Parecía ayer cuando me despertaba con las caricias de Mamá sobre mi pelo rubio, diciéndome con su voz baja y dulce que el desayuno estaba listo. Me levantaba y en la tele sonaba de fondo algún programa de Disney. Desde la ventana de la cocina miraba el jardín, inmenso, y veía cómo el viento soplaba fuerte contra las hojas de los árboles y las ligustrinas. El viento nunca dejaba de saludarme en la ventana, yo sentía que ese ruido que producían las hojas eran un mensaje secreto para mí, un "hola, que tengas un buen día" en algún idioma de la Madre Tierra. Sabía que el viento era mi amigo, y que nunca se iría.
Iba al colegio y había días que la pasaba bien y otros que no tanto. Pero ni mamá ni nadie sabían de eso, es más, no lo supieron hasta muchos años después.
Recuerdo mi infancia cada vez que veo niños corriendo en la calle con sus pintorcitos del jardín, cada vez que una mamá le compra una golosina a su hijo en un kiosco, o cuando suena el viento contra mi ventana. Recuerdo y a veces siento en la piel cómo pasa volando el tiempo, a veces casi sin darnos cuenta de ello.
El tiempo pasa, y las cosas en mí fueron cambiando. Me mudé, crecí, me golpeé mucho, renací como un ave fenix. Esos viejos tiempos quedan siempre en mi memoria, guardados en un cajón que no abro casi nunca. Pero días como hoy, en días donde el viento viene a saludarme a mi ventana como en ese entonces, sí siento la necesidad de recordar.
De ver que ya caminé mucho si miro hacia atrás, y que el final del camino aún es imposible de verlo. Aunque los que saben dicen que nunca puede verse hasta que simplemente lo pisás. Ojalá falte mucho para eso.
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