-Qué bellas son las estrellas, no, abuela? -le dijo Angus en su última noche antes de partir a Polonia.
-Sí, cariño, son hermosas. Las miraré cada noche para recordarte. Te voy a extrañar.
-Yo también, abuela. Yo también.
El tren partió a las seis y allí estaba la abuela, vestida de blanco, sencilla, despidiendo a Angus hasta quién sabe cuándo. La vida en Polonia es dura, más si te envían como teniente.
Angus extrañaba a la familia, extrañaba su vida, extrañaba las estrellas vistas desde su jardín.
Angus era infeliz allí.
Después de padecer, de extrañar, de no aguantar, Angus una noche particular miró las estrellas y, para adentro, dijo:
-Qué bellas son las estrellas, no, abuela?
Cerró los ojos y se transformó en una de las tantas estrellas en el cielo, esas que la abuela miraba cada noche, sin saber que, algún día, alguien la miraría a ella desde allí.
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