Acá también estoy:

19 diciembre, 2014

Hijo prófugo.

Agarré el auto y empecé el viaje. Los viejos edificios de mi barrio, las calles con adoquines y las viejas que espían a la vida desde su ventana a medio cerrar habían quedado atrás. Sólo veía el amanecer adelante de mis ojos, como si me desafiara a una carrera para alcanzarlo. Tan protagonista, tan único, tan ahí, frente a mí.

No sabía a dónde carajo estaba yendo, y eso no me importaba, porque aquí, allí, o donde sea, iba a ser lo mismo. No tengo familia ni amigos, estoy solo, y me gusta ser así. No tengo que dar explicaciones de qué hago o qué no hago, no tengo que preocuparme por avisar si comí, si me abrigué, si llegué, si me fui, si me morí...

Después de horas de viaje en la ruta, llegué a un pueblo muy pequeño. Tenía casas de material en las afueras y calles de tierra, si mirabas hacia adentro, y una parrilla donde se juntaban todos a festejar que un nuevo día de trabajo se estaba cerrando. Cocinaban un hermoso lechón a la cruz para compartir entre todos, junto con unos cuantos vinos que iban bárbaro para la ocasión.

-Pasá, pibe, vení con nosotros a comer! -me gritaba un viejo robusto que parecía ser el dueño desde la parrilla. Tenía una cara que me sonaba de algún lado. Yo lo miraba tranquilo desde el auto.

-Dale, nene, o te tengo que buscar yo a las piñas? Bajate y vení a comer que el lechón se está por hacer, ahí mi mujer te prepara la mesa. Ahí es cuando decidí bajar y sentarme en una mesa que la esposa de este buen hombre me había preparado con dedicación. En realidad no era una mesa, sino un lugar más en una mesa larga, en la que todas las sillas tenían o un saco, o una cartera, o un poncho, o una mochila. Todos tenían su lugar, incluso yo, que siempre fui un desconocido para el mundo. Qué lindo es sentirse parte a veces, como si estuvieras dentro de una familia.

-Cómo te llamás? Yo me llamo Graciela... -me decía la mujer mientras acomodaba mi campera en el respaldo de la silla.

-Agustín, señora, Agustín. Un gusto, Graciela... así se llamaba mi madre... Le cuento, yo soy de Capital, agarré la ruta en una especie de escapada de esa selva ruidosa hoy a la tarde y llegué acá casi por una corazonada. De alguna forma u otra sabía que este lugar me esperaba, y acá estoy. Gracias por el recibimiento... -y mientras decía esto, miraba para todos lados, admirando todo: la humedad del techo y las paredes, los cuadros de fútbol viejos, las camisetas firmadas, el olor a carne mezclado con olor a cigarrillo y olor a lavandina, las televisiones viejas, los manteles cosidos a mano. Todo me sonaba de algún lado.

Cuando me quise dar cuenta, la parrilla se llenó de gente que se sentó en la misma mesa donde yo tenía un lugar guardado. Todos charlaban entre ellos, y yo simplemente miraba mi celular, que estaba sin señal ni internet. Era como un mensaje profundo de que no debía leer nada que me conectase con Capital. Me miré contra el reflejo de la pantalla, ahora oscura y me peiné un poco.

-Hoy tenemos un nuevo invitado, Agustín. Viene de Capital, y llegó acá viniendo de la ruta. -dijo la mujer, y todos me miraron sonriendo y haciendo gestos que se supone que significaban algo como "Hola", o tal vez "Estás re bueno, garchamos?", o quizás  "Dejá de mirar a mi vieja, hijo de puta"... cómo saberlo.

El lechón estaba servido y con solo olerlo me transportaba a mi infancia, a cuando mi viejo hacía lechón a la cruz en el patio de la casa que teníamos en San Fernando mientras mi vieja hacía las mejores ensaladas que comí jamás. Comí mi porción y, con mucha vergüenza y hasta quizás con lágrimas en los ojos, pregunté si podía repetir. Graciela me acarició el pecho y me trajo otro pedazo de lechón.

Fue una noche maravillosa.

-Dígame, jefe, cuánto le debo por esto? -y empecé a sacar mi billetera.

-Guardá eso, pibe, que esto fue un regalo. No me hagas enojar. -y me cerro la billetera con su mano. 

Y en el instante que vi su mano, vi una marca. Una marca en el dedo anular de su mano derecha en forma de rayo. Era una marca que me sonaba de algún lado. Me asusté y dije que debía irme.

En el auto, ya arrancando, se acercó Graciela y me dijo:

-No pensás despedirte de tu gente?

Asustado, quise arrancar el auto. Graciela prosiguió:

-Estamos todos muy contentos de que hayas vuelto... pero muy tristes, por no habernos reconocido.

Volví a apagar el motor y contesté:

-Mi papá tenía una marca. La misma que tiene su esposo en el dedo anular derecho. Una marca en forma de rayo. El lechón tenía un gusto muy particular, es como si le...

-...como si el asador le hubiera puesto barbacoa antes y después de la cocción para que tome un gusto más ahumado? Sí. Hizo eso, es su secreto. -dijo Graciela, sonriendo cómplice.

Fui corriendo a la parrilla. La puta madre.

-¡PAPÁ! ¡PAPÁ! PERDÓN. PERDÓN. ¡PAPÁ! -y lloré muy pero muy fuerte.

Todos comenzaron a festejar mientras el gordo me abrazaba y decía:

-Creí que nunca volverías, hijo, creí que nunca volverías.


Graciela puso unos discos viejos y la música sonó toda la noche.

El hijo prófugo había regresado.

02 diciembre, 2014

Adiós, mi querido.

Querido mío:
Existen tantas preguntas que no tienen un claro por qué y que yo tampoco busqué, tantas incógnitas que vuelan como las golondrinas por mi cabeza sin rumbo, sin dirección, sin destino... todas se resumen a vos, porque todas mis ideas conducen a vos.

Me estoy enamorando tanto de vos y tan rápido. ¿Qué es esto que siento? No puedo dejarlo ir. Se sienten como mariposas en el estómago, o mejor, como un ejército de mariposas danzantes que recorren cada centímetro de mí, cada fibra, cada pedacito de piel, en busca de vos, en busca de tu voz, de tu cuerpo, de tus labios susurrando mi nombre y lo mucho que nos queremos... en busca de tu ser íntegro y entero.

Pero el tiempo a veces pasa y corrompe con lo que sentimos; muchas veces intentamos sumar y sólo restamos, adelantamos la cuenta regresiva, nos lastimamos. El tiempo a veces pasa y nos golpea contra nosotros mismos, contra nuestras ideas, contra nuestros propios sueños, nos golpea y nos grita que sólo eso son, sólo simples sueños que nunca van a concretarse. Y duele, eso sí que duele. La realidad a veces duele tanto como un puño, como un golpe seco, como un insulto y un hasta luego. A veces el tiempo pasa y nos avasalla.

Y eso es lo que nos pasó a nosotros, mi querido. Quise mantenerte cerca de mí, mantenerte aquí, conmigo, por siempre. Pero no pude, logré todo lo contrario, logré que te escaparas y que lloraras como un niño en peligro que no puede sentir el calor de su mamá, logré que no quieras nada conmigo más que una despedida, una con sabor amargo y sin ni siquiera un cortado con dos de manteca. Cuando intento olvidarte, caigo en el recuerdo, en el recuerdo que lo nuestro fue tan verdadero, tan verosímil, tan palpable, tan transparente, hasta que, de alguna forma, lo perdimos todo. Y, mientras tanto, yo lloro, yo sufro y yo pienso, porque en realidad todo lo que quise fue creer. Creer en vos, creer en tus palabras, en tus tequieros, en tus abrazos, tus consejos y tus besos entre la lujuria y las sábanas mojadas.

Siempre dije que te amé porque siempre fuiste vos, tan solo vos mismo. Y hoy me doy cuenta que quizás me equivoqué y nunca fuimos, ni vos ni yo, nosotros mismos. Nunca nos terminamos de mostrar, nunca terminamos de entendernos y de respetarnos. Te amé por ser quien yo quería que seas, por quien yo vi que eras, por esa máscara falsa que vi desde el primer momento y que tanto necesitaba encontrar, aunque sea en una propia fantasía.

No quise enamorarme, mi querido, ni tampoco quise lastimarte. Sé que significamos demasiado el uno para el otro, y por eso creo que lo mejor es cerrar esta carta con un adiós sincero. Decime adiós y viví tu vida.

Que seas muy feliz.