Acá también estoy:

23 febrero, 2014

Eternos.

El tren de repente se puso en marcha y allí estaba él, despidiéndose nostálgico con un portafolio en la mano y un sobre en la otra. Tenía ese sombrero que le gustaba tanto y esos guantes color nude que le había tejido su madre en las épocas duras. Y allí iba ella, con su falda de lanilla y su saco verde inglés, deseando que no tuviesen que despedirse sino que pudiesen viajar juntos. Él se quedó parado en la estación hasta que sólo quedó la sombra de ese ferrocarril viejo. Se quedó parado, suspirando, extrañando. Ya la empezaba a extrañar.

Ella no creía en los fantasmas, ni en la magia, ni en el amor. Sólo se limitaba a cumplir obligaciones y obedecer órdenes. Él creía en los milagros, en las causalidades y, por supuesto, en el amor. Y de eso estaba seguro desde que la conoció a ella.

No eran dos personas de revista; no tenían cuerpos esbeltos, no tenían ojos deslumbrantes, no tenían peinados de peluquería ni ropa cara. Pero se querían, y eso sí valía. Se querían mucho y nunca se lo dijeron. Sólo lo sospechaban, jugaban a decírselo entre suspiros, miradas y abrazos. Pero él prometió decírselo cuando sus pies tocaran nuevamente la estación de tren. Lo que no sabía él era que ella planeaba lo mismo...

...Mientras el tren llegaba a la estación (y él la esperaba allí parado, con el mismo sombrero, los mismos guantes y un bello ramo de flores en vez de cartas y portafolios), éste perdió los frenos y los vagones se juntaron. El aire se llenó de polvo, el ruido del choque fue ensordecedor. Todos corrían hacia afuera de la estación, pero él corrió hacia el tren, tirando las flores con desesperación.

-¡Emilia! ¡Emilia! Por favor, que esté bien. ¡Emilia! ¿Dónde estás?

La gente salía de los vagones, llena de sangre, con dolores en todo el cuerpo... algunos no salían... y ver que había gente que salía del tren le dio una pequeña esperanza a Francisco. Sentía que Emilia podría ser una de esas personas.

-¡Emilia! ¿Estás acá? ¡Emilia!

Hasta que entró a un vagón y allí estaba, con un vestido rosa y una carta en su mano izquierda. Su cabeza había perdido demasiada sangre y no había forma de reanimarla.

-Emilia, mi amor. Por favor, no. Un último respiro, por favor. Emilia, no te vayas. Emilia, te amo.
Y sólo pudo abrazar a ese cuerpo frágil, impactado por el choque. Con lágrimas en los ojos, agarró el sobre, lo abrió y leyó:

"No creo en la magia ni en los fantasmas. Y tampoco creía en el amor... hasta que te miré a los ojos por primera vez. Te quiero, Francisco. Te quiero y siempre te querré".

Y, sin dejar de abrazarla, le susurró en el oído:
-Yo también Emilia, yo también.

21 febrero, 2014

Cincuenta.

Él era un muchacho nacido en 1936. Alto, robusto y sensible. Era parte de la marina, desde que era un niño, igual que su padre y su abuelo. Él quería ser músico, pero en esos tiempos no había tiempo para esas cosas. No había tiempo para cumplir deseos.
Ella era una damisela que también había nacido en el '36, flacucha y con rizos rubios, que caían como bailarinas del Colón por sus hombros desnudos. Amante de las flores y del olor a cera Suiza. Ayudaba a su madre en su florería y a su abuela, que era costurera.

Se conocieron por casualidad una mañana calurosa de Febrero de 1954. Ella estaba arreglando flores en un hermoso jarrón de porcelana y, por la puerta, pasó él. Se miraron por dos segundos pero nunca más lograron olvidar lo que sintieron. Fue un flechazo. Los cachetes de ella se pusieron levemente colorados. Las piernas de él se entorpecían con cada paso. Sólo atinaron a sonreírse y nada más. Pero ambos sabían que habían encontrado a alguien especial. Pero, en esos tiempos, no había tiempo para esas cosas. Enamorarse era sólo para los cuentos de hadas. Y ellos, a escondidas y en secreto, se desafiaron a escribirlo.
Él prometió a sí mismo volver a la florería a buscarla. Y ella se prometió a sí misma ponerse linda cada tarde desde entonces, con el profundo secreto de encontrarlo otra vez. 
Pasaron varios días y ninguno supo nada del otro. Pero hubo un día en el que él volvió. Se sentó frente a la florería, junto a un árbol de raíces sólidas, casi tan sólidas como sus ganas de volverla a ver. Se estaba decepcionando porque no lograba verla hasta que, por fin, la vio salir. Llevaba el pelo suelto, un vestido blanco y unos zapatos de charol. Él se levantó y, con sigilo, se dirigió hasta la florería.

-Hola. -pudo soltarle, con la lengua trabada y el corazón latiendo despacio.
-Hola. -sus ojos brillaron. Su sonrisa la delató. 
Perdiste, muchacha. Perdiste.

Así empezó una historia, las páginas en blanco ya tenían algo de color. 
Primero se sentaban a hablar en la puerta de la florería, luego empezaron a pasear de esquina a esquina... hasta que, una tarde, él la llevó al puerto a mostrarle cómo era la vida para alguien de la marina. Le mostró el río, los barcos, el viento. Ese viento libre que pegaba en la cara de ambos y que tanto los hacía reir. Y, como el viento, ella se empezó a sentir libre en sus brazos. Se sentía feliz. Sabía que se estaba transformando. Y no solo que le gustaba, sino que sentía que era lo correcto, a pesar de que todos dijeran que enamorarse era un cuento de hadas falso y que no había tiempo para esas cosas. 

Los años pasaron, exactamente diez. En esos diez años pasaron cosas maravillosas: ambos crecieron, juntos. Se dieron su primer beso, su primer caricia. Su primer te quiero sincero. Sus familias conocieron al nuevo integrante y, en ese tiempo, lograron aceptarse.
Los años pasaron, exactamente diez. Y él se acojonó y, entre caricias en el zaguán, le soltó un:
-¿Querés casarte conmigo?




Hoy cumplieron cincuenta veranos juntos. Cincuenta te quieros, cincuenta te extraños, cincuenta no me olvides, cincuenta logros, cincuenta caídas. 
Cumplieron cincuenta años de casados, pero todavía se ríen y sienten ese flechazo que sintieron esa vez que se conocieron, cada vez que sus ojos se cruzan.

Eso, esa magia indescriptible que une a dos personas y no las deja ir jamás, es lo que yo llamo amor.

18 febrero, 2014

La piba.

La piba estaba ahí, tirada en la cama, semidesnuda y enredada en el acolchado, fumando cigarrillos mal encendidos. Lloraba pero nadie la veía. Sólo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo. Vino un tipo, después otro, y otro. Hacían lo suyo y se iban. Nunca más aparecían. Ella cumplía con el pacto y, entre el espeso humo, escondía sus pesares en lágrimas. Lágrimas pesadas de dolor, de angustia, de bronca. "¿Cuánto falta?" suspiraba entre dientes.

La piba era rubia, alta, con piernas interminables y una cola impresionante. Tenía un tatuaje en la espalda y muchos anillos en los dedos. Tenía una nariz recta, puntiaguda, envidiable. Tenía maquillaje barato en la cara; generalmente el rimmel y el delineador, negros como la noche, estaban corridos por cómo lloraba, y el labial rojo estaba gastado, casi olvidado. Tenía cortes en sus muñecas y algunos en sus piernas, ya cicatrizados. "Recuerdos de mi infancia" suele decir cuando alguien los encuentra. Pocas veces recordaba que los tenía. Cuando los veía, lloraba, pero nadie la veía. Sólo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo.

La piba era buena para bailar y para fingir estar enamorada. Lograba enredarte con sus cabellos con tan solo un par de miradas. Daba besos fugaces y se escapaba de ella. Le daba miedo ser ella. Deseaba estar inconsciente cada vez que debía mirarse al espejo. Odiaba su vida. La piba se odiaba. Odiaba que la toquen más de lo debido, odiaba que un viejo morboso se le acercara pero tener que satisfacerlo por unos míseros pesos, odiaba no tener su familia, su casa, su auto, su título. Ser como algunas de sus amigas. La piba recordaba eso y lloraba, pero nadie la veía. Solo ella sabía que sufría. En su vida estaba prohibido hacerlo.

Cada mañana, leía su cuaderno. Tenía frases sueltas, pedazos de canciones, fotos, recuerdos tontos... y cada día le agregaba algo nuevo. Cada mañana, después de tomar sus pastillas y una taza de café, escribía, dibujaba o pegaba algo en su viejo cuaderno. Lo guardaba en un cajón lleno de polvo, se vestía y salía a caminar. Se sentaba en un banco de plaza lejano y escondido y se ponía a mirar cómo la vida pasaba, cómo los demás cumplían metas y ella seguía acorralada en su callejón sin salida. Nunca supo que sólo bastaba con darse vuelta y ver que la salida estaba del lado equivocado. Que regalar su cuerpo (y a veces su amor) a hombres desconocidos en busca de una aventura no iba a hacerla feliz nunca. Por eso, ese día las cosas fueron distintas.

Volvió a su departamento, se puso su mejor vestido, se maquilló, se peinó, se perfumó y salió en busca de un trabajo. Comentándole su necesidad de trabajo a una señora vieja, doña María, mientras le compraba unos cigarrillos, ella le dijo que necesitaba ayuda para atender su kiosco y que sería un buen trabajo para ella. La piba aceptó y empezó a trabajar al día siguiente. Siempre soñó con ser DJ y nunca pudo cumplirlo; siempre lo dejó para último momento porque primero estaba el trabajo. El infierno. Pero ese día, al caer la tarde, se anotó para hacer un curso de DJ. A la noche, volvió al infierno. Inventó que se iba a vivir al sur y todos dijeron que la extrañarían. Sonrió y se fue. Sabía que mañana alguien ocuparía su lugar.

Y un día, la piba se despertó con un propósito, con ganas de vivir, con ganas de más. Se despertó con ganas de ir al kiosco de Doña María, ir al curso de DJ, vestirse con ropa nueva, tener perfumes nuevos, conocer gente que la quiera y que no la use.

Se despertó con ganas de ser feliz. Y, un día, por fin, lo logró. Y lo logró para siempre.

14 febrero, 2014

El mundo de la escritura.

Los dedos caen encima de las letras del teclado como las gotas caen y golpean contra mi ventana. Con la misma fuerza, la misma intensidad, el mismo sentimiento. Las gotas caen, se golpean pero aún así siguen cayendo y transmitiendo cosas cuando uno las miran. No se resisten al golpe, a la caída, a la indiferencia. Y así es como a veces actúa la escritura; transmite cosas cuando uno se introduce en su mundo.
El mundo de la escritura. Un mundo diverso, profundo, luminoso, oscuro, aterrador, salvador... tantas calificaciones distintas y hasta contraproducentes que concuerdan y concluyen en lo mismo: placer. Placer por escribir una buena historia, un buen trabajo, un consejo, una respuesta a preguntas que se creían inconclusas, a preguntas que nunca te habías hecho... eso pasa porque el mundo de la escritura es inmenso, desconocido, excitante y revelador. Hace que te descubras, que encuentres tu propio yo, que entiendas cosas hasta el momento inexplicables, incluso para uno mismo. Escribir ayuda a encontrar. Escribir a alguien. Porque es así, todo escribimos a alguien. A alguien que es, a alguien que no es, a alguien que será, que jamás será, que ha sido o que nunca lo fue, pero a alguien en fin. Escribir te despierta del sueño eterno, de ese que nadie desea despertar. Escribir te salva. Aunque también trae misterio. ¿Qué esconden esas palabras, aparentemente inocentes? ¿Cuáles son las ideas que estas palabras quieren transmitir? ¿Son transparentes y puras, como las gotas que caen en las ventanas? ¿Acaso tienen algo escondido? O no tan escondido. Algo que desea ser encontrado desde hace tiempo. Cosas escondidas, no asumidas, no aceptadas. Cosas que uno no logra superar y las vuelca en el mundo de la escritura. Porque todos hacemos eso; escribiendo dejamos nuestras almas a la luz. Se ven íntegras. No podemos mentir cuando escribimos con el corazón. Ni podemos mentirnos a nosotros mismos escribiéndonos. Escribir te saca las caretas. Te deja desnudo frente a la vida y frente a tu propia persona. Mucha gente encuentra viejos escritos y se alegra, llora, se preocupa, añora, desea, anhela, aterriza, vuela, comprende, entiende, analiza... un escrito viejo, escondido en un lugar recóndito e impenetrable del mundo de la escritura, logra reiniciarte. Como una computadora que, cargada de obligaciones, no quiere responder. Los seres humanos somos como computadoras: Podemos hacer cosas, hasta hacerlas a la vez, hasta un límite. Si ese límite se sobrepasase, debemos reiniciarnos. ¿Cómo? Escribiendo. Y no sólo se escribe con palabras volcadas en una hoja en blanco. Uno logra escribir con miradas, con silencios, con actitudes, con ignorancia, con altivez, con abrazos, con besos, con el corazón, con las manos, con la mente. Escribir es universal, hay mil formas de hacerlo. Encontrá la tuya.

El mundo de la escritura es diverso, profundo, luminoso, oscuro, aterrador, salvador...
Yo me metí.
Y hoy... no puedo (ni quiero) salir.

12 febrero, 2014

Mientras tanto.

Las nubes pasan, el sol se esconde. Los hielos se derriten, la piel se va arrugando. La vida pasa. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto vivimos en la vorágine, confundiendo el ocio con lo equivocado, confundiendo el descanso con la inacción. Mientras tanto, nos enfermamos, nos degradamos, no vivimos. Aunque a veces sí, a veces nos detenemos en los detalles. En mirarnos al espejo, comprarnos ese accesorio que combina con tus ojos, ponerte tu remera favorita aunque no salgas a ningún lado. Vivimos el mientras tanto. Porque de eso se trata la vida; no tanto de cumplir objetivos, no tanto de cumplir con listas ni con desafíos o metas finales, sino vivir el paso a paso, sentir cada momento, cada lugar, cada aroma, cada pensamiento. Vivir el mientras tanto como si fuera nuestro objetivo.

Mientras tanto, vivimos.

02 febrero, 2014

Quiero ser:

Quiero ser quien te acaricie la espalda cuando alguna vez llores con angustia.
Quiero ser el primero a quien llames cuando necesites que alguien te escuche.
Quiero ser el último a quien decidieras lastimar.
Quiero ser quien vos soñás que soy.
Quiero ser lo que merecés.
Quiero ser más de lo que quisiera.
Quiero ser quien te cocine cuando tengas hambre.
Quiero ser quien salga a comprar ropa de tu mano.
Quiero ser el "qué buen chico" de tu familia.
Quiero ser tu compañero.
Quiero ser yo mismo estando con vos.
Quiero ser lo que más desees.
Quiero ser tuyo.
Quiero ser feliz. Con vos al lado.

Quiero todo eso, porque lo que más quiero en realidad es a vos. Quiero ser feliz con vos al lado. Sí, quiero.