Cada vez que sopla el viento en la ventana logro recordar sensaciones que creí olvidadas. Siempre supe que el viento tiene un poder invisible: un poder que te apuñala de frente y por la espalda, un poder que te destruye sin siquiera empezar a luchar. El viento me recuerda a mi infancia, a ese sur crudo, frío, déspota y árido en el cual llegué por primera vez un jueves nublado del 96. Ese sur tiene historia, tiene canción, tiene proyectos y sonrisas. Lástima que no son los míos.
Mi infancia fue difícil, y el sur era mi enemigo declarado. Nadie me quiso, nadie entendía mis problemas, mi sentir diferente, mi diversidad incipiente, mis elecciones. Nadie nunca me quiso ni quiso sentarse a escucharme. Sólo tenía una amiga: la ría. Ese espacio tan privado, tan mío, lleno de sus piedras de diversas formas y tamaños, conviviendo en paz (quizás por eso me gustaba tanto ir ahí, porque ser diverso era la regla). Siempre iba y tiraba piedritas al agua, quizás deseando que, con esa piedra, se vaya toda la mierda que tenía adentro y que me rodeaba afuera. Sé muy bien que tenía -y aún tengo- muchas cosas para decir, muchas cosas para recriminar y muchas otras para pensar. Todos tuvieron la oportunidad del descargo, de la oreja amiga, de la palmada que alivia los hombros. Lástima que no son los míos.
Mi homosexualidad, en ese momento latente, salía de a poco, como el vapor de una Essen. Era esporádico, necesario y relajante. Pero también era cruel, salvaje y seco. Seco como ese clima que caracteriza a la Patagonia. Y como también caracteriza a esa etapa de mi vida que, con años encima, ya casi no recuerdo. Y no porque algo falle, sino porque algunos recuerdos duelen. Algunas miradas, algunos insultos de la primaria, algunos silencios... Preferí el camino fácil, el de olvidar, el de hacer como si nada hubiese pasado y empezar de cero. Estúpido que fui, para el cerebro no hay un botón de reset. Los recuerdos, las huellas, los miedos, los actos reflejos, el tartamudeo, la ansiedad, la depresión, las ganas de matarme, tantas cosas quedan y quedarán en el universo de la mente (por suerte nunca pasarán al acto porque soy más fuerte que todo eso, hubo un día que lo entendí...) por siempre. A los demás no les importa, a los demás no los lastimaron, o al menos no lo aparentan. A los demás no los llevaban al psicólogo por usar la ropa de mamá o robarle sus maquillajes, como si eso no fuera un simple juego de niños. Es que a los demás les basta con un soplido de viento para devastarse. A mí me derribó una tormenta y sigo de pie. Siempre llegaron brazos para los miedos y oídos para los problemas. Lástima que no son para los míos.
El viento me retrotrae a esa historia gris, a ese pasado que no vendrá y al cual no le abro la puerta. Esta historia de vientos y rías me hace pensar en mí, en ese pasado, en lo difícil que fue vivir, atravesar y romper. Me hace pensar en lo bueno que es verlo ya desde la lejana distancia, desde mi amada Buenos Aires, donde ya no existe ese fantasma perverso que sigue mi sombra, que me toca el hombro cuando camino por un pasillo oscuro o que susurra mi nombre antes de dormir.
No, ya no. Ya no más.