Cuando escuché tus sollozos por primera vez, yo, mágicamente, también comencé a llorar. Por fin, una pequeña semilla cargada de amor había dado su fruto. Te miré, tan pequeña e indefensa, tan inocente, tan mía, tan perfecta, y no pude hacer otra cosa más que llorar. Llorar de alegría, de miedo, de incertidumbre, de nervios. Llorar. Llorar por haber logrado, al fin, verte. Llorar porque estás conmigo y ya nunca nadie nos va a separar. Ya somos uno. Nuestros cuerpos se juntaron desde el día que supe que existías y hoy, por fin, terminamos de juntarnos.
Tus ojos, cristalinos y puros como el agua, me miraban con calma mientras mis dedos, frágiles y temblorosos, acariciaban tu pequeña mejilla pensando "qué bella, qué obra de arte tan hermosa". Tus mejillas sonrojadas y tu cuerpo tan pequeño me enamoraron desde el primer momento que los vi. Desde ese día, supe que aquel trono de la mujer más importante de mi vida, antes ocupado por mi madre, hoy tiene una nueva ocupante.
Aquí estás, durmiendo frente a mis ojos, viendo cómo descansás. ¿Qué puedo decir? Me siento infinito. Pleno. Radiante. No puedo resistirme; quiero abrazarte, besarte, mimarte, llenarte de amor... agradecerte que hayas venido al fin y que me hayas elegido. Quiero demostrarte que, a pesar de mis errores y mi inexperiencia, voy a hacer mi trabajo de la mejor manera que pueda. Porque tu belleza lo merece. Tu sublime delicadeza y fragilidad te convierten en un jarrón de cristal... tan hermoso y tan frágil. Pero esto es mejor; porque sos tan hermosa, tan frágil... y tan mía, para toda la vida.
Te amo y lo haré hasta que logre contar cuántas estrellas bailan risueñas en el cielo. Y si, algún día, logro contarlas, volveré a comenzar. Te amo y te beso hasta que digas basta. Y en ese momento, seguramente, te amaré más.
Siempre tuyo,
Papá.