Cuando las luces de la ciudad se empiezan a apagar.
Cuando todos prenden sus veladores, rezan un padrenuestro y se van a dormir.
Cuando todo parece que se pausa hasta unas horas.
Ahí, justo ahí, es cuando empieza mi momento. La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Suelo comenzar con un café, bien cargado y con mucha azúcar.
Me prendo un pucho, quizás dos, quizás tres.
Escucho música francesa o pop basura o simplemente el ruido del silencio, ese ruido al cual la sociedad teme... el ruido de la calma, el ruido del no ruido.
Empiezo a jugar con mi cuerpo, a tocarme, a pensarte, a tocarte en mi mente. Dulce pecado.
Me pongo a pensar, a llorar, a recordar.
Miro el piso, el techo, la ventana, mi reflejo.
Me prendo otro pucho y abro un paquete de galletas.
La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Son ellas, mis noches, las que me mantienen vivo, aunque sea en un momento del día.
Son ellas, mis noches, las que me dejan respirar, las que no me piden nada, las que me abrazan, las que me envuelven, las que encienden como el fuego mi cuerpo.
Esas son mis noches, son mi refugio, mi compañía, mi juego.
Qué bueno que, después de un día, por más nublado o largo que haya sido, siempre la ciudad se empieza a apagar, la gente prende sus veladores, reza un padrenuestro, se va a dormir y todo parece que se pausa hasta unas horas. Todo se pausa para todos, menos para mí. Porque para mí el juego recién empieza.
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