Acá también estoy:

03 mayo, 2015

historias abiertas

Corría 2005 cuando los ojos oscuros de Matías se posaron sobre los ojos miel de Carola. Eran compañeros de la facultad Derecho en Buenos Aires, él venía de la Patagonia y ella de Córdoba. Ambos, al irse de sus provincias, guardaron sueños, miedos y proyectos en sus valijas. Deseaban que el futuro estuviera pintado de colores, que sus vidas fueran casi como un cuento de hadas. Desearon tanto, pero sufrieron tantísimo...

Matías estaba enamorado de Carola. Pelo castaño, ojos miel, piel de porcelana, voz de ángel y alma de guerrera. Y ella también, inocente, deseaba a Matías. Y fue así, inocentemente, como empezaron a hablarse, a escribirse, a quererse y a soñar.

-Gordo, raya vertical era positivo?

Así empieza esta historia. 
Carola estaba embarazada y, con la llegada de este bebé, llegaron también los proyectos. Vivir juntos, trabajar, ahorrar, elegir nombres, ropita, cochecito, madrina y padrino. Pero sobre todo un proyecto enorme: estar unidos para toda la vida.

Ya hacían diecinueve semanas que habían recibido la noticia y Carola tenía una panza incipiente. Ya había decidido que su bebé se llamaría Isidro (sentía en su alma que dentro de su ser se engendraba un varón) y sentía una emoción inexplicable cuando sentía las patadas y los movimientos. Todas las mañanas, Isidro se movía a las siete u ocho de la mañana y Carola le hablaba con dulzura mientras terminaba de cambiarse para ir a cursar.

-Hoy hace frío, mi amor, nos vamos a tapar mucho. Agarrate fuerte, mi cielo, agarrate fuerte.


Pero hubo una mañana que Isidro no se movió, una mañana que no existieron palabras dulces. Carola tenía dolores, se sentía débil y no quería salir de casa. Matías no entendía mucho pero estaba preocupado. Se convencía que Isidro estaba creciendo día a día y que no se movía por falta de espacio. Le habló a la panza y Carola no sintió respuesta.

-Lo siento mucho, mamá. 

Isidro partió.