigamos bailando este candombe juntos. Porque es nuestro.
Me da terror encontrar un momento para las cosas que no necesitan momentos. Por eso, seguirán allí, escondidas hasta que mires, las veas, las toques y las hagas tuyas.
03 julio, 2015
sueños y despertares
...pero, amigo mío, hay una sola cosa que me ha quedado clara, y es que nadie ha muerto por soñar... pero sí por despertar... nadie ha muerto por soñar pero sí por despertar...
28 junio, 2015
finales
Tenía un final feliz escondido entre las sábanas, uno que habíamos construido juntos. Se me había perdido, junto con vos. Perdí, perdiste, perdimos, ya no tengo idea.
Abrí la puerta y el pucho ya estaba prendido. No sabía dónde carajo iba, pero me largué a caminar. La lluvia se hacía sentir mientras las gotas golpeaban mis hombros desnudos. Te sigo extrañando, me acuerdo que te encantaba mirar las gotas cayendo en los vidrios mientras se empañaba por el humo del café. Te sigo extrañando, y me di cuenta que amar duele más que el hambre. Amar duele cuando sentimos el final.
Porque si, también me di cuenta que los finales son así; sabés desde el principio que algún momento va a llegar, duelen, te desgarran y te sueltan. Somos un mar de finales inconclusos y finales por venir.
El pucho se gastó en mi mano y me quemé un dedo. Lo tiré y me puse a caminar.
La puta madre que duelen los finales.
21 junio, 2015
Clones (by jirafasdeplastilina)
Vi a mi clon subir al colectivo.
Era una vieja moribunda,
que lloraba mientras veía
los autos pasar.
Vi a mi copia en el mercado.
Era un nene triste,
un infante llorón
pidiendo caramelos.
Me crucé a alguien como yo en la vereda.
Tomado de la mano de su novia
me miró fijo al pasar,
abrió la boca de asombro.
Vi a un extraño en mi casa.
Me observa fijo,
constante,
cuando paso por el espejo.
03 mayo, 2015
historias abiertas
Corría 2005 cuando los ojos oscuros de Matías se posaron sobre los ojos miel de Carola. Eran compañeros de la facultad Derecho en Buenos Aires, él venía de la Patagonia y ella de Córdoba. Ambos, al irse de sus provincias, guardaron sueños, miedos y proyectos en sus valijas. Deseaban que el futuro estuviera pintado de colores, que sus vidas fueran casi como un cuento de hadas. Desearon tanto, pero sufrieron tantísimo...
Matías estaba enamorado de Carola. Pelo castaño, ojos miel, piel de porcelana, voz de ángel y alma de guerrera. Y ella también, inocente, deseaba a Matías. Y fue así, inocentemente, como empezaron a hablarse, a escribirse, a quererse y a soñar.
-Gordo, raya vertical era positivo?
Así empieza esta historia.
Carola estaba embarazada y, con la llegada de este bebé, llegaron también los proyectos. Vivir juntos, trabajar, ahorrar, elegir nombres, ropita, cochecito, madrina y padrino. Pero sobre todo un proyecto enorme: estar unidos para toda la vida.
Ya hacían diecinueve semanas que habían recibido la noticia y Carola tenía una panza incipiente. Ya había decidido que su bebé se llamaría Isidro (sentía en su alma que dentro de su ser se engendraba un varón) y sentía una emoción inexplicable cuando sentía las patadas y los movimientos. Todas las mañanas, Isidro se movía a las siete u ocho de la mañana y Carola le hablaba con dulzura mientras terminaba de cambiarse para ir a cursar.
-Hoy hace frío, mi amor, nos vamos a tapar mucho. Agarrate fuerte, mi cielo, agarrate fuerte.
Pero hubo una mañana que Isidro no se movió, una mañana que no existieron palabras dulces. Carola tenía dolores, se sentía débil y no quería salir de casa. Matías no entendía mucho pero estaba preocupado. Se convencía que Isidro estaba creciendo día a día y que no se movía por falta de espacio. Le habló a la panza y Carola no sintió respuesta.
-Lo siento mucho, mamá.
Isidro partió.
24 febrero, 2015
Guerra
A mi valiente hijo:
He vuelto a escribirte porque hace tanto que no lo hago... y hoy siento que debo hacerlo porque es una fecha especial, para vos y para mí. Estando tan lejos estas fechas duelen un poco más. En estos momentos la ausencia se hace presente y el miedo es protagónico. La incertidumbre es mi mejor amiga y el dolor mi compañero. No sabés cuánto te extraño, mi niño...
Hace unos días estaba haciendo la cola en el banco cuando oí a una mujer que le preguntaba a la cajera si su hijo ya había regresado. La mujer, entre lágrimas y distanciada del mundo por una ventanilla, decía que no, que todavía no tenía novedades y que igualmente no iba a bajar los brazos. Cuántos sentimientos encontrados tenía yo con esa cajera...
Siempre que camino por la calle, mientras veo los afiches, las vidrieras o las noticias que dibujan los diarios en el aire, siempre mintiendo y difamando, te imagino allá. Solo, sucio, enfermo, cansado... y a mí, siéndote sincera, el alma se me hace añicos. Qué ganas de que esta mierda termine lo antes posible, para que vuelvas y pueda correr hacia tus brazos cansados y abrazarte, cobijarte bajo mis grandes alas, darte tantos besos como quisiera y pedirte perdón por no cumplir la promesa de que siempre estaría contigo para salvarte de tus miedos. Pero, la puta madre, a veces la vida nos hace un doble juego, tan macabro, perverso y cruel. La vida hace malabares con nuestros sentimientos y nosotros no podemos hacer nada más que mirar.
No puedo escribir más porque mi corazón está a punto de estallar. Feliz cumpleaños, mi amor. Desde donde estés, volvé pronto, hijo, que necesito abrazarte una vez más. Espero que estés bien, al menos con fuerzas para seguir luchando... porque si algo te pasa, yo me voy con vos.
Te ama para siempre y con locura,
Mamá.-
19 febrero, 2015
partidas
Te conocí, te quise, te amé, te odié, te puteé, te cogí, te hice bien, te hice mal, te pensé, te extrañé, te transformé, me transformaste. Y allá vas, siendo ya tan sólo un extraño que se lleva todos mis secretos.
13 febrero, 2015
medicina
[...] y aún puedes ser lo que quieres ser, lo que dijiste que eras cuando te conocí... tienes un cálido corazón, tienes una mente hermosa pero se está desintegrando... [...]
03 febrero, 2015
Abuela.
(...) "Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo. O para recordar. Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren. La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca. Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable. Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan. Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre? Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno, siempre hay buena gente disponible." (...)
Se me caen unas cuantas lágrimas recordándote.
Leyendo cada palabra, te veía. Cuidando tus tomates, mirándome con esos ojos brillantes y tus manos escondidas en guantes llenos de tierra. Te veía y me veía a mí, siendo un enano rubio de anteojos redondos que amaba visitar a su abuela. Leía cada palabra y pensaba -y pienso- que me siento un afortunado por haberte conocido lo suficiente para saber que eras una abuela de ley, una luchadora, una mujer con defectos como todas, pero con muchísimas virtudes. Me acuerdo que me encantaba jugar con vos a la pelota, o a que me robabas los dedos de la mano. Amaba mirar tus manos, arrugadas y llenas de venas, y reírme porque eran distintas a las mías. Me acuerdo de escuchar tantas historias, de cómo ganabas en el chinchón de todas las formas posibles, a pesar de que el abuelo te complicara el juego a propósito, o historias de papá cuando era chico. Me acuerdo de tu comida, rica y abundante. Tu olor a abuela, ese aroma único que jamás pude encontrar en nadie más y que, te confieso, extraño tanto. Aunque me consuela saber que todavía sigo recordándolo, como también recuerdo tus rulos blancos, tus ojos marrones y brillantes y tus manos arrugadas y venosas, escondidas en unos guantes llenos de tierra. Lamentablemente también recuerdo verte en una cama, flaca y sin fuerza ni para la dentadura, sonriéndome sin saber que era la última vez que nos veríamos. Te amo y te voy a amar para toda la vida, abuelita de mi alma. Estás de viaje en un lugar mejor, pero sé que, algún día, ese viaje me toca a mí también y nos vamos a cruzar. Nos vamos a abrazar, y nadie nunca más nos va a separar.
Te amo, abuela. Y te extraño demasiado.
Se me caen unas cuantas lágrimas recordándote.
Leyendo cada palabra, te veía. Cuidando tus tomates, mirándome con esos ojos brillantes y tus manos escondidas en guantes llenos de tierra. Te veía y me veía a mí, siendo un enano rubio de anteojos redondos que amaba visitar a su abuela. Leía cada palabra y pensaba -y pienso- que me siento un afortunado por haberte conocido lo suficiente para saber que eras una abuela de ley, una luchadora, una mujer con defectos como todas, pero con muchísimas virtudes. Me acuerdo que me encantaba jugar con vos a la pelota, o a que me robabas los dedos de la mano. Amaba mirar tus manos, arrugadas y llenas de venas, y reírme porque eran distintas a las mías. Me acuerdo de escuchar tantas historias, de cómo ganabas en el chinchón de todas las formas posibles, a pesar de que el abuelo te complicara el juego a propósito, o historias de papá cuando era chico. Me acuerdo de tu comida, rica y abundante. Tu olor a abuela, ese aroma único que jamás pude encontrar en nadie más y que, te confieso, extraño tanto. Aunque me consuela saber que todavía sigo recordándolo, como también recuerdo tus rulos blancos, tus ojos marrones y brillantes y tus manos arrugadas y venosas, escondidas en unos guantes llenos de tierra. Lamentablemente también recuerdo verte en una cama, flaca y sin fuerza ni para la dentadura, sonriéndome sin saber que era la última vez que nos veríamos. Te amo y te voy a amar para toda la vida, abuelita de mi alma. Estás de viaje en un lugar mejor, pero sé que, algún día, ese viaje me toca a mí también y nos vamos a cruzar. Nos vamos a abrazar, y nadie nunca más nos va a separar.
Te amo, abuela. Y te extraño demasiado.
15 enero, 2015
El viento en mi ventana.
Parecía ayer cuando me despertaba con las caricias de Mamá sobre mi pelo rubio, diciéndome con su voz baja y dulce que el desayuno estaba listo. Me levantaba y en la tele sonaba de fondo algún programa de Disney. Desde la ventana de la cocina miraba el jardín, inmenso, y veía cómo el viento soplaba fuerte contra las hojas de los árboles y las ligustrinas. El viento nunca dejaba de saludarme en la ventana, yo sentía que ese ruido que producían las hojas eran un mensaje secreto para mí, un "hola, que tengas un buen día" en algún idioma de la Madre Tierra. Sabía que el viento era mi amigo, y que nunca se iría.
Iba al colegio y había días que la pasaba bien y otros que no tanto. Pero ni mamá ni nadie sabían de eso, es más, no lo supieron hasta muchos años después.
Recuerdo mi infancia cada vez que veo niños corriendo en la calle con sus pintorcitos del jardín, cada vez que una mamá le compra una golosina a su hijo en un kiosco, o cuando suena el viento contra mi ventana. Recuerdo y a veces siento en la piel cómo pasa volando el tiempo, a veces casi sin darnos cuenta de ello.
El tiempo pasa, y las cosas en mí fueron cambiando. Me mudé, crecí, me golpeé mucho, renací como un ave fenix. Esos viejos tiempos quedan siempre en mi memoria, guardados en un cajón que no abro casi nunca. Pero días como hoy, en días donde el viento viene a saludarme a mi ventana como en ese entonces, sí siento la necesidad de recordar.
De ver que ya caminé mucho si miro hacia atrás, y que el final del camino aún es imposible de verlo. Aunque los que saben dicen que nunca puede verse hasta que simplemente lo pisás. Ojalá falte mucho para eso.
Iba al colegio y había días que la pasaba bien y otros que no tanto. Pero ni mamá ni nadie sabían de eso, es más, no lo supieron hasta muchos años después.
Recuerdo mi infancia cada vez que veo niños corriendo en la calle con sus pintorcitos del jardín, cada vez que una mamá le compra una golosina a su hijo en un kiosco, o cuando suena el viento contra mi ventana. Recuerdo y a veces siento en la piel cómo pasa volando el tiempo, a veces casi sin darnos cuenta de ello.
El tiempo pasa, y las cosas en mí fueron cambiando. Me mudé, crecí, me golpeé mucho, renací como un ave fenix. Esos viejos tiempos quedan siempre en mi memoria, guardados en un cajón que no abro casi nunca. Pero días como hoy, en días donde el viento viene a saludarme a mi ventana como en ese entonces, sí siento la necesidad de recordar.
De ver que ya caminé mucho si miro hacia atrás, y que el final del camino aún es imposible de verlo. Aunque los que saben dicen que nunca puede verse hasta que simplemente lo pisás. Ojalá falte mucho para eso.
09 enero, 2015
Mis noches.
Cuando las luces de la ciudad se empiezan a apagar.
Cuando todos prenden sus veladores, rezan un padrenuestro y se van a dormir.
Cuando todo parece que se pausa hasta unas horas.
Ahí, justo ahí, es cuando empieza mi momento. La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Suelo comenzar con un café, bien cargado y con mucha azúcar.
Me prendo un pucho, quizás dos, quizás tres.
Escucho música francesa o pop basura o simplemente el ruido del silencio, ese ruido al cual la sociedad teme... el ruido de la calma, el ruido del no ruido.
Empiezo a jugar con mi cuerpo, a tocarme, a pensarte, a tocarte en mi mente. Dulce pecado.
Me pongo a pensar, a llorar, a recordar.
Miro el piso, el techo, la ventana, mi reflejo.
Me prendo otro pucho y abro un paquete de galletas.
La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Son ellas, mis noches, las que me mantienen vivo, aunque sea en un momento del día.
Son ellas, mis noches, las que me dejan respirar, las que no me piden nada, las que me abrazan, las que me envuelven, las que encienden como el fuego mi cuerpo.
Esas son mis noches, son mi refugio, mi compañía, mi juego.
Qué bueno que, después de un día, por más nublado o largo que haya sido, siempre la ciudad se empieza a apagar, la gente prende sus veladores, reza un padrenuestro, se va a dormir y todo parece que se pausa hasta unas horas. Todo se pausa para todos, menos para mí. Porque para mí el juego recién empieza.
Cuando todos prenden sus veladores, rezan un padrenuestro y se van a dormir.
Cuando todo parece que se pausa hasta unas horas.
Ahí, justo ahí, es cuando empieza mi momento. La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Suelo comenzar con un café, bien cargado y con mucha azúcar.
Me prendo un pucho, quizás dos, quizás tres.
Escucho música francesa o pop basura o simplemente el ruido del silencio, ese ruido al cual la sociedad teme... el ruido de la calma, el ruido del no ruido.
Empiezo a jugar con mi cuerpo, a tocarme, a pensarte, a tocarte en mi mente. Dulce pecado.
Me pongo a pensar, a llorar, a recordar.
Miro el piso, el techo, la ventana, mi reflejo.
Me prendo otro pucho y abro un paquete de galletas.
La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Son ellas, mis noches, las que me mantienen vivo, aunque sea en un momento del día.
Son ellas, mis noches, las que me dejan respirar, las que no me piden nada, las que me abrazan, las que me envuelven, las que encienden como el fuego mi cuerpo.
Esas son mis noches, son mi refugio, mi compañía, mi juego.
Qué bueno que, después de un día, por más nublado o largo que haya sido, siempre la ciudad se empieza a apagar, la gente prende sus veladores, reza un padrenuestro, se va a dormir y todo parece que se pausa hasta unas horas. Todo se pausa para todos, menos para mí. Porque para mí el juego recién empieza.
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