Acá también estoy:

06 septiembre, 2015

Siria queda más lejos que la villa veinte

"La imagen del niño sirio ahogado que atormenta al mundo" se lee en todos los malditos diarios y todos lloran, gritan, putean y se lamentan por el hecho sucedido. Mi vieja me llama por teléfono diciéndome si vi las fotos, si puede ser que el mundo sea tan hijo de puta, que cuándo mierda va a parar la guerra. Todos se lamentan por el hecho sucedido, hasta yo, pensando mientras me termino el café que el mundo es demasiado hijo de puta, que estamos colmados de intereses creados y que los niños siempre pagan los platos rotos. Pero también pienso en que el mundo está colmado de hipocresía.

Hoy tengo veinticinco años y estoy a poco de recibirme de médico. Mi vida es lo bastante feliz como para estar con una sonrisa todos los días, no me quejo demasiado. No tengo la mejor casa ni el mejor auto, pero tengo gente que me quiere y me siento casi realizado profesionalmente aún desde antes de recibirme.

Pero todos tuvimos una infancia. Y la mía sí que dolió. Y aún me sigue doliendo. Mi mamá se llamaba Andrea y era mamá de cinco hijos varones. Vivíamos en una casilla en la Villa 20, esa que está pegada a Lugano, esa que todos temen "porque es complicada y está llena de negros".
Ese lugar está llena de amigos míos, de niños y niñas que laburaban de sol a sol encerrados en un sótano para tener lista antes de que llegue el jefe una remera que vos probablemente ahora o alguna vez tuviste en el pecho. Mi vieja nos trataba tan mal que a veces no dormíamos en mi casa para no verla. Tuve que aprender a los cuatro años a escaparme de la policía, de los narcos, de los gordos hijos de puta que eran pedófilos y de todo aquel que pudiese ponerme en peligro. No tuve tiempo de aprender a escribir y a ver los dibujitos porque, en ese lugar, había que sobrevivir. Había que laburar y sobrevivir. Recién cuando cumplí ocho logré salir de ese contexto tan horrible y empecé a vivir con mi tía, a quien hoy puedo llamar mamá y mi vida empezó a mejorar, muy de a poco, sin olvidarme de ese lugar.

Ese lugar está lleno de gente olvidada, escondida, tapada por la sociedad que llora por un niño de Siria.
Siria queda más lejos que la Villa 20 pero todos la sienten más cerca. Porque ahí no hay que esquivar la vista cuando un pibe que no come hace dos días te pide una moneda. Ahí nadie te molesta para limpiarte los vidrios ni para venderte un par de medias. Ahí todo es perfecto salvo por una guerra teñida de intereses que, por lástima, hace que todos, especialmente niños y niñas, paguen las consecuencias, tal y como las pagó el pequeño sirio.

Yo no salí en ningún diario, ni yo, ni mi amiga que, de grande, se hizo prostituta para comer, ni a mi otro amigo que se murió a los doce porque no lo dejaban ni comer ni mear para que termine de coser en un taller clandestino en Retiro, ni mi otra amiga que murió consumida por el paco porque la abusó un hijo de puta, ni mi vieja, ni la mina del almacén que se le murió su hijo porque lo mató la policía... solo vemos el niño sirio que se murió ahogado por la misma negligencia de los adultos.

Qué lástima que pidamos justicia por los de afuera cuando se nos están muriendo los de adentro. ¿Los sirios lloran al niño qom que se murió de tanto esperar un plato de comida? ¿Los europeos lloran y piden justicia por María Rosa Gomez, la nena tucumana de seis años que murió pesando nueve kilos? No. Nadie, ni los europeos, ni los propios argentinos, ni nadie ni siquiera los conocen.

El mundo está colmado de intereses creados pero también está colmado de hipocresía. Veamos cuánto dura el circo del niño sirio en los medios argentinos. Quizás hasta que un niño alemán o una niña húngara se mueran por alguna negligencia de turno.
Que los de acá, los negritos, sigan esperando.

2 comentarios:

  1. Protesta y conciencia. A veces, no van de la mano. En este caso sí.
    Maravilloso Iña.

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