Parecía ayer cuando me despertaba con las caricias de Mamá sobre mi pelo rubio, diciéndome con su voz baja y dulce que el desayuno estaba listo. Me levantaba y en la tele sonaba de fondo algún programa de Disney. Desde la ventana de la cocina miraba el jardín, inmenso, y veía cómo el viento soplaba fuerte contra las hojas de los árboles y las ligustrinas. El viento nunca dejaba de saludarme en la ventana, yo sentía que ese ruido que producían las hojas eran un mensaje secreto para mí, un "hola, que tengas un buen día" en algún idioma de la Madre Tierra. Sabía que el viento era mi amigo, y que nunca se iría.
Iba al colegio y había días que la pasaba bien y otros que no tanto. Pero ni mamá ni nadie sabían de eso, es más, no lo supieron hasta muchos años después.
Recuerdo mi infancia cada vez que veo niños corriendo en la calle con sus pintorcitos del jardín, cada vez que una mamá le compra una golosina a su hijo en un kiosco, o cuando suena el viento contra mi ventana. Recuerdo y a veces siento en la piel cómo pasa volando el tiempo, a veces casi sin darnos cuenta de ello.
El tiempo pasa, y las cosas en mí fueron cambiando. Me mudé, crecí, me golpeé mucho, renací como un ave fenix. Esos viejos tiempos quedan siempre en mi memoria, guardados en un cajón que no abro casi nunca. Pero días como hoy, en días donde el viento viene a saludarme a mi ventana como en ese entonces, sí siento la necesidad de recordar.
De ver que ya caminé mucho si miro hacia atrás, y que el final del camino aún es imposible de verlo. Aunque los que saben dicen que nunca puede verse hasta que simplemente lo pisás. Ojalá falte mucho para eso.
epojé. suspensión, parentetización de las doxas y de la realidad misma. ¡eureka! bienvenidx a mi mundo. ojalá no te pierdas tanto como yo.
15 enero, 2015
09 enero, 2015
Mis noches.
Cuando las luces de la ciudad se empiezan a apagar.
Cuando todos prenden sus veladores, rezan un padrenuestro y se van a dormir.
Cuando todo parece que se pausa hasta unas horas.
Ahí, justo ahí, es cuando empieza mi momento. La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Suelo comenzar con un café, bien cargado y con mucha azúcar.
Me prendo un pucho, quizás dos, quizás tres.
Escucho música francesa o pop basura o simplemente el ruido del silencio, ese ruido al cual la sociedad teme... el ruido de la calma, el ruido del no ruido.
Empiezo a jugar con mi cuerpo, a tocarme, a pensarte, a tocarte en mi mente. Dulce pecado.
Me pongo a pensar, a llorar, a recordar.
Miro el piso, el techo, la ventana, mi reflejo.
Me prendo otro pucho y abro un paquete de galletas.
La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Son ellas, mis noches, las que me mantienen vivo, aunque sea en un momento del día.
Son ellas, mis noches, las que me dejan respirar, las que no me piden nada, las que me abrazan, las que me envuelven, las que encienden como el fuego mi cuerpo.
Esas son mis noches, son mi refugio, mi compañía, mi juego.
Qué bueno que, después de un día, por más nublado o largo que haya sido, siempre la ciudad se empieza a apagar, la gente prende sus veladores, reza un padrenuestro, se va a dormir y todo parece que se pausa hasta unas horas. Todo se pausa para todos, menos para mí. Porque para mí el juego recién empieza.
Cuando todos prenden sus veladores, rezan un padrenuestro y se van a dormir.
Cuando todo parece que se pausa hasta unas horas.
Ahí, justo ahí, es cuando empieza mi momento. La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Suelo comenzar con un café, bien cargado y con mucha azúcar.
Me prendo un pucho, quizás dos, quizás tres.
Escucho música francesa o pop basura o simplemente el ruido del silencio, ese ruido al cual la sociedad teme... el ruido de la calma, el ruido del no ruido.
Empiezo a jugar con mi cuerpo, a tocarme, a pensarte, a tocarte en mi mente. Dulce pecado.
Me pongo a pensar, a llorar, a recordar.
Miro el piso, el techo, la ventana, mi reflejo.
Me prendo otro pucho y abro un paquete de galletas.
La noche es mi refugio, mi compañía, mi juego.
Son ellas, mis noches, las que me mantienen vivo, aunque sea en un momento del día.
Son ellas, mis noches, las que me dejan respirar, las que no me piden nada, las que me abrazan, las que me envuelven, las que encienden como el fuego mi cuerpo.
Esas son mis noches, son mi refugio, mi compañía, mi juego.
Qué bueno que, después de un día, por más nublado o largo que haya sido, siempre la ciudad se empieza a apagar, la gente prende sus veladores, reza un padrenuestro, se va a dormir y todo parece que se pausa hasta unas horas. Todo se pausa para todos, menos para mí. Porque para mí el juego recién empieza.
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