Terminó de trabajar. Cansado y con ganas de tomarse un buen café, Alexander llegó a su casa, solitaria y ordenada como su personalidad.
Cuando llegó, tomó su taza, su preferida, preparó un rico café cortado y se sentó en su sillón color verde inglés.
Mientras probaba los primeros sorbos, alguien tocó la puerta. Ya era algo tarde para recibir visitas, ya todos tendrían que estar cenando en familia o tal vez con algún amigo; pero como Alexander vivía solo, él mismo controlaba sus tiempos y decidió no cenar hoy, sino tomar un rico café.
Sonó el timbre, reiterativamente. Fue a atender y era quien no debía ser. No era un amigo, no era un familiar, no era una persona extraña; era la razón de sus sonrisas, de su buen humor, de su constante alegría al pensar en el tiempo libre; era quien lo hace feliz desde que sus corazones se cruzaron, desde que la mirada de uno se encontró con la mirada del otro. Era con quien él soñaba en todo momento.
Resultó ser Violette.
-¿Cómo sabías mi dirección?
-La tenía hace mucho, creo que me la diste una vez.
-Mhm... ¿Querés pasar?
Ambos sentían un miedo y una incertidumbre abismal. Ambos, cuando se miraban, veían todo ese amor que reprimían y que necesitaban sacar urgentemente. Pero nadie daba un paso atrás y confesaba la verdad. Ambos, como piedras, se mantenían en su postura.
Ya estaban adentro, y Alexander hizo otro café en su taza más nueva y preciada, y le hizo una chocolatada a Violette, ya que la vió temblar cuando entraron. Le puso mucho chocolate, un poco de azúcar, y el más grande amor que cualquier persona pudiera poner.
Ya más tranquilos, comenzaron a dispararse preguntas:
-¿Qué hizo que vengas a verme tan tarde?
-Yo sabía que trabajabas hasta tarde y no quise molestar, ya sabés como soy...
-Vos nunca me molestás, lo sabés.
Risas entre dientes, y unas ganas tremendas de besarse era lo que se transmitía en el aire en ese pequeño lugar.
Ya era tarde, y ninguno de los dos sabía manejar. Alexander no permitiría que Violette se vaya sola a su casa, a varias cuadras de donde estaba. Había una cama demás y por eso se decidió:
-Mirá, Vio, no quiero que lo tomes a mal.. Es muy tarde... ¿No querés....
-Ya sé, soy una molestia. Sabía que no debía quedarme. Perdon, es que...
-No! Quedate. Pero esperá... Es que qué?
-Nada, en serio, abrime por favor que no pasan más taxis sino.
-No, decime, por favor. Necesito saber.
-Es que no puedo, no me sale.
-Vio... Por favor.
-Bueno. Es que... vos me hacés feliz cada vez que te veo, hacés que mi estómago me maldiga por tantas mariposas que tengo dentro de él, hacés que no pueda dormir por las noches.. Sos la persona que más amé y que más amo hasta el día de hoy. Y no quiero alejarme de vos ni de tus brazos, nunca más. ¿Comprendés?
Ambos se miraron, durante instantes. Pero para ellos fue una eternidad. Se miraron sin ninguna privacidad, como ellos querían mirarse. Se miraron como los enamorados que eran.
-Te amo, Alexander, sos mi vida.
-Yo a vos, amor. Gracias por venir. Alegraste mi día... Y mi vida.
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