La vida es un camino. Un camino que comenzamos de pequeños, cuando venimos al mundo. Tomamos contacto con el piso, quien nos sostendrá hasta vernos morir. Experimentamos, sentimos, aprendemos a vivir en un nuevo mundo, lejano al confortable y amoroso espacio que Mamá nos dió.
Vamos creciendo y ese camino se debe empezar a caminar. Con pasos cortos, divertidos y llenos de pureza. Donde aprendemos las primeras cosas. Las primeras enseñanzas y los primeros errores. Una milésima de la vida.
A medida que vamos creciendo, el camino se va haciendo cada día más extenso y tiene más obstáculos. Se suman personas a nuestro camino. Caminamos juntos. Nos apoyamos unos con otros. No estamos solos. Se viven más experiencias, diferentes a las de cuando eramos chicos. Nuestros primeros grandes errores, quizás. O nuestros primeros pensamientos coherentes y creativos. Estamos transitando la adolescencia, la edad de la pequeña independencia, de la rebeldía, los grandes cambios. La época del cambio de envase; no somos más niños y tampoco adultos.
El camino está en la mitad. La adultez. La época de la independencia total. Ya somos una persona íntegra. Debemos caminar y empezar a hacernos la idea de dejar un camino solitario para emprender un camino común con otra persona, quien te acompañará hasta el final del camino. De sus caminos.
Encontrás a esa persona ideal. Y tu camino se junta con el de esa persona y juntos, con cariño, transitan con pasos enamorados el nuevo futuro.
Se siguen sumando personas a nuestro camino. Los hijos. Pequeños seres que nos recuerdan a cuando recién tocábamos nosotros el piso por primera vez. Ese momento donde todo era incierto. Pero ahora sos vos quien ayuda a ese pequeño ser a transitar su camino. Y de a poco arman su propio camino, dejándote solo para terminar tu trayecto.
Hay gente que sigue en nuestro camino y gente que ya se fue, pero nosotros seguimos concentrados en caminar y nunca parar. Porque ese es el objetivo de la vida: avanzar. A pesar de la caída y a pesar de las pérdidas.
El final del camino se ve, a lo lejos. Llegamos a la vejez. El momento donde podés mirar hacia atrás y recordar todos aquellos pasos que diste en esa calle. Con obstáculos, desvíos, pozos, montañas. Pero por fin llegaste al final. Y recordás con nostalgia y emoción lo que viviste, deseando con toda el alma que, quien recién comienza, transite un viaje pleno y lleno de satisfacción.
Llegaste al final. Cansado y lleno de experiencias, cerrás tu proceso para dejarle el lugar a otro.
Todos transitamos nuestro camino, como podemos y al ritmo que podemos. Pero nunca te permitas cortarlo. Da cada paso con firmeza y seguridad. Podemos tener errores, pero de eso se trata vivir. De aprender a base de lo que está mal. De corregir. Viví tu camino. O quizás algún día, 'nuestro'.
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