Acá también estoy:

11 enero, 2016

Miércoles

Lo conocí por esas casualidades causales teñidas por el dulce sabor del alcohol. Un cigarrillo bastó para iniciar la conversación. Rubio, alto, ojos azules, pelo alborotado, corazón roto, personalidad abandónica. La conversación fue tan fructífera que hasta incorporamos a nuestras respectivas amigas. Todos reían y movían sus cuerpos al ritmo de la música, pero mis ojos no dejaban de mirarlo. Lo provocaba cual prostituta de bajo calibre, bailando tan mal que hasta a mí me daba risa. Él sólo reía y observaba. Quedamos en vernos el próximo miércoles. Por supuesto que asistiría.

El próximo miércoles nos vimos pero antes me invitó a su casa. Vive en un departamento hermoso, sobre una avenida hermosa, frente a un parque hermoso. Pasamos y me invitó un vaso de cerveza. Sentí en el aire el abandono, el sufrimiento, el ocultar su verdad tras una máscara y, sin embargo, decidí meterme en el pantano. Decidí jugar sin haberme aprendido las reglas. Decidí tirar mis mejores fichas en la peor partida.
Partimos al boliche y todo fue distinto. Sus ojos me miraban, sus manos tocaban mi pelo y mi cintura, bailábamos sin pensar en nada ni en nadie. Las cosquillas de sentirse el único se escudaban en la cantidad de fernet en las venas. Sentía esos malditos escalofríos al sentir sus labios tan cerca de los míos, al sentir sus susurros provocativos, al ser partícipe de sus juegos equipados de sus propias reglas. Nunca me había besado hasta ese momento y el fuego me consumía lentamente. Y, cuando el sol salió, sus labios se posaron sobre los míos y me acompañaron de la mano hasta su departamento. No está bien entregar todo, no está bien ser un maníaco sediento de un poco de cariño, él no tiene la culpa. Fumamos y, en un frío taxi, volví a mi casa pensando en sus rubios cabellos jugando en el espacio de mis dedos. Quedamos en vernos el próximo miércoles. Por supuesto que asistiría.

El siguiente miércoles fui directamente a su casa sin preguntar si debía hacerlo, si estaba bien, si estaría ocupado. Llegué con una botella de fernet y él me esperaba con champagne. Brindamos por conocernos, por esto que recién empezaba (nunca se animó a llamarlo amistad y yo tampoco tuve las pelotas para hacerlo), por todo lo que vendría.
Antes de ir al boliche pasamos por lo de "un amigo", del cual ni recuerdo su nombre ni quiero hacer el intento por traerlo a la memoria, a buscar unas pertenencias suyas. No sólo que esas pertenencias nunca aparecieron, sino que este amigo le robó mis besos y acarició los lugares que yo había acariciado primero. Llegamos al boliche en silencio, sin hablarnos, sin miradas cómplices, sin juegos con las miradas ni bailes provocativos.
Un par de besos y frases clichè bastaron para desenredar mi enojo. Porque es así, no está bien ser un maníaco celoso y sediento de un poco de cariño, él no tiene la culpa de mis historias sin cerrar. Me invitó a su departamento luego del boliche y hablamos hasta quedarnos solos. Todos los amigos habían partido y yo seguía allí, mirando mi mochila y mi billetera. Se tiró a mi lado del sillón y empezamos a besarnos como nunca lo habíamos hecho y, sin saber cómo, terminamos desnudos, tirados en ese sillón. Tuvimos un sexo a mi parecer espantoso pero que él mismo me resaltó como maravilloso. Me besó, me cuidó y me hizo olvidar de viejas marcas y promesas del pasado.
Lo invité a probar mis desayunos y le conté que mi máximo secreto era hacer las tostadas con amor y ponerles más mermelada que queso untable. Se rió y me dijo que no, que "un amigo" lo esperaba en su casa con el desayuno listo.
Y allí me vi, en un taxi más frío que el de aquella vez, pensando en su cuerpo dentro del mío y en lo divertido que debía ser ese desayuno sin mí, ni mis gemidos inocentes, ni mis tostadas preparadas con amor.

Quedamos en vernos el próximo miércoles. Por supuesto que asistiría.