Acá también estoy:

30 marzo, 2014

No vida.

Un par de trajes grises, la vida aburrida y muchos cuadros con marcos extravagantes colgados en la pared. Así era la vida de Martín. Gris, aburrida y llena de conocimiento. Doctor en Economía, recibido de Harvard, dedicó toda su vida a leer. Primero a Bécquer y luego a Hegel y a Marx... nunca salía con otros niños, nunca jugaba a la pelota, nunca jugaba ni con el tocadiscos de su padre ni con las viejas revistas de arte de su madre. Sólo leía y tocaba el piano.

-Es un muchacho especial, no es anormal que le guste leer. -decía su padre. 
-No es como los demás niños, así se crió. En un futuro nos lo agradecerá. -decía su madre.

Los años pasaron, Martín estudió Economía y se convirtió en un prestigioso Doctor. Aburrido, insípido, sin ningún riesgo. Sólo tenía un par de trajes grises, la vida aburrida y muchos cuadros con marcos extravagantes colgados en la pared. Una vida resuelta, una vida planeada... una no vida.

24 marzo, 2014

Alguien.

Deseo alguien con quien pueda enredarme en las sábanas. Alguien con quien pueda reír, llorar y escapar. Alguien que me haga volar y que me hunda. Alguien que me rescate y que me perjudique. Alguien que me haga sentir la acción, el miedo, el peligro... pero también la salvación, la calma, el resguardo, la paz. Quiero alguien que me entienda y me desentienda. Que me explique sus problemas y entienda los míos. Que esté dispuesto a luchar, a perder o ganar, a pensar, a entender, a resignar, a aceptar... por mí. Alguien que me de un beso por cada seguridad, un abrazo por cada sueño y una flor por cada ilusión. Quiero a alguien. Alguien dispuesto a todo y a nada. Alguien con quien pueda compartir la bella luz del sol y la pacífica y reflexiva luz nocturna. Alguien que tenga los abrazos disponibles, el alma envuelta en suspiros y el corazón, aunque en pedazos, completo.

08 marzo, 2014

Hija.

Cuando escuché tus sollozos por primera vez, yo, mágicamente, también comencé a llorar. Por fin, una pequeña semilla cargada de amor había dado su fruto. Te miré, tan pequeña e indefensa, tan inocente, tan mía, tan perfecta, y no pude hacer otra cosa más que llorar. Llorar de alegría, de miedo, de incertidumbre, de nervios. Llorar. Llorar por haber logrado, al fin, verte. Llorar porque estás conmigo y ya nunca nadie nos va a separar. Ya somos uno. Nuestros cuerpos se juntaron desde el día que supe que existías y hoy, por fin, terminamos de juntarnos.

Tus ojos, cristalinos y puros como el agua, me miraban con calma mientras mis dedos, frágiles y temblorosos, acariciaban tu pequeña mejilla pensando "qué bella, qué obra de arte tan hermosa". Tus mejillas sonrojadas y tu cuerpo tan pequeño me enamoraron desde el primer momento que los vi. Desde ese día, supe que aquel trono de la mujer más importante de mi vida, antes ocupado por mi madre, hoy tiene una nueva ocupante.

Aquí estás, durmiendo frente a mis ojos, viendo cómo descansás. ¿Qué puedo decir? Me siento infinito. Pleno. Radiante. No puedo resistirme; quiero abrazarte, besarte, mimarte, llenarte de amor... agradecerte que hayas venido al fin y que me hayas elegido. Quiero demostrarte que, a pesar de mis errores y mi inexperiencia, voy a hacer mi trabajo de la mejor manera que pueda. Porque tu belleza lo merece. Tu sublime delicadeza y fragilidad te convierten en un jarrón de cristal... tan hermoso y tan frágil. Pero esto es mejor; porque sos tan hermosa, tan frágil... y tan mía, para toda la vida.

Te amo y lo haré hasta que logre contar cuántas estrellas bailan risueñas en el cielo. Y si, algún día, logro contarlas, volveré a comenzar. Te amo y te beso hasta que digas basta. Y en ese momento, seguramente, te amaré más.

Siempre tuyo,
Papá.


04 marzo, 2014

Poder.

Levanté la cortina de mi habitación cuando me desperté y la luz entró tan fuerte que me hizo cerrar los ojos. Me volví a acostar en la cama y prendí un cigarrillo. Sentía el humo bajando por mi garganta y, para divertirme, lo sacaba despacio, haciendo que se forme una nube gris, tóxica, frente a mí para que yo, como un Zeus cualquiera, pueda hacerla historia con un simple soplido. Me gustaba jugar a sentirme poderoso. Porque, lamentablemente, sólo jugaba. Nunca fui ni me consideré una persona poderosa. Quizás pensante, divergente, inestable, pero nunca poderosa. Y por eso simplemente jugaba. Pero hoy no.
Con mi último cigarrillo en la mano, decidí subir. Al piso 12. Y luego a la terraza. Me senté, empecé a fumar y miraba cómo los autos pasaban. Eran pequeños. Minúsculos.

Terminé el pucho y tiré la colilla.

Y atrás, caí yo.
La puta madre, cómo me gustaba sentirme poderoso... al menos por un segundo.