Abrí la puerta y el pucho ya estaba prendido. No sabía dónde carajo iba, pero me largué a caminar. La lluvia se hacía sentir mientras las gotas golpeaban mis hombros desnudos. Te sigo extrañando, me acuerdo que te encantaba mirar las gotas cayendo en los vidrios mientras se empañaba por el humo del café. Te sigo extrañando, y me di cuenta que amar duele más que el hambre. Amar duele cuando sentimos el final.
Porque si, también me di cuenta que los finales son así; sabés desde el principio que algún momento va a llegar, duelen, te desgarran y te sueltan. Somos un mar de finales inconclusos y finales por venir.
El pucho se gastó en mi mano y me quemé un dedo. Lo tiré y me puse a caminar.
La puta madre que duelen los finales.
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