Acá también estoy:

26 diciembre, 2013

Princesas.

Esmeralda se subió al escenario y se puso a cantar una melodía preciosa. Sus ojos brillaban y su voz transmitía una calma y una pasión indescriptibles con palabras. En el escenario era feliz, cuando sus labios se encontraban cara a cara con el micrófono su alma bailaba al compás de su música.
Cuando la canción terminó, todos la felicitaron. No hubo persona que no quisiera saludarla y felicitarla por su brillante trabajo. Ella dio las gracias, a uno por uno. Se quedó tomando unos tragos y volvió para su casa.
Llegó, cerró la puerta con llave y se sacó los tacos. Medía 1.71, era rubia, tenía el pelo ondulado y muy seco. Tenía pecas en la cara, uñas largas y cuidadas, lunares en las manos... y cortes en sus muñecas. Sufría. Se veía gorda. Muy gorda. Y no llegaba a pesar cincuenta kilos.
Se sentó en la mesa, aún con los platos del mediodía sin lavar y el cenicero lleno de colillas, y se puso a llorar. No tenía una razón exacta. Quizás porque sintió que hoy cantó mal. Quizás porque extraña a su mamá. Quizás porque hoy no estaba de buen humor. Quizás porque no se quería...
Fue a su dormitorio y abrazó a su peluche preferido, ese que ella miraba a los ojos pidiendo auxilio cada vez que su padre llegaba de trabajar enojado y le pegaba con el cinturón en su habitación hasta dejarla casi sin fuerzas para moverse. Abrazó a ese peluche, como lo hace cada vez que está mal, y sacó su cuaderno blanco de abajo de la cama. Se desvistió, solamente tenía puesta una bombacha, y releyó todo su cuaderno una y otra vez. "61, GORDA", "60, ASQUEROSA", "57, ALCANZANDO MI OBJETIVO", "58, ME ODIO", "54, PRINCESA", "52, CASI LO LOGRO" "50, DULCE DOLOR DE ESTÓMAGO" y así seguía. La lista era inmensa y estaba llena de dibujos, de manchas de sangre, de caras tristes. Era su secreto, su mayor secreto.
"No pararé hasta los 40 kilos, ahí seré la princesa que Papi deseó, la princesa que todos quieren que sea."

Fue a la balanza, pero antes se miró al espejo. Con el delineador corrido y la base agrietada, se miró las pecas, las uñas, los cortes y por primera vez se gustó. No se vio fea (sí gorda), empezó a verse con más detalle y hasta descubrió cosas que nunca había visto, como que tenía unas clavículas preciosas, que su pelo estaba mucho más largo de lo que creía, que sus manchas de nacimiento en los pies habían desaparecido... y por primera vez, se quiso.
Y se subió a la balanza. "45, UN POQUITO MÁS FELIZ" anotó en su libreta un rato después.

Desde ese día, empezó a mirarse en el espejo más seguido. Empezó a notar más detalles de su cuerpo. Empezó a conocerse más y a olvidarse de lo que no le gustaba. Pero no dejaba de verse gorda, seguía haciendo dietas estrictas y escribiendo canciones sobre lo mucho que deseaba sentirse una princesa.

"Una de esas princesas que tienen su vida resuelta, una vida planeada, una vida sencilla. Una de esas princesas que sólo deben preocuparse por cómo tienen el cabello, si su príncipe las miran y notan que tienen algo distinto en su pelo... una de esas princesas que veo desde que era una niña y mi padre me golpeaba y con las que tanto sueño desde entonces..."

Los días pasaron y el número de la balanza seguía bajando. Pero cada vez se veía un poco mejor. Sus últimas hojas de cuaderno decían "45, UN POQUITO MÁS FELIZ", "44, YA CASI", "42, PAPI, PERDÓN", "40, LO LOGRÉ."

Ese día se vio al espejo y se vio linda, flaca, despreocupada, esbelta... se vio como una princesa. Como la princesa que ella siempre quiso ser. 

Pero las cosas no duran para siempre.


Esmeralda Casares, de 20 años, fue encontrada muerta en su departamento en Belgrano. Se encontraba en su baño, desnuda, con un peso muy por debajo del adecuado y con un pastillero vacío y una nota al lado que decía, textualmente "Logré ser una princesa. Puedo morir en paz".

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