Siempre creí que escribir es como la vida misma. Creo que es por eso que nunca logro escribir textos largos... porque la vida es corta, es simple, es directa. Y creo que también es por eso que la gente vive acelerada. Quieren aprovechar el tiempo que creen perdido, quieren creer que van más rápidos que el tiempo...
Siempre creí que los sueños no se cumplían, que el cuento de "perseguí tus sueños hasta que se cumplan" era una mentira atroz. Pero después descubrí que no es así; que los sueños no son sino deseos del subconsciente que tenemos ganas de cumplir pero no nos lo permitimos. ¿Por qué nos limitamos? ¿Por qué evitamos cumplir nuestros sueños? Perseguí, deseá y cumplí cada uno de tus sueños, hasta el último.
Siempre creí que los adultos eran superhéroes. Personas que no se equivocaban nunca, que siempre nos protegerían y que nunca nos harían daño. Mi vida me demostró que dos personas, aunque no sean coetáneos, son iguales. Se equivocan, tienen malos días, pueden contestar mal, ser malhumorados, no hacer las cosas bien... a veces los adultos necesitan ser protegidos más que proteger a otro.
Siempre creí que estar enfermo trae problemas. Que estar rodeado de gente enferma te vuelve enfermo a vos. Y descubrí que no. Las enfermedades traen mensajes, señales, enseñanzas, desafíos y cuestionamientos. Las enfermedades también traen alegría, aunque nadie (o pocos) lo crean. Las enfermedades a veces te hacen sonreír, te hacen ver quién sos, qué tenés que aprender, qué tendrías que mejorar. Por eso, estar rodeado de gente enferma te vuelve más sano, te hace sentir mejor.
Siempre creí que los fantasmas y los monstruos no existían. Error. Existen. Y viven en todo lugar. En un armario, debajo de la cama, en nuestros propios cuerpos. Todos tenemos nuestros fantasmas, nuestros monstruos. A veces los compartimos y se espantan. Otras veces viven con nosotros hasta que nosotros mismos somos los que decidimos que se vayan. Y otras tantas veces, esos fantasmas, esos monstruos, se quedan a vivir para siempre en un armario, debajo de la cama o en nuestros propios cuerpos. Y nunca más se van.
Siempre creí que llorar es una mierda. Llorar libera y renueva energías, es un método de escape, una forma que tenemos de decir lo que no nos sale. Tanto lo bueno como lo malo se puede comunicar a través del llanto y eso es algo que agradezco. Porque gracias a que lloro, me doy cuenta que después de las tormentas, por fin, sale el sol.
Siempre creí que el amor sólo es lindo cuando es correspondido. Y la vida me demostró, por buena suerte, por mala suerte, por azar, gracias al destino, o todas juntas, que muchas veces el amor no correspondido siembra mejores cosas que uno correspondido. Ser rechazado te hace chocarte la cabeza contra la pared y preguntarte por qué, qué hiciste mal. ¿Para qué? Para hacerlo mejor la próxima vez. Y si esa próxima vez es todavía no correspondida, para la próxima...
Siempre creí que la gente cambia. Y es así, pero no en todo contexto. A veces cambia la gente y a veces cambiamos nosotros. Y a veces la gente cambia porque también lo hacemos nosotros. Son muchos los componentes y los ingredientes necesarios para que cada una de estas hipótesis ocurra de determinada forma, pero las tres coinciden en que la vida está compuesta y está obligada a constantes cambios. Buenos, malos, radicales, graduales, cómodos, incómodos, aterradores, reconfortantes... pero cambios al fin. Y quizás a veces prejuzgamos los cambios como algo siempre negativo cuando no es siempre así. Gracias a los cambios, hoy somos lo que somos. Eso es algo para tener en cuenta a la hora de pensar y a la hora de ver quiénes somos. Por eso, cuando veas que vos o alguien cambió, no te pongas mal, agradecelo. Significa que estás creciendo, madurando... aprovechando el tiempo.
Siempre creí que escribir es como la vida y por eso hago textos cortos, porque siempre creí que la vida es corta. Y me acabo de dar cuenta que no, que a veces la vida es larga para uno que siempre creyó que la vida era corta y corta para quién creía que era algo eterno y aún así sigue estando bien. La vida es vida porque cada uno la vive como tal.
Aunque mejor: Dejemos de creer y empecemos a vivir... la vida es corta.
epojé. suspensión, parentetización de las doxas y de la realidad misma. ¡eureka! bienvenidx a mi mundo. ojalá no te pierdas tanto como yo.
25 noviembre, 2013
23 noviembre, 2013
Monstruos
Y de repente, ella se vió en el espejo. Vio sus doce kilos de más, sus arrugas, sus lunares, sus estrías. Sintió que era un monstruo.
Él apareció.
-Mirá lo que soy, soy un asco. Mirá todo esto, esta grasa, estos lunares, toda esta puta mierda que soy, esta asquerosidad en la que me convertí. Soy un monstruo.
Él la abrazó.
-¿Sabías que me encantan los monstruos?
Él apareció.
-Mirá lo que soy, soy un asco. Mirá todo esto, esta grasa, estos lunares, toda esta puta mierda que soy, esta asquerosidad en la que me convertí. Soy un monstruo.
Él la abrazó.
-¿Sabías que me encantan los monstruos?
21 noviembre, 2013
Supernova.
El celular le sonó más tarde y por ende se levantó con poco tiempo para todo. Eso la pone de malhumor. Se calzó los jeans, se puso su mejor camisa y unos tacones y salió rumbo a la calle desconocida. Y de pronto, cuando paró en un café a desayunar, vio una pareja feliz. Y se dió cuenta en ese instante de lo sola que estaba. Eso la pone de malhumor. Estaba sola por elección propia. Ella era una bella mujer, tenía un caminar con un compás envidiable. Pero estaba sola. No tenía a nadie a quien abrazar por las mañanas, a quien hacerle un café, a quien cuidar cuando esté enfermo. Estaba sola, y eso la pone de malhumor. Terminó de desayunar y siguió caminando. Paró en una plaza a prenderse un pucho y vio una madre. Con dos hijos pequeños. La luz de sus ojos. Y se dio cuenta que estaba más sola todavía. Que sus amigas tenían sus hijos, las luces de sus ojos, y ella seguía sola, vagando por las calles buscando quién sabe qué cosa. Estaba sola, y eso la pone de malhumor. Las lágrimas caían por sus mejillas y se le corría el maquillaje. Y eso la pone de malhumor. Se secó rápido las lágrimas pero el dolor tardó en irse. Una niña se acercó y le regaló una flor. Eso le alegró, pero luego la madre la llamó y se fue. Y volvió a sentirse sola como siempre. Siguió caminando, cada vez más lento, más pausado, más triste. Paró en la vidriera de un negocio. Vio a un grupo de amigas comprando ropa. Se preguntó dónde estaban sus amigas. Si la querían. Las llamó por el celular y ninguna contestó. Todas estaban con sus novios, abrazándolos como cada mañana, haciéndoles un café o cebándoles unos mates, cuidándolos si alguno estuviera enfermo o jugando con sus hijos. No le contestaron porque ellas eran felices y ella no. Y sentirse tan sola siempre la pone de malhumor. Y así estuvo todo el día, pagando cuentas, caminando, siendo infeliz, sintiéndose sola. Se vió en un espejo. Se veía tan vieja, tan triste, tan malhumorada. Se pintó un poco los ojos e intentó esconder con maquillaje lo que realmente esconde en el corazón. Siguió caminando. Volvió a ver una pareja, pero esta vez él le estaba gritando a ella. Ella lloraba y le pedía perdón. Él se fue enojado y la muchacha estaba desolada. Tan malhumorada pero a la vez tan entendida, ella se sentó en el borde de la calle, junto a la sufrida. Le convidó un pucho y en dos minutos le contó su historia. Se pasaron los teléfonos y quedaron en ir a tomar unas birras por ahí. La muchacha se fue y ella caminó lentamente a su casa.
Llegó la tarde. Ningún mensaje en la contestadora. Ningún mensaje de sus amigas en el celular. Estaba sola otra vez. Hasta llegó a pensar que la muchacha de los puchos en la calle se iba a olvidar de ella, como todos lo hacen, y eso la puso de malhumor, porque sentirse, estar, y pensarse sola la pone de malhumor. Hasta que de repente le llegó un mensaje. "Gracias por lo de hoy, me hiciste sentir acompañada. ¿Estás libre el sábado?". Por primera vez, había hecho sentir bien a alguien, que encima no conocía. Después de comer, lavó los platos, miró televisión y se fue a acostar. Apagó el celular. Y, antes de dormirse, en vez de llorar como hacía cada noche, sonrió. Que la quieran la pone de buen humor.
03 noviembre, 2013
te cae la ficha
Te cae la ficha.
Y ahí es cuando todo lo que en algún momento te dolía sin causa aparente era una señal y no una equivocación.
Y ahí es cuando te das cuenta que los que te traicionaron no te debilitaron; te fortalecieron.
Y ahí es cuando te lamentás de tus acciones porque fueron las causas de tus posteriores consecuencias.
Te cae la ficha. Y ahí es cuando te das cuenta que la vida es diferente y que caminaste al revés.
Te cae la ficha.
Entendés.
Aceptás.
Mejorás.
Caminás.
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