Acá también estoy:

16 marzo, 2016

De viajes y lunas llenas

Hace frío y estoy lejos de casa. Tengo bolsos en las manos, mochila en la espalda y dolor en el corazón. Me tuve que escapar, tuve que correr, aunque no me dieran más las piernas tuve que correr al compás del viento. Me tuve que escapar, tuve que salir de mi casa y no voy a volver nunca más.

En el camino encontré placer en las pequeñas cosas; una brisa que me acaricia la cara, una piedra pateada en el camino, un pasto verde claro que combina perfecto con un cielo azul, un pedacito de mar, de agua sucia, al costado del camino. Pero no tenía tiempo de observar, no tenía tiempo de disfrutar. Nunca tuve tiempo de disfrutar, ni ahora ni nunca. Por eso elegí escaparme, correr, no volver.

Hace frío y estoy lejos de casa. Tengo miedo. Me duele la espalda. Quiero llorar pero se me corre el maquillaje y no quiero parecer una cualquiera. Tengo que seguir corriendo, alejarme de todos, no regresar a la boca del lobo. Un lobo feroz, hambriento, destructivo, tóxico.

Caminé tanto que se hizo de noche. Veía la luna llena que me gustaba tanto y pensaba en todo lo que había pasado, en qué sentí cuando abrí mi primer bolso, qué sentí después de correr la primera cuadra, después de girar en la esquina y seguir corriendo. Observaba a la luna llena que seguía mis pasos, quizás ella también se está escapando y nosotros no la dejamos.

Hace mucho más frío y no tengo nada con lo que abrigarme. Me debo aferrar a mi valentía, a mi coraje, a mi fortaleza. Debo fingir que tiemblo por frío y no por miedo. Tengo que seguir corriendo, seguir escapando. No volver.

Emprendí este viaje con un solo objetivo: escapar. Escapar como la luna llena de cada mes, escapar como arena entre los dedos, como una lágrima al escuchar una buena canción o al leer un poema.

Pero hoy no podrá ser. Hoy no podré escaparme.

Mamá me llama a cenar.

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