(...) "Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo. O para recordar. Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren. La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca. Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable. Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan. Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre? Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno, siempre hay buena gente disponible." (...)
Se me caen unas cuantas lágrimas recordándote.
Leyendo cada palabra, te veía. Cuidando tus tomates, mirándome con esos ojos brillantes y tus manos escondidas en guantes llenos de tierra. Te veía y me veía a mí, siendo un enano rubio de anteojos redondos que amaba visitar a su abuela. Leía cada palabra y pensaba -y pienso- que me siento un afortunado por haberte conocido lo suficiente para saber que eras una abuela de ley, una luchadora, una mujer con defectos como todas, pero con muchísimas virtudes. Me acuerdo que me encantaba jugar con vos a la pelota, o a que me robabas los dedos de la mano. Amaba mirar tus manos, arrugadas y llenas de venas, y reírme porque eran distintas a las mías. Me acuerdo de escuchar tantas historias, de cómo ganabas en el chinchón de todas las formas posibles, a pesar de que el abuelo te complicara el juego a propósito, o historias de papá cuando era chico. Me acuerdo de tu comida, rica y abundante. Tu olor a abuela, ese aroma único que jamás pude encontrar en nadie más y que, te confieso, extraño tanto. Aunque me consuela saber que todavía sigo recordándolo, como también recuerdo tus rulos blancos, tus ojos marrones y brillantes y tus manos arrugadas y venosas, escondidas en unos guantes llenos de tierra. Lamentablemente también recuerdo verte en una cama, flaca y sin fuerza ni para la dentadura, sonriéndome sin saber que era la última vez que nos veríamos. Te amo y te voy a amar para toda la vida, abuelita de mi alma. Estás de viaje en un lugar mejor, pero sé que, algún día, ese viaje me toca a mí también y nos vamos a cruzar. Nos vamos a abrazar, y nadie nunca más nos va a separar.
Te amo, abuela. Y te extraño demasiado.
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