El despertador se moría de risa del pobre chico que se despertaba media hora antes. Y no fue así porque tuvo ganas, sino porque los oyó otra vez. Otra madrugada más donde se repetía la misma historia: gritos, golpe seco, silencio, llanto, griterío. Y era imposible volver a dormirse. Todas las mañanas igual, cuándo terminaría este calvario.
Se lavaba los dientes y las lagañas caían solas, junto con las lágrimas. También caían sus sueños, pero de eso no se daba cuenta. Ni el pobre chico ni nadie, porque lo único que importaba era callarse y tragar los enojos.
Salía para ir al colegio, ya vestido, impoluto. Su madre le sonreía con los ojos hinchados y él se hacía el desentendido. Era la única forma de que él no llorara, porque lo único que importaba era callarse y tragar las tristezas.
El pobre chico iba caminando al colegio para que el viento matutino le pegase en la cara y así no se notaba tanto el sueño y tampoco las ganas de llorar. Llegaba y se sentaba atrás. Todos en secreto decían que era un pobre chico, un ermitaño, un chico solitario rodeado de corazas irrompibles. Lo único irrompible en él era su corazón, que por tantos golpes se hizo de hierro. Pero a él nadie lo entendía. Nadie lo quería entender, porque es más fácil dejarlo de lado que preguntarle qué le pasa.
La mañana pasaba y el pobre chico vivía disperso. Pensaba en qué pasaría si por un día no se despertara gracias a un grito de su madre, si por un día no tendría que escuchar Pink Floyd con el volumen máximo para tapar los gritos de su padre. Pensaba en cómo sería, al menos por un día, una vida normal. Una vida sana. El pobre chico pensaba eso y quería llorar. Qué lejos estaba de eso.
Llegaba a casa y no había nadie. Ni siquiera una estela lo esperaba. Ni la comida hecha, ni un cómo estás. Sólo lo esperaban su cama, sus discos viejos, sus pastillas y su tristeza. Su resignación. El pobre chico sufría mucho, sufría de verdad. Pero a nadie le importaba, porque lo único que importaba era callarse y tragar la angustia.
Caía la noche y el pobre chico se sentaba a escribir en su escritorio viejo. Un foco casi quemado lo alumbraba apenas. Escribía tonteras, frases sueltas, posibles canciones. Mientras escribía, las lágrimas caían otra vez por sus pómulos y las manos y las piernas le temblaban. Le temblaban tanto como el corazón. Abría la cama y se acostaba. El pobre chico mordía la almohada y gritaba. Lloraba desconsoladamente. Se lamentaba. Sufría. Pero a nadie le importaba, porque lo único que importaba era callarse y tragar las tristezas.
Lloraba hasta que, por arte de magia, se dormía. Se dormía y soñaba con ese mundo de maravillas que lo mantenía tan disperso durante el día. Aprovechaba cada segundo porque sabía que esos sueños eran efímeros. Tan efímeros que tan solo un grito, luego un golpe seco, luego silencio, luego llanto y por fín un griterío, como cada mañana, los hacía, simplemente, recuerdos.
epojé. suspensión, parentetización de las doxas y de la realidad misma. ¡eureka! bienvenidx a mi mundo. ojalá no te pierdas tanto como yo.
26 mayo, 2014
09 mayo, 2014
Separación.
-No te soporto más, Alejandra. ¿Qué nos pasó este último tiempo? Vivimos discutiendo porque vivís irritada, no sos la mujer que conocí hace 5 años. Estás histérica, vueltera, sos insoportable.
-¿Ahora yo soy la insoportable? ¿Y vos? Todo el tiempo llegando de trabajar enojado, a los gritos, revoleando las cosas porque sí, puteando hasta al taxista que te trajo a casa, y todo el día tratando mal a la única que te banca, la única que te quiere aunque tengas los dientes amarillos de tanto fumar. Yo te quiero, pero vos estás cambiando. ¿Qué nos pasó? ¿Qué nos pasó, Esteban?
-Creo que lo mejor va a ser que nos separemos. No podemos seguir así, Alejandra. No podemos. Necesitamos un tiempo. No podemos seguir así... no, no podemos.
-Me parece que lo mejor será que nos separemos, sí. Es una buena idea. Lo nuestro no será estable por mucho más. No nos merecemos más. No somos los de antes. Nuestra llama se apagó, la magia se extinguió. Mejor será que nos separemos, sí, va a ser lo mejor.
-Esperá que me llaman al teléfono.
Mientras tanto, ella cocinaba algo rico para los dos.
-Esta noche no me voy a poder quedar, Alejandra, era ella otra vez. No me creyó lo del trabajo.
-Que sea la última vez. La próxima voy a tu casa y le cuento todo.
-Te prometo que es la última. Te prometo que me voy a separar. Te lo prometo. Te amo.
Se dieron un beso fugaz y él se fue, corriendo.
-¿Ahora yo soy la insoportable? ¿Y vos? Todo el tiempo llegando de trabajar enojado, a los gritos, revoleando las cosas porque sí, puteando hasta al taxista que te trajo a casa, y todo el día tratando mal a la única que te banca, la única que te quiere aunque tengas los dientes amarillos de tanto fumar. Yo te quiero, pero vos estás cambiando. ¿Qué nos pasó? ¿Qué nos pasó, Esteban?
-Creo que lo mejor va a ser que nos separemos. No podemos seguir así, Alejandra. No podemos. Necesitamos un tiempo. No podemos seguir así... no, no podemos.
-Me parece que lo mejor será que nos separemos, sí. Es una buena idea. Lo nuestro no será estable por mucho más. No nos merecemos más. No somos los de antes. Nuestra llama se apagó, la magia se extinguió. Mejor será que nos separemos, sí, va a ser lo mejor.
-Esperá que me llaman al teléfono.
Mientras tanto, ella cocinaba algo rico para los dos.
-Esta noche no me voy a poder quedar, Alejandra, era ella otra vez. No me creyó lo del trabajo.
-Que sea la última vez. La próxima voy a tu casa y le cuento todo.
-Te prometo que es la última. Te prometo que me voy a separar. Te lo prometo. Te amo.
Se dieron un beso fugaz y él se fue, corriendo.
"perdón y gracias"
El espejo tenía manchas pequeñas si lo mirabas con atención. No estaba completamente limpio, pero aún así podías verte a través de él. Se veía mi cabello alborotado, mis ojos ojerosos, mi nariz repingada, mi boca seca. Se veía perfectamente mi cuello pálido, mis clavículas pronunciadas. Mi panza apenas se lucía y mis piernas eran finas, peludas y temblorosas.
Me vestí. Lento, sintiendo la tela de la remera primero y la del pantalón después. Sentía como la suavidad del algodón bailaba sobre mis poros. Sentía como el pantalón caía lento, imparable, interminable sobre mis piernas delgadas. Me puse los zapatos de cuero, esos que se usaban sólo para las fiestas y no podían tocar el barro. Siempre me gustó cómo me quedaban.
El espejo tenía manchas pequeñas si lo mirabas con atención. Pero eso ya no importaba, ya era hora de salir. Ya se hacía tarde. Me tendría que haber vestido más rápido, o quizás haberme despertado antes, o no haber dormido. Me senté en el piso mirándome al espejo. Lucía mis manos venosas y pequeñas a contraluz, jugaba a dejar entrar a la luz por los espacios entre mis dedos y luego no dejaba que pasara. De repente me acosté en el piso y sentí la textura de la alfombra. A veces tan suave y a veces tan áspera. Tan impredecible. Me hacía acordar a alguien.
Era hora de salir afuera. No podía esperar más. Ya era la hora. Había que ir afuera.
Tomé un papel, escribí "perdón y gracias" y lo dejé caer en la alfombra.
Me vi al espejo por última vez. Ya no me preocuparían las manchas pequeñas del espejo ni cómo me apretaban los zapatos. Ya era la hora de salir afuera.
Abrí la puerta y grité. Grité muy fuerte, grité de emoción, de rabia, de alegría, de miedo. Grité.
Caminé al borde de la cornisa, esa cornisa donde de niño jugaba a que era doctor, donde lloré por mi primer amor, donde festejaba mis cumpleaños y siempre me sentaba a sacarme fotos con la torta de vainilla. Y ahora era muy tarde, esa cornisa sería testigo del final.
Perdón, y gracias.
Cerré los ojos.
Me vestí. Lento, sintiendo la tela de la remera primero y la del pantalón después. Sentía como la suavidad del algodón bailaba sobre mis poros. Sentía como el pantalón caía lento, imparable, interminable sobre mis piernas delgadas. Me puse los zapatos de cuero, esos que se usaban sólo para las fiestas y no podían tocar el barro. Siempre me gustó cómo me quedaban.
El espejo tenía manchas pequeñas si lo mirabas con atención. Pero eso ya no importaba, ya era hora de salir. Ya se hacía tarde. Me tendría que haber vestido más rápido, o quizás haberme despertado antes, o no haber dormido. Me senté en el piso mirándome al espejo. Lucía mis manos venosas y pequeñas a contraluz, jugaba a dejar entrar a la luz por los espacios entre mis dedos y luego no dejaba que pasara. De repente me acosté en el piso y sentí la textura de la alfombra. A veces tan suave y a veces tan áspera. Tan impredecible. Me hacía acordar a alguien.
Era hora de salir afuera. No podía esperar más. Ya era la hora. Había que ir afuera.
Tomé un papel, escribí "perdón y gracias" y lo dejé caer en la alfombra.
Me vi al espejo por última vez. Ya no me preocuparían las manchas pequeñas del espejo ni cómo me apretaban los zapatos. Ya era la hora de salir afuera.
Abrí la puerta y grité. Grité muy fuerte, grité de emoción, de rabia, de alegría, de miedo. Grité.
Caminé al borde de la cornisa, esa cornisa donde de niño jugaba a que era doctor, donde lloré por mi primer amor, donde festejaba mis cumpleaños y siempre me sentaba a sacarme fotos con la torta de vainilla. Y ahora era muy tarde, esa cornisa sería testigo del final.
Perdón, y gracias.
Cerré los ojos.
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