Acá también estoy:

21 noviembre, 2013

Supernova.

El celular le sonó más tarde y por ende se levantó con poco tiempo para todo. Eso la pone de malhumor. Se calzó los jeans, se puso su mejor camisa y unos tacones y salió rumbo a la calle desconocida. Y de pronto, cuando paró en un café a desayunar, vio una pareja feliz. Y se dió cuenta en ese instante de lo sola que estaba. Eso la pone de malhumor. Estaba sola por elección propia. Ella era una bella mujer, tenía un caminar con un compás envidiable. Pero estaba sola. No tenía a nadie a quien abrazar por las mañanas, a quien hacerle un café, a quien cuidar cuando esté enfermo. Estaba sola, y eso la pone de malhumor. Terminó de desayunar y siguió caminando. Paró en una plaza a prenderse un pucho y vio una madre. Con dos hijos pequeños. La luz de sus ojos. Y se dio cuenta que estaba más sola todavía. Que sus amigas tenían sus hijos, las luces de sus ojos, y ella seguía sola, vagando por las calles buscando quién sabe qué cosa. Estaba sola, y eso la pone de malhumor. Las lágrimas caían por sus mejillas y se le corría el maquillaje. Y eso la pone de malhumor. Se secó rápido las lágrimas pero el dolor tardó en irse. Una niña se acercó y le regaló una flor. Eso le alegró, pero luego la madre la llamó y se fue. Y volvió a sentirse sola como siempre. Siguió caminando, cada vez más lento, más pausado, más triste. Paró en la vidriera de un negocio. Vio a un grupo de amigas comprando ropa. Se preguntó dónde estaban sus amigas. Si la querían. Las llamó por el celular y ninguna contestó. Todas estaban con sus novios, abrazándolos como cada mañana, haciéndoles un café o cebándoles unos mates, cuidándolos si alguno estuviera enfermo o jugando con sus hijos. No le contestaron porque ellas eran felices y ella no. Y sentirse tan sola siempre la pone de malhumor. Y así estuvo todo el día, pagando cuentas, caminando, siendo infeliz, sintiéndose sola. Se vió en un espejo. Se veía tan vieja, tan triste, tan malhumorada. Se pintó un poco los ojos e intentó esconder con maquillaje lo que realmente esconde en el corazón. Siguió caminando. Volvió a ver una pareja, pero esta vez él le estaba gritando a ella. Ella lloraba y le pedía perdón. Él se fue enojado y la muchacha estaba desolada. Tan malhumorada pero a la vez tan entendida, ella se sentó en el borde de la calle, junto a la sufrida. Le convidó un pucho y en dos minutos le contó su historia. Se pasaron los teléfonos y quedaron en ir a tomar unas birras por ahí. La muchacha se fue y ella caminó lentamente a su casa.
Llegó la tarde. Ningún mensaje en la contestadora. Ningún mensaje de sus amigas en el celular. Estaba sola otra vez. Hasta llegó a pensar que la muchacha de los puchos en la calle se iba a olvidar de ella, como todos lo hacen, y eso la puso de malhumor, porque sentirse, estar, y pensarse sola la pone de malhumor. Hasta que de repente le llegó un mensaje. "Gracias por lo de hoy, me hiciste sentir acompañada. ¿Estás libre el sábado?". Por primera vez, había hecho sentir bien a alguien, que encima no conocía. Después de comer, lavó los platos, miró televisión y se fue a acostar. Apagó el celular. Y, antes de dormirse, en vez de llorar como hacía cada noche, sonrió. Que la quieran la pone de buen humor.

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