Me rasguño las venas
(las de la muñeca
porque quién sabe por qué
están a mano) con tanto odio y me miro al espejo. Me pregunto
por qué
si dios tanto nos ama,
si dios tanto nos cuida,
no me dejó matarme el día que me morí por primera vez.
Si sabía
que era pronta la revancha,
que era menester
el debate
que era preciso
volver a intentarlo.
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