Acá también estoy:

25 abril, 2014

En vos.

Entrás en mí como la luz del sol entra cada mañana por mi ventana; de a poco, lleno de calor, lleno de luz. Tenés el poder en cada sonrisa, en cada respuesta creativa, en cada reacción.

¿Y sabés qué? Me dan ganas de muchas cosas. Me dan ganas de enredarte en mis palabras, en mi confusión, en mi locura. Me dan ganas de ingresarte a mi mundo tendiéndote la mano, dejándote caer conmigo hacia ningún lugar. O quizás cayendo hacia un lugar desconocido. Me dan ganas de sentir la suavidad de tu pelo entre los espacios de mis dedos, sentir tus labios jugar con los míos, sentir las curvas de tu espalda. Me dan ganas de que tus ojos se conecten con los míos. Me dan ganas de ser yo, en vos.

Soy como un cristal a punto de caer.
Soy un cristal cayendo.
Soy el cristal roto.

Soy como un cristal a punto de caer en tus brazos.
Soy un cristal cayendo en vos.
Soy el cristal roto. Roto por vos, en vos.

16 abril, 2014

"Welkom, Boy".

El viaje había sido la experiencia más grande de mi vida. Había logrado alejarme, por fin, de mis monstruos. De esos que se escondían abajo de mi cama y abajo de mi piel.

Los tulipanes, los molinos, los zuecos... las calles, los bares, los hombres, las mujeres, los niños, los ancianos, los ricos, los pobres. Todo me despejaba, todo me atraía, todo debía ser un recuerdo, y eso significaba que mi vieja Cannon no paraba de trabajar.

Contraté un tour por Holanda; éramos un grupo de 12 personas, la mayoría sola o en pareja, y nos unía algo: a todos nos encantaba este país.

Los días pasaron y yo tuve que volverme.

Vaarwel, mooie Holland!
(Adiós, bella Holanda!)



El viaje de vuelta fue triste. Nostálgico. Veía los tulipanes cada vez más y más y más pequeños y mi corazón se quedaba con ellos. No quería volverme, Holanda era mi lugar en el mundo.
Llegamos a Ezeiza, y nuestra puerta estaba llena de gente con carteles que decían "¡Bienvenidos!", "Al fin volviste", "Te extrañamos!"... todos naranjas, con tulipanes, hasta gente con zuecos. Y por un momento, creí que alguien tenía un mísero cartel o un mísero globito anaranjado esperando mi llegada. Pero... no. Todos saltaban de alegría, lloraban, se abrazaban, se acariciaban, se contaban anécdotas, y yo ahí, esperando que llegara un taxi. Solitario, con la compañía de mi valija y mi vieja Cannon. Me hacía mal ver eso. Me hacía mal no tener a nadie y que, encima, todos me muestren que era el pobre idiota sin nadie en el aeropuerto. Nadie me esperó y nadie me espera. Y tampoco nadie me esperará algún día; ni en un aeropuerto, ni en un partido, ni en un concierto, ni en mi propia casa. En ningún lugar.


Volviendo en taxi a casa, las lágrimas me caían por las mejillas, tímidas pero cargadas de odio y de una inconmensurable tristeza. Era consciente que estaba solo. Nadie se había acordado de mí. Nunca. Y eso dolía.
-Qué te pasa, pibe? -me dijo el taxista.
-Volví de un viaje a Holanda y en el aeropuerto fui el único que no tuvo a nadie que le de un abrazo. Y siempre es así y estoy cansado.
-A mí me pasó algo parecido, sabías, pibe? El día que me egresé del secundario, no fueron ni mis viejos ni mis hermanos. Todos subían al escenario con sus familias... -decía, con los ojos vidriosos y la voz algo tomada-... y yo subí solo. Casi nadie me aplaudió. Al principio los mandé a la puta madre, viste?, pero después aprendí a perdonarlos y a entender que estaban ocupados y que igual me quieren. Tenés que hacer eso, pibe; no te preocupes, mientras vos te quieras todo va a estar bien. A este mundo venimos solos y nos vamos solos, la gente es puro adorno.

Y, terminando esas palabras, el taxi llegó a mi casa. Le agradecí mucho su charla y le pagué el doble de lo que salía el viaje. Sonrió como pocos y me deseó buena suerte.
Bajé, llegué a la puerta y busqué las llaves. Abrí la puerta, prendí las luces y encontré a mi familia, a mis amigos y a amigos de mis amigos con globos naranjas y dibujos de tulipanes y coronas de la Reina Máxima. Automáticamente lloré desconsoladamente, no sé si por alegría, por sorpresa, por angustia o por todo junto y mi madre, quien había organizado todo ya que le había dado mis llaves para que cuide mis plantas, al ver eso me acariciaba el pelo y me decía:
-Muchacho, querido mío, por fin llegaste... te extrañé tanto... nunca más te vayas tanto tiempo, a menos que sea conmigo en la valija o en el asiento de acompañante.
Reí junto a ella y la abracé como nunca había abrazado a alguien en mi vida.

Fue una tarde maravillosa. Cuando todos se fueron, guardé todos los carteles.
Y el cartel más grande, todavía hoy colgado en la pared de mi living, decía:

"Welkom, Boy! Uw vrienden en familie hou heel veel van."
(Bienvenido, muchacho. Tus amigos y familia te queremos mucho).

12 abril, 2014

Miradas.

Mientras ella se probaba camisas nuevas y un par de calzas, yo, tranquila, fumaba sobre el sillón. Miraba sus hombros rectos, perfectos... su cuello, lleno de cadenas doradas que caían perfectamente sobre él... su espalda, pequeña y con la columna sobresaliente... miraba sus piernas, finas como escarbadientes, libres, danzantes, únicas. Miraba su pelo rubio caer por sus hombros, por sus tetas, hasta su ombligo. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.

Miraba cómo se ataba los cordones de los borcegos, cómo se acomodaba las pulseras, cómo se acomodaba la camisa y el corpiño para simular que tenía más tetas (y más redondas)... miraba cómo se peinaba y bailaba al ritmo de Elvis en el baño, creyendo que yo no la veía, sin nada de vergüenza, sin reprimirse, sin esconderse. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.

Comimos un poco de pollo que había quedado en el fondo de la heladera con pocas ganas. Salimos a caminar y ella bailaba cuando caminaba. Se daba vuelta, me veía a mí, caminando sola y con pasos cortos, riéndome con ella de sus pasos bailarines, y me sonreía de forma genuina, real, increíble. Y, por un segundo, me sentí eterna simplemente mirándola.

-Apurate que llegamos tarde.
-Seguí caminando, que vamos a llegar tarde si parás de caminar.

Se rió y siguió caminando, o casi volando. Le agarré la mano y le dije:

-Rubia, me hacés sentir eterna.

Porque sí, me hacía sentir eterna simplemente mirándola.
Me dio un beso y seguimos caminando.

06 abril, 2014

Mi hermano con autismo.

Tener un hermano con autismo no es una tarea fácil. Ver llorar a tu mamá cada noche, buscando con ojeras inocultables sobre su enfermedad, cómo tratarla, qué es mejor y qué peor... verla llorar en los brazos de tu papá, buscando una palabra de quien ya sabe un poco más, buscando un consuelo, un simple "todo irá bien"...
El autismo para un hermano también duele. Duele cuando estás una hora tratando de descifrar qué le pasa y te das cuenta que solo tenía un poco de sed. Duele cuando tiene fiebre o dolor en alguna parte que no sabe decirte dónde es. Duele cuando no entiende que no podés jugar porque estás estudiando o estás con tus amigos y se enoja porque cree que no le importás. Duele cuando viene Papá Noel y los Reyes y me veo a mí jugando con mis juguetes nuevos y a él con las cajas. Duele cuando está triste y no hay manera que sepas por qué y que, queriendo descubrirlo, recibas gritos, golpes y rabietas. Duele cuando llega furioso de la escuela, quizás porque alguien lo lastimó o nadie lo entendió, y no puede explicártelo y te genera una sensación de ir y querer matar a cualquiera que lo haya tocado. Duele cuando juegan juntos en la plaza y ves que los papás de otros nenes alejan a sus niños de él. Duele cuando vas al súper y le agarra una rabieta y todos lo miran como si fuera un monstruo. ¡¿QUÉ MIRÁS, IMBÉCIL?!, suena en la mente. Duelen las miradas perdidas, las veces que le hablás y no responde porque está en su mundo, quizás más entendido que en el mío. Duele el rechazo de tus amigos o de otros familiares que no logran entender que tiene autismo y que es por eso que quizás a veces reacciona mal. Duele que en sus cumpleaños los únicos invitados son sus primos y nosotros, sus hermanos. Duele en el alma no saber si él sabe que lo amás infinitamente. Duele escuchar a otros hermanos hablar de los progresos del suyo, mientras que el tuyo está luchando para poder hablar o dejar de hacerse pis y caca encima. Duele saber que quizás nunca le salga de su boca un "Hermano, te amo".

Que nadie venga a decirme que, porque sea hermano, no entiendo nada sobre el autismo o que es una discapacidad que no duele, porque sí, duele, y mucho más de lo que piensan. Ese maldito dolor... Hay días que es muy muy muy fuerte, tanto que a veces sentimos que nos sobrepasa y queremos tirar todo al fondo del mar, intentando olvidar todo y pidiéndole a Dios o a quien sea un respiro, un poco de normalidad... y hay otros días que quizás duele menos y son más tranquilos; pero siempre duele. Y, hasta hoy, no existe una receta para olvidarte de ese dolor. Con este dolor caminamos todos los días, con este dolor sonreímos, con este dolor seguimos nuestro camino, de la mano de nuestros hermanos, y nunca paramos, porque detenernos significa que mi hermano empeore y eso, ufffff... eso sí que duele.