Te miro, dormido, viajando entre sueños. Te miro y me lleno de esas cosquillas que me daban miedo sentir antes de conocerte. Esas cosquillas que salen de mi estómago y salen por el brillo de mis ojos, por mi respiración entrecortada, por mis manos temblorosas, por mis reacciones.
Te miro y me recuerdo a mí, tan sola, tan desesperada, llena de incertidumbre, de miedos, de traumas, de fantasmas. Llegaste y tus brazos espantaron todos mis monstruos. Tus brazos me abrazaron y unieron mi cuerpo, en pedazos. Tu voz me calmó, tus manos me hicieron delirar, tu boca me transformó en quien hoy soy. Te miro y me recuerdo que tu llegada me salvó, tanto o más de lo que pensás.
Te miro y pienso en el futuro. En el mío, el tuyo, el nuestro. Quiénes seremos, qué haremos, dónde iremos, cuándo cumpliremos nuestros proyectos, cómo haremos para seguir amándonos como el primer día. Me pregunto sobre mí, si me seguirás soportando, si seguirás aceptando mis caprichos, mis delirios y mis problemas. Me pregunto sobre vos, si podré redescubrirte cada vez que salga el sol, si seré la indicada, si te haré feliz. Te miro y el futuro me parece un cuento de hadas.
Te miro, e instantáneamente agarro lápiz y papel para escribirte. Me levanto de la cama, me siento contra el ventanal que me regala la vista de una avenida inmensa, llena de autos, flores y de edificios altos, y escribo. Cada tanto te miro, y tu espalda se me ríe en la cara, tus palabras sonámbulas me cantan a los gritos que tardarás en despertar. Escribo y las palabras no me salen, o me salen pero no me gustan. Empiezo a garabatear la hoja, con corazoncitos y estrellitas fugaces, y empiezo a recordar quién sos y por qué me gustás tanto. Y las palabras salen solas.
Hace días me preguntaste por qué te amo. Y no supe qué contestarte y te enojaste mucho. Te amo por tus caras graciosas, por tus imitaciones, por tus "te quiero, boluda", por tus fideos con tuco, por tus botines llenos de barro después de haber pasado cera, por tu perfume, por tus enojos repentinos, por tus noches en vela cuando tengo que estudiar, por tus abrazos que curan cualquier bochazo, por alentar mis proyectos, por aceptarme, por tus cosas pequeñas.
Existen tantos hombres en este planeta, tantos que ni puedo contarlos, pero a ninguno puedo amarlo tanto como te amo a vos. Suena tan cliché que hasta me da un poco de asco, pero: sos el mejor hombre que conocí. Estoy feliz que seas el hombre con quien despierto cada día, ese hombre que, a pesar de que todos digan que no me conviene, elijo con los ojos cerrados.
Todo lo que quiero es a vos.
Te despertás y me preguntás qué pasa, qué hora es, por qué estoy en el ventanal, por qué te miro así, con esa sonrisita. Y, justo ahí, entendí todo. Entendí de qué se trata vivir.
Te amo hasta el infinito. Te amo.
Atte, Julia.