Infinito es el dolor. Queremos taparlo, disimularlo, esconderlo, cambiarle el nombre. Pero el dolor es el dolor y nunca se va.
Infinita es la angustia. Esa que sentimos que nos desgarra el cuerpo desde adentro. Esa que con un simple rasguño nos hace caer al vacío de nuestro propio ser para nunca más poder dejar de caer. O quizás sí, caer hasta el final del pozo pero jamás volver a salir. Porque, seamos sinceros, no todos tocan fondo para volver a subir.
Infinitos son los recuerdos. Los momentos vividos, las experiencias, las anécdotas, los temores, los sueños, los logros.
¿Realmente somos seres infinitos?
Sí. Somos infinitos. Porque, a pesar de que la vida nos golpee y nuestra alma esté llena de dolor y angustia, también están presentes los recuerdos, los momentos, las experiencias, las anécdotas, los temores, los sueños y los logros. Los buenos y los malos. Pero allí están todos, para hacernos ver quiénes somos y por qué llegamos a esto.
Somos lo que somos gracias a nuestro pasado. Aunque también podemos ser lo que querramos ser sólo si nos lo proponemos. Nuestra oportunidad de ser quien queremos ser la tenemos frente a nuestros ojos. Pasa lentamente, como los minutos fríos de los momentos tristes, esperando a que la agarremos y la usemos. No la dejes ir, sé quien querés ser y no pierdas más tiempo llorando o buscando excusas de lo que no sos para empezar a ser quien sí deseás ser.
Somos seres infinitos. Infinitos como el dolor, la angustia, los recuerdos y como nuestra felicidad. Porque ella también es infinita si nos lo proponemos.
¿Qué hiciste hoy para estar un poquito más cerca de tu felicidad? Dale, salí, sonreí y planteate la propuesta de encontrar algo que te robe la sonrisa de golpe. Convertí tu felicidad en el infinito.
Infinitos. Así somos y así seremos hasta que nosotros decidamos dejar de serlo.
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