Otro día de colegio. ¿O por qué no llamarlo cárcel? Si así me siento yo cuando entro a ese lugar. Es grande, frío, apagado, temeroso… como una cárcel.
Otro día en el que voy a estar con la misma gente, en el mismo lugar, sintiéndome igual: sola. Tan sola que hasta a mí me incomoda. ¿Por qué tengo que ir? Me siento horrible. Me siento sola, desentendida, diferente. Y eso me duele. Pero hay cosas que uno en la vida no puede elegir; venir a esta cárcel es una de ellas.
Pensándolo bien, no estoy tan sola como creo. Tengo a Esperanza, mi mejor amiga. Me entiende, me acepta, es mi sol entre tantas noches eternas. Y con ella quería hablar hoy. Como todos los días, porque simplemente es así; nadie me escucha y me soporta tanto como ella. Sus palabras, tan tranquilizadoras, son como un abrazo al alma. Un abrazo eterno del cual nunca me quiero despegar.
En un recreo me senté con ella:
-Me siento sola, Espe. No quiero estar más así.
-No tenés por qué sentirte así, Luz. No estás sola, me tenés a mí, tenés a tu familia, tenés gente que te quiere.
-Si fuera así, yo no estaría como estoy. Solo te tengo a vos, vos sos mi salvavidas, por eso te hablo. Hay veces que me pregunto qué tuve que pagar para tener que vivir esta tortura. No sé qué hice mal, qué no hice, qué hice diferente a lo esperado, para que la vida me pegue de esta manera. No lo aguanto más. Necesito tu ayuda.
-¿Me dejás darte un consejo? Creo que tendrías que recurrir a un profesional. Y no me refiero al psiquiatra; ese tipo no te ayuda, sólo te receta pastillas para calmarte. No le veo mucho sentido. Creo que es mejor que empieces una terapia psicológica urgente con un buen profesional. Te vas a sentir más escuchada, más acompañada, y vas a poder buscar otras formas de sentirte mejor con vos misma. Yo te ayudo a buscar uno que te haga sentir cómoda, qué decís Luchi?
“Creo que es mejor que empieces una terapia psicológica urgente con un buen profesional.” Mi mejor amiga me acaba de tratar de loca. Hasta ella. Me levanté con los ojos rojos de tanto llorar y ojerosos por no haber dormido nada y, enojada no sé con qué, si con ella, conmigo misma, con el destino o con todo junto, me fui a lavar la cara.
En el otro recreo, el psicopedagogo me tocó el hombro mientras leía un libro. Le lancé una mirada fría, distante y amenazante y él, con un tono agradable, me invitó a su consultorio. ¿Qué quiere este entrometido? No quiero ni su ayuda ni la de nadie que me pueda juzgar.
Su consultorio es pequeño y me hacía sentir incómoda. Me senté con él y muy de a poco, me empezó a preguntar cómo estaba, cómo me iba en el colegio, qué hago los fines de semana, con quién vivo y demás boludeces que no quería contestar y que hacía por obligación, como todo en mi vida. Aunque, muy de a poco, me inspiraba confianza. Sus ojos mostraban tristeza, pero a su vez una fortaleza increíble. Alguien con ojos tristes puede reconocer a otro de su especie; frente a mis ojos, encontré a alguien como yo. Y por eso, inesperadamente hasta para mí, suspiré y empecé a contarle quién era Rolando, mi psiquiatra, por qué iba, cómo me sentía conmigo misma, la soledad que siento cada vez que piso el colegio.
Cuando por fin terminé de contarle todo, sentí que me saqué una enorme mochila que me molestaba. Pero instantáneamente, los ojos del psicopedagogo cambiaron radicalmente y no me transmitían la misma confianza. Luz, fallaste de nuevo.
-Luz, todo lo que me contás es muy fuerte y creo que esto no puede quedar entre nosotros. Estás pasando por una situación muy difícil, esto tienen que saberlo los rectores para que se lo puedan comunicar a tu familia y así puedan hacer algo al respecto. Me asusta que no puedas llegar a tener un límite y que esta soledad te lleve a una luz oscura de la cual no puedas volver.
¿Qué dijo? ¿A los rectores? ¿A mi familia? No, no puede ser. Confié en él y me decepcionó, como todos lo hacen. Pero esta vez fue la última; y no sólo de él, sino de todos.
Clonazepam. Pastillitas mágicas para aliviar el dolor. El dolor que me desgarra poco a poco y cada día más. Las llevé al colegio, como todos los días, y hoy me iban a ayudar.
Chau. A todos, al dolor, a los que me entienden, a los que no, a los que me quieren, a los que me odian, a los que me traicionaron y a todo aquel que logró que hoy quiera morir.
Tragué las pastillas y me decidí a seguir la luz; esa luz oscura que me nombró el psicopedagogo. Esa tan temida y odiada por todos, y tan esperada y querida por mí.
Cerré los ojos y me desmayé en el piso.
Allá voy. Quizás allí me acepten como soy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario